LA MALDICIÓN DE MONTJUIC

(La vie en rose)

 

Yo nací el mismo día que el Valencia perdía la final de Copa contra el Real Madrid por 2 a 1. El veinticinco de junio de 1934. Fue un año especialmente fúnebre. Entre otras desgracias, hubo inundaciones en Argentina, terremotos en Nepal, cuchillos largos en Alemania, revoluciones mineras en Asturias y convulsiones sociales en España tan intensas que desembocarían poco después en una guerra civil.

Mi padre, seguidor acérrimo del Valencia CF, había viajado tranquilamente hasta el estadio de Montjuic, en Barcelona, donde se jugó la final. A mi madre aún le faltaban dos semanas para dar a luz. Cuando regresó, con la derrota bajo el brazo, se encontró con la sorpresa de que su hijo había nacido sin esperarlo.

Crecí en un ambiente rural, rodeado de vacas, aperos de labranza y hortalizas. Al margen de la agricultura, mi padre solo tenía una pasión: el fútbol. Mientras laborábamos la tierra o limpiábamos de malas hierbas el semillero, mi padre me narraba las hazañas de su equipo y me hacía aprenderme de memoria las alineaciones y los goles importantes. De esa manera, fue creciendo en mí la pasión por el Valencia y antes de que me diera cuenta ya me había convertido en un hincha.

Recuerdo la primera vez que visité Mestalla. Acababa de cumplir los diez años y jugábamos la semifinal de la Copa del Generalísimo contra el Murcia. Ganamos por 3 a 0. Mi padre me preguntó si estaba dispuesto a irme con él a Montjuic, para presenciar la final contra el Athletic de Bilbao y yo le contesté con un abrazo.

Hacía diez años que el Valencia había perdido su última final copera. Desde entonces habían transcurrido los mejores años de mi vida. Los de la infancia. El escenario iba a ser el mismo: Montjuic. Viajé con la convicción de que íbamos a conquistar la copa porque teníamos un equipazo. Pero la desgracia se cebó con nosotros y el Bilbao nos tumbó por 2 a 0.

Un año después se nos presentó la ocasión de vengarnos. Valencia y Athletic de Bilbao volvieron a verse las caras en la final. Y otra vez en Monjuic. Mi padre y yo viajamos con bufandas y banderas, como otros muchos aficionados. Y sufrimos una nueva decepción. Esta vez perdimos por 3 a 2.

La temporada siguiente el Valencia volvió a clasificarse para la final. Y esta vez lo hacía arrasando al Sevilla en las semifinales con un espectacular 7 a 1. Ahora no podíamos fallar. La copa iba a ser nuestra y nos daba igual el contrincante. Yo tenía trece años y nada deseaba más que ver al Valencia campeón. Llegamos a Barcelona al atardecer y nos alojamos en una pensión. Por la noche, mientras cenábamos, oíamos la radio. Todo el rato sonaba la misma canción: La vie en rose. Esa noche soñé que el Valencia ganaba al Madrid y que a mí me hacían saltar al campo para levantar la copa. Me desperté tarareando aquella melodía, convencido de nuestro éxito deportivo.

La fatalidad volvió a cruzarse en nuestro camino y yo comencé a sospechar que la verdadera culpa de tanta desgracia la tenía Montjuic. Aquel era un estadio maldito y mientras las finales de copa se jugaran allí, el Valencia no iba a ganar ninguna. El Madrid nos endosó un 3 a 1. El viaje de vuelta a Valencia fue lo más parecido a un velatorio. En mi cerebro no paraba de sonar La vie en rose. Yo lloraba con la cara pegada a la ventanilla del autobús, para que mi padre no viera mis lágrimas. Y pensaba que la vida era todo menos de color de rosa. En especial para los que amábamos los colores y el escudo del Valencia, como yo. Para mí en aquellos momentos la vida era una mierda como un piano.

Y me juré solemnemente no volver a pisar el maldito estadio de Montjuic nunca más.

 

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