EL MISTERIO DEL CUADRO MALDITO

Novela
Género: Misterio
A partir de 12 años
Editorial Vicens Vives
Colección ZigZag
Booktrailer: en proceso
SINOPSIS:
Los padres de Mario han alquilado una casita junto al mar para pasar el verano. Todo parece perfecto, aunque la vivienda tiene un pequeño inconveniente: uno de los cuartos permanece cerrado a cal y canto, y está absolutamente prohibido entrar en él. Según les han dicho, el dueño guarda allí objetos personales.
La primera noche, Mario se despierta de madrugada, alertado por unos extraños sonidos. Se levanta a oscuras y se asoma al descansillo. Tras la puerta de la habitación prohibida se oyen graznidos de pájaros, el silbido del viento entre las ramas de los árboles, el crepitar de un fuego devastador y el doblar violento de campanas.
Intrigado, decide hacerse con la llave de esa habitación. Tras una intensa búsqueda, la encuentra y, armándose de valor, abre la puerta.
No puede imaginar lo que le espera.
ENLACES:
En proceso.
INICIO DE LA NOVELA:
CAPÍTULO 1: Un buen verano
Jamás pensé que a mis trece años pudiera protagonizar una aventura como la que voy a contar. Ya sé que a mi edad es prácticamente imposible vivir tantas emociones juntas y que más de
uno dirá que soy un exagerado, pero esta historia es tan cierta como cierto es que el año tiene doce meses y que siete son los colores del arco iris.
Todo comenzó el día que nos dieron las notas finales. Mis hermanos y yo habíamos aprobado todo con buenas calificaciones, por lo que mis padres estaban radiantes.
Los dos esperaron a que termináramos la comida para soltar la noticia.
—Mamá y yo hemos pensado alquilar una casita en la montaña para pasar el verano —anunció papá mientras removía el azúcar del café con leche.
Inés y Quique apenas prestaron atención. Mi hermana tiene diez años y su cabeza está llena de pájaros. Quique es el benjamín. Sus nueve años lo preservan de la realidad. Vive aún en su
mundo poblado por héroes, unicornios y personajes de los dibujos animados.
Mamá untaba la rebanada con mantequilla.
—¿Qué os parece? —insistió papá.
—Buena idea —dije no muy convencido.
—¿Es necesario? —preguntó Inés.
—Pues sí —replicó mi padre—. Barcelona en verano es insufrible.
Mamá sostenía la rebanada en la mano. Ahora hurgaba en el tarrito de la mermelada de fresa.
—El pueblo se llama Negral —añadió con voz festiva.
Mi hermano Quique frunció el ceño.
—¿Eso está muy lejos?
—Está a menos de cinco horas en coche, cariño —aclaró papá—. Y te encantará, ya verás. Aquella es una región muy verde, con prados, vacas, montes y árboles enormes. Y lo mejor: la playa está a un paso.
—Además, allí dormiremos con manta y sin necesidad de aire acondicionado ni ventiladores —exclamó mamá.
Apuré el vaso de leche y me quedé mirando por la ventana. La mañana de verano era limpia, azul, espléndida.
—¿Y cuándo nos vamos? —pregunté.
—La semana próxima —dijo papá, exultante—. Así que ya podéis ir haciendo las maletas. Ropa de montaña, ropa de playa y ropa… de verano.
Mamá terminó la rebanada, se limpió la comisura de los labios con una servilleta y se quedó mirándonos alegremente.
—Papá y yo tenemos un poco de trabajo, pero lo haremos desde allí. Para eso estamos en la era telemática.
Terminamos el desayuno. Inés y Quique salieron a la calle, papá y mamá se sentaron en el sofá a revisar un caso que llevaban entre manos —son abogados y trabajan en el mismo bufete— y yo me metí un rato en mi habitación.
Abrí internet y busqué Negral en el mapa. Ante mis ojos se extendió el mapa costero. Negral estaba a medio camino entre Ordelo y Linozaga, casi junto al mar. Un pueblo pequeño, de
poco más de mil habitantes.
No sabía qué pensar. Estar tanto tiempo sin mis amigos me parecía un plan horrible, pero ¿podía hacer algo para evitar lo inevitable?
                             * * *
Ocho días más tarde partimos hacia Negral. El coche iba tan lleno de maletas, bolsas y mochilas que apenas cabíamos.
Yo viajaba en la parte de atrás, a la derecha, con la cara pegada a la ventanilla todo el rato. Inés, al otro lado, tonteaba con el móvil. Quique, en medio, se pasó el viaje entero jugando con la
tableta.
Papá acertó en su pronóstico. Tardamos casi cinco horas en llegar. Un viaje interminable aguantando las peleas de Inés y Quique. Ganas me dieron más de una vez de pedirle a mi padre
que me dejara bajar para seguir a pie. Pero aguanté mirando por la ventanilla aquellos paisajes de montaña, adormilado a ratos, pensando en mis cosas.
El pueblo era tal como yo lo había imaginado. Casas de piedra, calles retorcidas, estrechas, muchos árboles por todas partes, un riachuelo que cruzaba el pueblo, salvado por varios
puentes de piedra, y mucha gente con aspecto veraniego. Algunos llevaban gorras para protegerse del sol. Otros vestían pantalones cortos. La mayoría paseaba despreocupadamente. Tal vez
se trataba de veraneantes, como nosotros.
La casa estaba en una calle pequeña. Por la parte trasera tenía un huertecito, cercado por una tapia de metro y medio. Por delante, unos tres metros de jardín, con un árbol muy verde y frondoso, y algunas plantas con flores amarillas. Parecía una casita de cuento. Tenía un tejado a dos bandas, de color negro. En la fachada, además de la puerta, había un ventanal y otras dos ventanas en la parte superior.
Mi padre sonrió como un expedicionario que ha recorrido el desierto y tiene ante sí la pirámide de Keops.
Inés y Quique comenzaron a saltar y corretear por la calle como dos potrillos salvajes. Mamá abrió la cancela y admiró el jardincillo.
—Rosas, begonias, jazmines… ¡Esto es el paraíso!
—¡Vamos, Mario! —papá me palmeó la espalda—. ¡Hay que bajar los trastos!
—¡Chicos! —gritó mamá a mis hermanos—. ¡Echad una mano! ¡Ya tendréis tiempo de jugar más tarde!
El interior de la casa era bastante grande. En la planta baja había un salón comedor, una cocina, un baño, un dormitorio y una salita. La parte superior contaba con cuatro habitaciones, otro cuarto de baño y una enorme terraza que daba a la zona trasera, desde la que se podía divisar el mar a unos quinientos metros.
Mi padre señaló una de las habitaciones superiores, situada junto a la terraza.
—Esta habitación está cerrada a cal y canto —exclamó—. El hombre de la inmobiliaria ya me advirtió de ello. Al parecer, guarda cosas del propietario.
—Eso no me lo dijiste, Javier —protestó mamá.
—Bueno, ya sé que es un pequeño inconveniente, pero el precio compensa. Los alquileres están por las nubes y esto era un chollo Los otros tres cuartos nos los repartimos los hermanos. Entré en el mío. Era bastante amplio y tenía una ventana que daba al huerto trasero, donde crecían un cerezo y un nogal. También había arbustos con flores en los arriates, junto a la tapia. Más allá, podían divisarse unos prados que desembocaban en un altiplano frente al mar. La línea azul del Cantábrico se confundía con la gasa del cielo, salpicado de diminutas nubecillas blancas.
—¡Mario!
Me asomé a la puerta.
—¡Mario! ¡Baja! ¡Vamos a comer algo!
Como aún no nos había dado tiempo de llenar la despensa, fuimos paseando por el pueblo hasta que llegamos a un barecito en la plaza con algunas mesas dispuestas al aire libre. Pedimos unos bocadillos y comimos mientras hacíamos planes. Yo no estaba de buen humor. No me hacía gracia pasar el verano lejos de Barcelona.
Seguro que aquello no iba a funcionar.
(CONTINÚA…)