CAPÍTULO 1
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El colegio era un edificio de ladrillos marrones con ventanas pintadas de amarillo. Ni  muy viejo ni muy nuevo, ni bonito ni feo. Era simplemente uno de los muchos colegios que poblaban la ciudad. Tenía una valla metálica de dos metros, por la que trepaba una hiedra de flores diminutas. Tras la valla, y antes de llegar al edificio propiamente dicho, se extendía una zona ajardinada con algunos árboles diseminados aquí y  allá, sombreando escasamente la tierra apelmazada del patio.
Hacía varios minutos que el remolino de alumnos había desaparecido, pero los tres amigos permanecían sentados en el escalón de un portal de la acera de enfrente.
-Vamos, Alberto. Levanta ese ánimo –dijo Ana con una sonrisa un tanto forzada-. Que el mundo no se acaba aquí.
Alberto no se molestó en levantar la cara. Sus ojos seguían clavados en el suelo.
-Tampoco es para que te pongas así –comentó Jacobo mientras palmeaba los hombros del amigo-. Total, sólo has suspendido cinco asignaturas…
Durante algunos minutos, los tres amigos permanecieron en silencio, viendo pasar la gente. Se conocían desde que iban al parvulario. Habían nacido en la misma ciudad y en  el mismo barrio, y desde siempre habían compartido juegos, estudios y aficiones.
Jacobo tenía el pelo rizado y usaba gafas. Ana lo llamaba “Peluche”. Era  un muchacho tímido, que por las tardes iba al Conservatorio.
-Deberíamos irnos –propuso levantándose-. Se está haciendo tarde y yo tengo tanta hambre que me comería cinco pizzas napolitanas.
Ana también se levantó. Finalmente, Alberto imitó a los amigos. Se pusieron a caminar con las mochilas a la espalda.
-Tú, Ana, has sacado todo notables y sobresalientes –dijo Alberto, apesadumbrado-. Y tú, Jacobo, ninguna de tus notas baja del siete. A mí, en cambio, me toca repetir curso…
Alberto había suspendido Matemáticas, Ciencias Naturales, Inglés,  Lengua Castellana y Música. Desde luego, había sido el peor curso de su vida.
-¿Qué tal en casa? –preguntó Ana.
A principios de curso, los padres de Alberto habían empezado a llevarse mal. No había día que no se pelearan. Y ese había sido el comienzo de su infierno particular. Su padre y su madre discutían a todas horas. Y él se sentía como un náufrago en mitad de aquel océano de reproches, enfados, llantos y gritos.
-Cada vez peor –dijo Alberto, dándole al mismo tiempo un puntapié a una colilla-. La verdad es que no sé por qué me preocupo tanto, porque mis  padres  están  tan  peleados que mis notas les van a dar igual.
Llegaron al portal de su casa. Los tres jóvenes se detuvieron.
-Bueno –dijo Jacobo, que no sabía cómo animar a Alberto-, si quieres, vengo luego y echamos una partida a la play…
Alberto trató de sonreír, pero solo le salió una mueca.
-No, Jacobo. Gracias. Hoy prefiero estar solo. Si cambio de idea te llamaré.
-Ya sabes dónde nos tienes si necesitas algo –añadió Ana con una sonrisa.
Alberto vio marchar a sus amigos por la acera y se quedó unos momentos sin sacar la llave del bolsillo, parado frente al portal de su casa.
Eran las dos menos cuarto de la tarde. Por la calle transitaba la gente, ajena a sus preocupaciones. Le pareció que el mundo no lo necesitaba para nada.
No le apetecía entrar en casa.  ¿Para qué?  ¿Para encontrarse  otra vez a su  padre y a su madre discutiendo y peleando? ¿Para escuchar de nuevo los gritos de siempre? ¿Para enseñar aquellas notas horribles y que le repitieran otra vez que no servía para nada?
Sacó el boletín de las calificaciones del bolsillo lateral de la mochila y contempló con desaliento los cinco suspensos. Rojos y grandes como cinco bofetadas.
-Me gustaría desaparecer de este mundo –musitó para sí, con la voz a punto de romperse en un llanto-. Quisiera estar en… ningún lugar.
Guardó el boletín de notas en la mochila y decidió dar un paseo para calmarse. No tenía hambre, ni sed, ni ganas de nada. Solamente quería desaparecer. Callejeó sin saber a dónde ir, haciendo tiempo estúpidamente, como si huyera de sí mismo.
Fue al pasar por delante de la peluquería cuando observó algo anormal.
Conocía de sobra aquella calle. Allí estaban la peluquería donde él solía cortarse el pelo y a su lado la librería-papelería en la que compraba el material escolar.
En medio de ambos comercios, como surgida de la nada, había una pequeña tienda con la fachada roja, muy llamativa. Daba la impresión de que aquel comercio había aparecido empujando la peluquería hacia la izquierda y la papelería hacia la derecha. El rótulo que figuraba sobre su puerta era blanco y las letras negras proclamaban un nombre que le llamó poderosamente la atención.
NOWHERE.
*****
Alberto parpadeó varias veces porque le pareció que estaba soñando. ¿Cómo era posible aquel milagro? Recordaba perfectamente que la peluquería y la papelería estaban  adosadas la una a la otra, pared con pared.
¡Aquella anomalía no tenía ningún sentido!
Se acercó con curiosidad y se quedó unos instantes observando detenidamente la fachada de aquel extraño comercio. Parecía una tienda muy antigua. La puerta era de madera basta y tenía un picaporte de hierro en forma de murciélago. Nada  más. Y, además, estaba entreabierta.
La tentación era irresistible.
Entró y la puerta se cerró sobre sus espaldas sin que nadie la empujara, pero Alberto no se fijó en aquel detalle porque se había quedado con la boca abierta.
El lugar parecía una cueva gigantesca llena de objetos extraños. Ante sus ojos se extendían aparatos, máquinas, instrumentos y muebles que no había visto jamás.
Una suave penumbra lo envolvía todo en una atmósfera irreal. Olía a bosque o a tierra húmeda. Por un momento, a Alberto lo asaltó la idea de que se encontraba en una caverna subterránea.
De pronto, oyó un carraspeo a su espalda y se dio la vuelta. Lo que vio lo  dejó  todavía más sorprendido.
El hombre que se hallaba ante él podía ser bastante mayor y, sin embargo, su piel era tersa y fina como la de un bebé. Sin una sola arruga. Vestía un traje negro muy elegante, como de otra época, y lucía una barbita recortada. Resultaba atractivo y repelente al mismo tiempo. Tenía un ojo azul y otro marrón.
-¡Bienvenido a Nowhere!
-Hola –saludó Alberto, completamente aturdido-. ¿Me puede decir dónde estoy?
-Ya te lo he dicho. Estás en Nowhere y tu nombre es Alberto. ¿Me equivoco?
Alberto abrió la boca, estupefacto.
-¿Cómo sabe mi nombre? ¿Quién es usted?
Aquel hombre hizo un gesto ambiguo con la cara. Sonrió levemente y, al hacerlo, enseñó una dentadura asombrosamente perfecta.
-Demasiadas preguntas. Puedes llamarme señor Knight y lo sé absolutamente todo. Al menos, lo que se refiere a ti.
-¿Cómo he llegado aquí?
-Deberías tener mejor memoria. Hace unos momentos querías desaparecer del mundo. Hubieras dado tu vida por ello. Y ahora te asustas de estar aquí…
Alberto no salía de su asombro. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién  era  semejante loco? ¿Qué clase de lugar era aquel?
-¿Qué son todos estos…aparatos?
-Son mis inventos -respondió el hombre volviendo a sonreír.
-¿Es usted inventor? –preguntó con acidez Alberto, mientras se acercaba a un extraño artilugio lleno de cables, poleas y engranajes. Parecía un huevo gigante.
-Podríamos decir que soy algo parecido. Pero si yo estuviera en tu lugar no me acercaría a esa máquina.
Alberto retiró la mano al momento.
-¿Por qué?
-Es un memorirraptor.
-¿Un qué?
-Un memorirraptor. Te absorbe los recuerdos sin que te des cuenta. En menos que canta un gallo la máquina se ha quedado con tu memoria.
Alberto volvió a abrir la boca. Fue a decirle a aquel individuo que estaba loco y que no lo tomara por un imbécil, pero las palabras se le congelaron antes de salir de su garganta cuando vio la mirada acerada y fría del señor Knight.
-Y ese aparato de ahí. Cuidado con él. Es un Noodelon.
-¿Y eso qué significa?
-Es un reproductor de pensamientos. ¿Quieres probarlo?
Alberto se envaró y el señor Knight sonrió, como tratando de serenarlo.
-No te preocupes. No es peligroso.
-¿Para qué sirve?
-Ven. Pon la cabeza aquí.
Alberto no se movió. Miró al hombre con desconfianza.
-Tranquilízate –insistió el señor Knight-. Es inofensivo. Solo pretendo demostrar que no te estoy mintiendo.
El aparato tenía un hueco del tamaño de un balón, donde Alberto debía poner la cabeza, según las indicaciones de aquel individuo. El muchacho se dejó hacer.
-Cierra los ojos y piensa en lo que quieras.
Alberto obedeció. Knight accionó una palanca. Aquella máquina tenía en la parte superior una pantalla de tres metros de largo por dos de ancho, como  una  tele  gigantesca, por la que empezaron a desfilar imágenes, al principio borrosas, pero cada vez más nítidas… Se veía un prado verde y un río de aguas limpias que zigzagueaba a través de un tupido entramado de árboles altísimos. Había varias vacas paciendo tranquilamente. A lo lejos se alzaba una sierra montañosa poblada por bosques de coníferas. Por el cielo volaban grandes aves que debían de ser águilas…
-¡Suficiente! –dijo el inventor, bajando la palanca-. ¡Abre los ojos!
Tan pronto como Alberto abrió los ojos, las imágenes de la pantalla desaparecieron.
El muchacho sacó la cabeza de aquel hueco con forma de balón.
-¿Qué ha sucedido?
El señor Knight reveló las imágenes que había podido ver reproducidas  en  la  pantalla de la máquina. El prado, las vacas, el río, las águilas, los montes lejanos…
-¡Es un paisaje de los Pirineos! –exclamó Alberto, asombradísimo-. Uno de los lugares que mejor recuerdo de mi infancia… Mis padres me llevaron años…
Los ojos de aquel sujeto brillaron como dos ascuas y Alberto comenzó a sentir miedo… ¡Aquello que acababa de sucederle era sencillamente increíble!
-¿Cómo ha podido hacerlo?
-Eres un incrédulo -dijo Knight sin alterarse-. El Noodelon reproduce los pensamientos. ¿Todavía no me crees?
Alberto se sentía confuso. Miró en derredor, observándolo todo y sus ojos se fijaron en otro aparato. Tenía forma de hongo negro, con una boca, y se movía en todas direcciones, sustentado sobre varios tentáculos. Parecía que se guiaba por el sonido.
-¿Qué es esta máquina?
-¡Cuidado con ella! ¡Es un cronófago!
-¿Un cronoqué?
-Cronófago. Una máquina que se alimenta de tiempo.
-¿Un aparato que come tiempo? ¡Eso es un disparate!
-Yo no me burlaría de él. Ni me acercaría. Suele tener siempre mucha hambre…
De repente, Alberto comprobó horrorizado que aquel hongo negro acercaba varios tentáculos hacia él, al mismo tiempo que abría el agujero que parecía una boca o una cloaca oscura, como si pretendiera devorarlo. Dio unos pasos hacia atrás, hasta ponerse fuera del alcance de la máquina.
Alberto empezaba a creer que aquel tipo había escapado de un manicomio. Lo mejor sería desaparecer de allí antes de que ocurriera algo raro.
-Debo irme.
Knight lo miró fijamente y solo entonces Alberto advirtió que los ojos de aquel hombre se habían vuelto amarillos.
-No puedes irte –dijo misteriosamente Knight-. Estás atrapado en Nowhere.