CAPÍTULO 1

UN MUERTO EN LA PISCINA

 

El cadáver apareció flotando sobre las aguas azules y transparentes de la piscina.

Había sido encontrado hacia las siete de la mañana por uno de los recepcionistas del hotel Birmania.

Aún con los resabios del sueño, el empleado se había asomado al jardín para echar un vistazo de inspección rutinaria como hacía todas las mañanas. Acostumbrado como estaba a no encontrar nada de interés, sus ojos ni siquiera prestaron atención al escenario que conocía de memoria: los setos de evónimo, el césped, las palmeras, las sombrillas de brezo seco, las hamacas de plástico blanco, las sillas y las mesas de forja, la piscina con forma de ocho, los envoltorios de los helados de los niños por el suelo.

En el cielo apenas podían distinguirse las últimas estrellas, como lejanos alfileres de luz en medio del espacio todavía agrisado. Por el este, el horizonte desplegaba un abanico de colores anaranjados que preludiaba la aparición del sol.

El empleado estuvo a punto de meterse para adentro del hotel sin observar el extraño bulto que flotaba sobre el agua quieta.

Aturdido por esa visión inesperada y sorprendente, fijó sus ojos aún adormilados en la piscina. Primero dudó de que aquella imagen no fuera producto de su imaginación. Después, pensó que debía de tratarse de un flotador olvidado, una mesa o una hamaca que algún gamberro había tirado al agua a última hora de la noche, pero pronto desechó tal posibilidad por lo insólita. A medida que sus ojos se acostumbraban a la semioscuridad matutina y se concentraban en el objeto flotante, su corazón latía con mayor violencia.

Avanzó unos pasos como hipnotizado, sin apartar la vista del misterioso objeto que flotaba mansamente sobre la superficie líquida, mientras el pulso se le aceleraba. Habría recorrido siete u ocho metros cuando pudo identificar la figura de un hombre vestido con traje negro, flotando boca abajo, con los brazos y las piernas abiertos, en mitad de la piscina.

Aterrado, volvió sobre sus pasos y echó a correr hacia el vestíbulo del hotel dando gritos y encendiendo luces.

-¡Un muerto! ¡Un muerto! ¡Un muerto!

Los empleados del edificio que se encontraban de servicio acudieron alarmados por las voces.

-¡Un muerto en la piscina!

No hicieron falta más palabras. Todos se precipitaron al jardín, como una manada de animales asustados, atravesaron el césped y la terraza sorteando las sombrillas, las hamacas, las sillas y las mesas, y se plantaron al borde de la piscina.

Durante más de un minuto aquel puñado de hombres y mujeres uniformados permaneció en silencio frente al abismo de la imagen estremecedora. Hasta que una de las cocineras reaccionó.

-¡Hay que avisar a la policía!

Y sin esperar contestación de nadie sacó el móvil que llevaba en el bolsillo del pantalón y marcó el 091.

El cielo, entre tanto, se había sacudido por completo las últimas cenizas de la noche y empezaba a mostrar una apariencia de topacio duro. El sol había asomado tímidamente sobre el mar y poco a poco se iba elevando en el horizonte, como un globo de luz. A lo lejos, por encima del muelle, volaban las gaviotas.

 

El hotel Birmania vivió sometido a todo tipo de tensiones durante varios días y fue puesto prácticamente en cuarentena porque el muerto era nada menos que Fernando Aguilar, Comisario Jefe de la Brigada Regional de Policía Judicial, un personaje que había trabajado en el Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista, en las Jefaturas Superiores de varias provincias españolas, había participado como responsable del área de información en numerosas cumbres como las del Banco de Desarrollo Africano, las llevadas a cabo durante la presidencia española en la Unión Europea y, entre otros muchos méritos, contaba con una Cruz Roja y dos Cruces Blancas al Mérito Policial y más de cien felicitaciones públicas, con sus consabidos premios en metálico.

En resumidas cuentas, su hoja de servicios era sencillamente intachable.

El inspector jefe Trujillo, amigo íntimo y colaborador habitual del muerto, tomó el caso como un asunto de honor y se encargó personalmente de llevar a cabo las investigaciones. Interrogó una por una a todas las personas que habían estado relacionadas con el hotel desde una semana antes del macabro hallazgo. Citó a todos los clientes que habían regresado a sus lugares de residencia habitual. Algunos de ellos tuvieron que acudir, incluso, desde algún lugar extranjero. Habló con todos los trabajadores, fijos y temporales, con los repartidores de los distintos suministros, con los del mantenimiento que habían realizado unas reparaciones de las calderas del gas precisamente la semana anterior, con los empleados del surtidor de gasolina y de la pizzería que se encontraban frente al hotel y por último con algunos de los vecinos de los edificios colindantes. Los clientes que finalizaban sus vacaciones tuvieron que dejar noticia de su paradero para estar localizados en caso de emergencia.

Las pesquisas del inspector jefe Trujillo no aclararon absolutamente nada. Tampoco el informe del forense tras la autopsia realizada. Los datos se revelaron con una claridad meridiana: el comisario jefe Fernando Aguilar Ortega había muerto a causa de un paro cardíaco provocado por una sobredosis de barbitúricos. La muerte se había producido entre las dos y las cuatro de la madrugada del viernes, doce de agosto.

Germán Trujillo llevaba toda la vida en la Policía. Para él, Fernando Aguilar había sido algo más que un maestro. Lo reconocía también como uno de los mejores amigos que había tenido. Su misteriosa muerte lo conmocionó tanto que estuvo varios días aturdido, realizando averiguaciones y dirigiendo la investigación de forma rutinaria y torpe. En el fondo, sabía que el criminal o los criminales se le estaban escurriendo y cada día que pasaba era una pequeña derrota. No encontraba nada que arrojara algo de luz sobre aquel asunto y finalmente reconoció que se hallaba en un callejón sin salida.

Decidió entonces revisar los casos que Aguilar llevaba entre manos, pero eran tantos y de tan variada índole que resultaba absurdo comenzar a remover a ciegas. Fernando Aguilar debía de tener infinidad de enemigos.

La vida de un policía es una mierda, pensó Trujillo mientras saboreaba un café en un bar cualquiera. Uno no hace más que buscarse pleitos por todas partes.

Septiembre había llegado con sus brisas otoñales y sus lluvias repentinas. Las calles de la ciudad languidecían llenas de hojarasca, charcos de agua, bolsas de plástico, papeles y cagadas de perro. Los días empezaban a ser más cortos y las noches más frías. Por todas partes podían verse niños que iban o volvían del colegio, hombres y mujeres que retomaban sus ocupaciones después de las vacaciones, autobuses, taxis, coches y tranvías repletos de gente.

Trujillo comenzó a vivir con la obsesión de la imagen de su amigo Fernando Aguilar flotando sobre las aguas de la piscina del hotel Birmania.

 

El día que enterraron al comisario jefe Aguilar fue un sábado lluvioso.

Resultó inevitable que el sepelio se convirtiera en un acontecimiento social, no sólo por la forma en que se había producido la muerte sino, sobre todo, por la personalidad del fallecido. Destacados miembros del Ministerio del Interior, de la Generalitat, de las diversas Consejerías, de todas las Jefaturas Superiores del país, de los distintos Cuerpos de Seguridad, del Ejército y, en definitiva, de todas las instituciones y organismos políticos y sociales del entorno acudieron conmocionados para acompañar a la familia en el trance del funeral.

La misa se celebró en la Catedral, oficiada por el obispo y secundada por tres sacerdotes y cinco monaguillos. Debido a la intensidad de la lluvia, el duelo tuvo que despedirse en la misma catedral y tardó en despacharse casi dos horas. Finalmente, el cortejo mortuorio con el coche funerario, los familiares y los amigos íntimos marcharon al cementerio municipal para dar sepultura al cadáver.

Eran casi las tres de la tarde cuando el ataúd con el cuerpo del comisario jefe Fernando Aguilar fue introducido en el nicho número 159, calle 36, ala este. Bajo la persistente lluvia, unas veinte personas ataviadas de negro y cubriéndose con paraguas oscuros contemplaron en silencio la rutinaria ceremonia de albañilería del sepulturero. Ocho ladrillos, medio capazo de cemento y unas paletadas de yeso sellaron el boquete de manera provisional. Después, con un trozo de caña, el enterrador escribió unas iniciales y una fecha. Por último, arracimó junto al nicho las numerosas coronas de flores. Eran tantas que tuvo que superponer unas sobre otras. Justo entonces empezó a arreciar la lluvia y la mayor parte de los asistentes, dado que todo había concluido, comenzó a dispersarse rápidamente.

Sólo unas pocas figuras permanecieron todavía durante unos interminables minutos bajo aquella lluvia frenética, como estatuas oscuras y extraviadas en un páramo de muerte. El enterrador recogió con un gesto impaciente su estipendio y se puso a correr para no empaparse más de lo que estaba.

El inspector jefe Germán Trujillo, un poco retirado del resto de figuras luctuosas, fumaba sin parar con la mente perdida en un horizonte de brumas.

Frente al nicho, la reciente viuda lloraba de tal modo que sus lágrimas corrían por su cara mezclándose con las gotas de lluvia. Isabel Requena aún no había cumplido los cuarenta. Era delgada, de rasgos delicados, y tenía el pelo largo y negro. Su palidez habitual se había incrementado hasta tal punto que su rostro semejaba el de una aparición fantasmagórica.

A su alrededor se hacinaban los pocos parientes que quedaban: hermanos, padres, cuñados y algún primo muy cercano. Todos permanecían en un estado de confusión irremediable. Parecía que el cielo estaba llorando por todos ellos.

A lo lejos, de vez en cuando, sonaba algún trueno y destellaba la zigzagueante forma de un relámpago atravesando el cielo.

Delante de todas aquellas figuras paralizadas por el espanto, se destacaba la presencia de un muchacho. Se encontraba a menos de un metro del nicho, con el corazón devastado por el desconsuelo, el rostro arrasado de lágrimas y lluvia, los puños apretados y los ojos perdidos en un limbo de recuerdos imposibles. No llevaba paraguas y el aguacero caía sin piedad sobre él.

Se llamaba Andrés. Tenía solamente quince años y acababa de perder a su padre para siempre.

 

Las clases comenzaron en el instituto a principios de septiembre. Andrés Aguilar se había matriculado en 4º de ESO. Su grupo no era muy numeroso. A la mayoría de los compañeros ya los conocía de los cursos anteriores.

Estaba mucho más flaco y desgarbado que de costumbre. Y más pálido. La misteriosa muerte de su padre había sido un golpe prácticamente insoportable y durante dos o tres semanas había necesitado no sólo el apoyo de familiares y amigos sino la ayuda médica de un psicólogo para superar la crisis. En su casa, las cosas estaban fatal. Su madre se encontraba sumida en una depresión atroz y se pasaba los días y las noches en la cama, con un insomnio crónico, atiborrándose de pastillas. Tía Delia, hermana de su madre, y tío Lorenzo habían decidido venirse a vivir con ellos durante un tiempo.

Su mejor compañero de instituto era Francisco, a quien todos llamaban Franky para abreviar. En sus buenos tiempos, Andrés lo llamaba Frankenstein en broma porque su amigo era grande y corpulento. Habían hecho juntos la primaria y ahora estaban cursando juntos también la secundaria. Ambos tenían aficiones literarias y se pasaban el uno al otro los libros que leían. A Francisco le atraían las historias de ciencia ficción. Andrés, en cambio, prefería la aventura y el misterio.

Los días transcurrían con una lentitud exasperante. Las clases le resultaban vacías y anodinas, y no se enteraba de nada, a pesar del interés que todo el mundo ponía en hacerle la vida llevadera. Había sido siempre un alumno destacado, ávido de aprender cosas, pero se sentía abatido, incapaz de leer una página o seguir una explicación. Su pensamiento, una y otra vez, se le iba por regiones oscuras por donde terminaba extraviándose. A veces hacía un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en lo que estaba estudiando, pero era inútil. Entonces, se ponía a llorar por dentro, para que nadie lo compadeciera, con un llanto de furia y de impotencia.

Solamente se distraía un poco en la clase de Latín. La profesora era  nueva en el instituto. Se llamaba Rosa, pero los alumnos la habían bautizado con el sobrenombre de “La Chífer” porque tenía un parecido asombroso con la actriz Claudia Schiffer.

En general, Andrés se comportaba como una sombra desde la muerte de su padre. Se había vuelto solitario, introvertido y arisco. Rehuía la compañía de la gente y prefería perderse por las calles de la ciudad para deambular durante horas sin rumbo fijo hasta que muchas veces la noche lo sorprendía llorando en un parque o en un portal de un barrio cuyo nombre ignoraba.

Aquel día se cumplía un mes de la muerte de su padre. Francisco se emparejó con Andrés a la salida de las clases. Caminaron en silencio hasta que llegaron al cruce donde debían separarse.

-Podríamos dar una vuelta esta tarde –propuso Francisco-. Es viernes y, además, no tenemos mucho que estudiar.

Andrés miró a su amigo con tristeza, le dio una palmada en el hombro y dijo sencillamente que prefería estar solo.

 

La Jefatura Superior de Policía se hallaba consternada con el asunto del comisario jefe Aguilar. Un equipo formado por varios hombres de las brigadas judicial, información, científica, homicidios y expertos criminólogos, y encabezado por el inspector jefe Trujill, estaba trabajando intensamente en el caso sin resultados por el momento.

Los medios informativos del país estuvieron realizando un intenso seguimiento durante los primeros días. Los partidos políticos aprovecharon la coyuntura para lanzarse piedras unos a otros, los programas de cotilleo de la televisión frivolizaron sobre la delincuencia, la inmigración, la droga y los derechos humanos en el tercer mundo, los sindicatos dijeron hacerse eco del malestar social para reivindicar mayor seguridad ciudadana, los articulistas de la prensa se sirvieron del caso Aguilar para reflexionar sobre lo humano y lo divino. En la calle, en los bares, en las cenas familiares, en las oficinas, el asunto del policía asesinado y de las extrañas circunstancias que envolvían su muerte fue motivo de conversación, controversia y acalorados debates.

Germán Trujillo era un agnóstico, y no sólo en el plano religioso. Había terminado por no creer en nada, porque su larga trayectoria profesional le había deparado infinidad de contrariedades. Si algo sabía a estas alturas de la vida era que un hombre sólo podía confiar en sí mismo.

Tenía cuarenta y cinco años y una hoja de servicios brillante en el plano profesional pero lamentable en el personal: dos matrimonios hechos trizas, una extirpación del bazo, dos cicatrices de arma blanca, una de bala, tres accidentes de coche, dos de moto, dos lavados de estómago, cinco huesos rotos en peleas callejeras y una operación a vida o muerte que lo tuvo en coma quince días.

La vida de un policía es una mierda, solía decirse a menudo a sí mismo, cuando nadie lo oía, mientras tomaba un café en un bar o paseaba por las calles de cualquier barrio de la ciudad.

Su despacho era contiguo al de Fernando Aguilar. Durante más de quince días se entretuvo en revisar todos los papeles de su amigo. No hubo archivo, legajo, carpeta, dossier, documento, armario, estantería o cajón que no supervisara y examinara personalmente. Sabía, no obstante, cuáles eran los asuntos que solía llevar entre manos Aguilar porque eran buenos compañeros y porque a menudo, incluso, se ayudaban el uno al otro.

Drogas, inmigración ilegal, tráfico de armas, prostitución infantil, irregularidades inmobiliarias, robos con intimidación, atracos a mano armada, bandas organizadas, pirómanos, violadores, psicópatas. El cuadro era alentador.

Trujillo se levantó de la silla y puso otra moneda en la ranura de la máquina del café y se sirvió uno. Luego volvió a sentarse, encendió un cigarrillo y dejó la mente en blanco.

No disponía de ninguna pista. Fernando Aguilar no había muerto ahogado sino a consecuencia de un paro cardíaco debido a la sobredosis de barbitúricos. La primera pregunta que se planteaba era muy sencilla: ¿suicidio o asesinato?

La opción del suicidio era descartable a las primeras de cambio porque Aguilar llevaba una vida completamente satisfactoria en todos los sentidos. Tenía un gran sentido del humor, era muy activo y no sufría ninguna enfermedad conocida. Su vida familiar era envidiable y como policía era un hombre admirado y respetado por todos.

Lo más probable, se repetía mientras tomaba café y fumaba en silencio, con los ojos perdidos en el vacío, era que su amigo hubiera sido asesinado. Y él tenía que aclarar aquel maldito embrollo. Aunque fuera lo último que hiciera en su vida.