CAPÍTULO 1
EL ABUELO
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 Paula dormitaba en el sofá del salón, sin prestar atención al documental sobre la selva amazónica, cuando le entró un WhattsApp: “Llegaré hacia las diez. No me esperes para cenar. PAPÁ.”
   Maldijo su destino. Tenía catorce años y hacía tres que sus padres se habían separado. Ya ni recordaba los tiempos en que habían formado una familia feliz.
   Miró su reloj. Las cinco y media. Se levantó perezosamente. La mochila del instituto seguía intacta en un rincón. No tenía ganas de hacer nada y si la abría no iba a encontrar más que problemas. ¿A quién le importaba su rendimiento escolar?
Pensó en su abuelo Fermín. Quizás el único que la comprendía. El abuelo era un hombre solitario que vivía en un pequeño apartamento. Se había quedado viudo muy pronto, después de un accidente que le costó la vida a la abuela cuando aún no había cumplido los treinta y tres años. Paula y él se entendían sin necesidad de palabras.
Incapaz de seguir soportando el silencio de las paredes de su casa, bajó a la calle. Volvió a pensar en su vida. Su padre se pasaba el día en paradero desconocido. Lo habían despedido de la empresa de muebles de cocina y se le habían acabado el paro y el subsidio para ciudadanos desesperados. Ahora se dedicaba a arreglar averías domésticas allá donde lo llamaban, un poco de fontanería, otro poco de electricidad y otro poco de pintura o carpintería de emergencia. A veces se pasaba días enteros sin trabajo. Entonces se le agriaba el carácter y le daba por beber. Paula y él apenas se veían por la mañana unos momentos, alguna vez en las comidas y casi nunca en las cenas. Paula se había especializado en comer bocadillos de fiambre.
Con su madre era aún peor. Ella había rehecho su vida con otro hombre, un tipo muy bien trajeado, que trabajaba vendiendo coches de segunda mano y que tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Margarita y su nueva familia vivían en un piso en la otra parte de la ciudad, en el Camp de l´Arpa del Clot, y a Paula la ponían enferma los dos hermanastros, que eran más o menos de su edad. Dos chicos tan modosos y sumisos, tan correctos en el vestir y en el comportamiento que a ella le provocaban un malhumor incontrolable. No es que ella se considerara una rebelde o una niña difícil. Era simplemente una muchacha golpeada demasiado pronto por la vida y que aspiraba a pasar desapercibida en un mundo que no le gustaba.
Se detuvo delante del escaparate de una tienda de zapatos y se quedó mirando su propia imagen reflejada en el cristal. Era delgada. Tenía un cuerpo esbelto, la cabellera castaña la caía sobre los hombros como una catarata de miel, y sus ojos eran verdes.
Un perro sin dueño, eso es lo que soy, pensó.
Le apetecía ver a su abuelo y jugar una partida de ajedrez con él.
Metió las manos en los bolsillos y echó a andar por la acera. Le gustaba caminar bajo la tarde, contemplando el ir y venir de la gente, oyendo los ruidos típicos de la ciudad. Una de sus distracciones era leer los rótulos comerciales: Ultramarinos Maribel, Bar El Chepa… De esa manera dejaba la mente en blanco y conseguía huir de sí misma.
A menudo intentaba reconstruir su vida. ¿Cómo era posible que aquella familia feliz que habían formado ella y sus padres se hubiera ido al traste? ¿Qué había quedado de aquella niñez y aquel hogar que ella, en su inocencia infantil, había creído inquebrantables? Volvía la vista atrás. Su madre, Margarita, se preocupaba demasiado por las cosas materiales. Era autoritaria y tenía poca paciencia. Paula se sentía mucho más identificada con el carácter de su padre, un hombre que hasta el momento de la separación se había mostrado siempre como alguien sencillo y bondadoso. Suspiró con resignación.
Cuando llegó al edificio alzó la vista. Su abuelo vivía en el ático, con su gato y sus plantas. Hablaba con ellos y afirmaba que lo entendían perfectamente. Paula sonrió.
El abuelo.
A ella le hacía mucha gracia su manera de hablar. En su conversación mezclaba refranes, frases lapidarias, versos, acertijos y letras de canciones. A buen tiempo, mala cara. Lo que no ven tus ojos, lo verá tu corazón. A batallas de amor, campos de pluma. Si tú me dices ven lo dejo todo. Paula se divertía con aquel galimatías de frases entrecruzadas e ingeniosidades de su abuelo.
  Al entrar en el portal, se encontró con don Leocadio, un hombre que vivía en el primero A. Aunque trataba de disimularlo, don Leocadio no podía ocultar su homosexualidad. Era un hombre de ademanes refinados y voz engolada, que algunas veces acompañaba a su abuelo en los paseos por el barrio. A Paula le caía simpático.
-¿Qué tal, Paulita? ¿Cómo vas con el Inglés?
-¿El Inglés? Pues ni bien ni mal. Simplemente no va.
-Los idiomas son el futuro. ¿Es que aún no te has dado cuenta?
-¿De qué, don Leocadio?
-De que el tiempo pasa que da gusto. Cuando uno es joven, como tú, se cree que nunca se va a hacer viejo. Pero el tiempo es como un coche que va por una ladera, hacia abajo, cada vez más rápido… Lo que quiero decirte es que tienes que pensar en tu futuro. El inglés, Paulita. No lo olvides.
-Lo tendré en cuenta.
El hombre se ahuecó el pelo gris y se atusó el bigotillo.
-¿Vas a ver a tu abuelo?
-Sí.
-Es un gran hombre.
-Lo sé, don Leocadio.
-Salúdalo de mi parte.
Paula tenía llave, pero prefería llamar para avisar de su llegada. Su abuelo le solía decir que no era necesario y que podía entrar y salir cuando quisiera.
Nadie respondió a la llamada. El abuelo debía de haber bajado al supermercado. Lo esperaría sentada en la terraza, al pie del jazminero. Era media tarde y caía un sol de almíbar. Desde la terraza se veía la ciudad perfectamente. La Sagrada Familia, el Tibidabo… Acodados en la barandilla, Paula y el abuelo dejaban pasar los minutos sin prisa, mientras él le contaba historias de cuando era joven y aquella ciudad maravillosa no era más que un pueblo grande que se podía recorrer a pie de cabo a rabo.
Sacó la llave del bolsillo y la metió en la cerradura.
Cuando abrió la puerta, sintió un silencio opresivo y oscuro llenándolo todo.
-¡Abuelo!
Silencio.
Se asomó a la habitación, a la cocina, al baño. Nada.
Se dirigió a la terraza.
Aunque viviera mil años no podría olvidar lo que vieron sus ojos.
El cuerpo de Fermín Janés pendía de la barra metálica del toldo, con una soga alrededor del cuello, la lengua fuera de la boca, amoratada, los ojos desencajados por el horror de una muerte dolorosa y lenta.
Balanceándose al compás del aire.
Fueron los días más duros de su corta vida. Días en los que Paula no comprendía nada de lo que sucedía alrededor. Si hubiera tenido que hacer un resumen de lo que ocurrió después del terrible hallazgo, habría tenido problemas para ordenar cronológicamente los acontecimientos. Recordaba que la casa se llenó de policías, de hombres que debían de ser jueces o forenses o funcionarios o responsables de compañías de seguros o trabajadores de la funeraria…
El entierro se celebró en la más absoluta intimidad familiar. Su padre, su madre, Salva y sus hijos, unos pocos primos y tíos lejanos, algunos amigos… Poco más.
Todo el mundo quería pasar página cuanto antes, pero ella no podía regresar a la normalidad. No pensaba en otra cosa. Evocaba el tanatorio donde se había celebrado el funeral, el olor de los cirios, el rostro inexpresivo del sacerdote diciendo palabras de consuelo con una entonación anodina, como si estuviera acostumbrado a hablar de la muerte y de la resurrección de la carne, y de Dios omnipresente, y ya no creyera en su propio discurso. Una misa católica para un muerto ateo. Qué absurdo, pensó. Recordó el aire triste del cementerio municipal, a donde acudieron en un par de coches, el nicho donde estaban los huesos podridos de la abuela metidos en un saco y donde colocaron al abuelo Fermín, mientras la tarde se deshilachaba lentamente en el cielo.
La palabra suicidio pesaba como una losa negra en las conciencias de todos los presentes en el duelo. Era la palabra prohibida, la palabra que todos tenían en la mente y que nadie quería pronunciar. Una vida desaparecía de pronto. Una vida que se había ido consumiendo poco a poco, sin demasiado sentido. Y Paula se preguntaba si las vidas de las personas tienen realmente sentido. Ella contaba catorce años y empezaba a cuestionarse las cosas importantes: la vida, la muerte, el amor, la familia…
Durante varios días, su padre y ella trataron de hablar, pero las palabras salían de sus bocas con poca naturalidad y era imposible mantener una conversación sin terminar discutiendo y gritando.
Bernardo y Paula estaban sentados frente a la tele, comiendo pizza en silencio. Encima de la mesa descansaban algunos objetos que habían pertenecido al abuelo. Las peripecias de la película no conseguían despertar su interés. Paula se levantó, se acercó hasta la mesa y tomó el papel que guardaba sus últimas palabras.
No quiero seguir viviendo en un mundo que no comprende a los ancianos. Pido sinceramente perdón por mis errores. Nos veremos en el cielo. Adiós a todos.
Fermín Janés
 
Volvió a leer por enésima vez aquellas veintisiete palabras.
-¿No quieres más pizza?
Se apartó una lágrima con la mano y negó con la cabeza.
-No tengo hambre.
La pizza le importaba un pito. Fijó los ojos en aquella despedida. Su abuelo se había largado de este mundo con una escueta carta.
-Me voy a dormir.
Se tumbó en la cama y a la luz del flexo volvió a leerla. Le dolía que su abuelo no le hubiera dedicado unas palabras precisamente a ella, que era la única persona con la que se relacionaba. Su ojito derecho. Compartían tantas cosas… Sí, le dolía que se hubiera marchado de este mundo con aquellas veintisiete palabras tan asépticas.
De tanto darle vueltas al asunto, terminó barajando la posibilidad de que su abuelo no hubiera escrito aquella carta. Era una carta tan fría que parecía la de un desconocido. Además, había algo en lo que nadie se había fijado. Ni siquiera ella, al principio. El contenido no casaba con el temperamento de Fermín Janés.
Primero: “Un mundo que no comprende a los ancianos”. A su abuelo jamás le había importado que el mundo lo comprendiera o no. Muchas veces, incluso, decía que era él quien no comprendía al mundo.
Segundo: “Pido sinceramente perdón por mis errores”. Fermín Janés no consideraba que su vida fuera un error. Jamás lo había pensado. Si alguien estaba equivocado era el mundo. Y lo de pedir perdón tampoco iba con su carácter. El orgullo le impedía disculparse.
Tercero: “Nos veremos en el cielo”. Imposible. Él era convencidamente ateo. Resultaba muy extraño que su abuelo hubiera escrito aquellas palabras. No. Decididamente había algo que no cuadraba. Intentó recapacitar con sangre fría. ¿Realmente estaba tan desesperado Fermín Janés como para quitarse la vida?
De pronto, cayó en la cuenta de que su abuelo le había escrito unas palabras el día en que ella había cumplido los catorce años. Sí. Era la única carta que conservaba escrita de su puño y letra.
La guardaba en el cajón de la mesita. La tomó y volvió a leerla.
Querida Paula, te escribo unas palabras para felicitarte por tu decimocuarto cumpleaños. Espero que seas feliz y que cumplas muchos más. No olvides que tu abuelo te quiere mucho. Y deseo que, si alguna vez yo no estoy a tu lado, recuerdes esta frase: busca en tu interior porque dentro de ti hay un tesoro.
 
Paula guardaba aquella carta como oro en paño. Era la única que le había escrito en toda su vida. Y se la había escrito precisamente hacía cinco meses, el siete de mayo.
Al principio, le había llamado la atención que su abuelo le escribiera. ¿Querría prevenirla de algo? ¿Tal vez de su muerte? ¿Estaba planeando ya entonces su suicidio?
Tenía las dos cartas encima de la sábana. A la luz del flexo volvió a mirarlas. Una en la mano derecha y otra en la izquierda. Y de repente advirtió algo que le puso los pelos de punta. Algo que le hizo sentir un escalofrío.
¡Aquellas dos cartas no habían sido escritas por la misma mano!