MALAS COMPAÑÍAS, de J. R. Barat

Por Gregorio Muelas

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   Lo primero que llama la atención del volumen que nos ocupa es el propio título, “Malas compañías“, merecedor del XVII Premio de Poesía “Blas de Otero” 2005 del Ayuntamiento de Majadahonda, parece aludir a las dos caras de una misma moneda: por una parte a la influencia negativa de personas nocivas, y por otra al maquiavélico interés que gobierna el devenir de empresas que explotan recursos económicos y humanos, por tanto nos hallamos ante un texto con vocación de denuncia, que pone el acento en cuestiones eternas: la vida y la muerte, el tiempo y el destino.

   Juan Ramón Barat despliega una escritura bella y diáfana, con un estilo en apariencia sencillo pero de una profunda carga emocional que parte de lo cotidiano para ahondar en las raíces de una realidad adversa. Con este libro Juan Ramón Barat alcanza una cima de la poesía metafísica, en sus versos las inveteradas preguntas adquieren una dimensión telúrica, con elegancia y precisión, Barat va trazando un mapa de lugares comunes pero con una óptica muy personal.

   El libro, constituido por poemas en general breves y en su inmensa mayoría con versos heptasílabos y endecasílabos, consta de cinco partes. En la primera, “Amarga miel del sueño”, Barat se sabe aire que corre por los caminos del azar, de sombra en sombra, hasta hacerse carne, milagro absurdo de la vida. (“Acaso”). El paisaje, sobre todo el mar, se erige en marco donde la memoria motiva hondas reflexiones sobre el devastador paso del tiempo.

   En la segunda parte, que da título al libro, la palabra se esencializa para describir un mundo que se desgarra por la herida de la muerte, así en “Epigrama funerario” se emparenta con la noche: su lento caer es una lápida de sombras sobre el mundo, y en “El espejo” éste nos devuelve la imagen de un fantasma, de un alma desnuda.

   En la tercera parte, “La hermosa lumbre”, la noche adopta todo el protagonismo, así el poeta siente la luz como un don que riega un mundo sembrado de sombras, y se sorprende llorando ante el espectáculo del cielo estrellado de “Medianoche”, que le recuerda la fugacidad y la finitud de toda belleza, pero la noche también es el escenario de una cruenta batalla con la oscuridad, de ahí la significación del calor de la lumbre y la luz candorosa que le permiten atravesarla en paz.

   En la cuarta parte, “Liquidación de existencias”, la noche continua siendo el escenario de muchos poemas pero con un barniz de amargura, como el de la jarra de cerveza, la vida o el amor. La poesía es el instrumento que el autor emplea para vengarse del tiempo, que erosiona sin piedad a las criaturas que queremos, el poeta asume la irrealidad de una vida condenada a la desaparición pero no obstante apela a la libertad de elegir entre la sumisión o la rebeldía. Así en “Bancarrota” el hombre en su empeño por alcanzar la eternidad paga con la moneda de su fe y sus sueños un alto precio para irremediablemente acabar cumpliendo el aciago destino que le aguarda.

   En la quinta y última parte, “Rosas amarillas”, se agrupan los poemas más extensos del libro, donde el autor hace un recuento de daños y donde la escritura se revela, a modo de poética, como un veneno que hay que expulsar para aligerar el corazón del peso de los recuerdos que evocan unas gafas reencontradas, unas rosas amarillas en una curva, y dar rienda suelta a la nostalgia a través de las lágrimas.

   En definitiva, Juan Ramón Barat plantea un discurso poético con tintes filosóficos y emocionales que si sitúa en las antípodas de cierto hermetismo muy en boga. Barat quiere hacerse comprensible merced a un estilo sobrio y elegante que abunda en comparaciones. Mucho de autobiográfico hay en estos versos donde la anécdota sirve como resorte para profundizar en los recuerdos –de infancia, de familia- y hallar el más puro deslumbramiento. Sin duda una buena compañía la de esta poesía con vocación de compartir con el lector una experiencia vital que discurre contra el tiempo.