Palabras sobre Malas compañías

de Francisco Javier Díez de Revenga

catedrático de Literatura española

Universidad de Murcia

2007

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   Juan Ramón Barat (Borbotó, Valencia, 1959) obtuvo el Premio Blas de Otero por su libro Malas compañías, publicado por la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid. La poesía de Barat se ha distinguido siempre por enfrentar al lector con la sorpresa del existir cotidiano y conmocionarlo con sus observaciones sobre la pertinencia o no del transcurrir de nuestros días y de hallar la poesía en los gestos y en los objetos que nos rodean, mientras se intenta sobrevivir a pesar del inexorable paso del tiempo, a pesar de lo irreversible de nuestro destino, a pesar de lo absurdo de muchos aspectos de nuestra vida, y, sobre todo, a pesar de la muerte, presente en muchos de los versos de este libro. Tiempo, destino, muerte, esas son acaso algunas de las malas compañías que en este libro (SIGLO XXI. LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS 5, 2007), dominan y habitan con tanta fuerza, con tanto poder, que han pasado a formar parte del título.

   El libro aparece dividido en cinco grandes secciones, cada una compuesta por diez composiciones y titulada con el nombre de uno de los poemas que la integran.

   La parte central será la que lleve en su seno el poema “Malas compañías”, una vehemente composición que expresa la inútil rebeldía del poeta ante la muerte.

   Hay en cada una de las partes poemas que van reiterando variaciones sobre un mismo

tema: el origen del poeta, su destino, su poética, reflexiones sobre el tiempo, sobre la muerte…

   El volumen se abre mostrando la interrogación sobre nuestro propio ser e identidad, la duda sobre nuestro origen, como en tantos poemas anteriores, y concluyendo ya en este primer poema, con durísima contradicción en sus propios términos, en el “milagro aburrido de la vida”. La segunda composición,

   “Estancia invernal” nos avisa del paso del tiempo, y la tercera se configura a la manera de una desenfada poética, con el poema “Postscriptum”. Irónico, sarcástico, escéptico, el poeta asegura que no hay, en poesía, originalidad posible, porque todo se ha dicho antes y mejor. Los poemas inmediatos, “Cuaderno de bitácora” y “Variaciones sobre un tema de Manrique”, nos devuelven la imagen del mar con su poder alegórico y su lección metafísica, como metáfora del ser donde todo se extingue y renueva y como símbolo de la muerte: “Ya lo dijo Manrique / la vida es una lágrima / que va a morir al mar”.

   Entre el origen ignorado y ese mar irremediable, sitúa el poeta la vida, que tiene, como no puede ser de otro modo, personajes entrañables, la madre, el padre, el hijo, evocados en diferentes poemas, convertidos, más allá de la propia autobiografía personal, en símbolos entrañables en los que la vida (y con ella la poesía) triunfa sobre el tiempo y lo vence en descomunal batalla. Frente a las agresiones de las exigencias del mundo contemporáneo, frente a los desmanes de paso del tiempo, un intermedio amoroso, intenso, renovado por encima de la rutina, con espacios para la momentánea celebración, constituye la “Hermosa lumbre” de la vida, del amor, de la carne urgente, de los momentos irrepetibles, en el silencio y en la quietud de la noche.

   Quizá, la última parte del volumen, “Rosas amarillas”, sea la más sólida del libro, la que culmina con más fuerza su trayectoria, que, en ningún momento, también hay que decirlo, ha decaído lo más mínimo. Pero en estos poemas finales, más extensos, más sólidos y cohesionados, Barat conduce a su lector al terreno que más le interesa, el de la elegía rebelde, el de la conmoción humana ante lo irremediable.

   Son los objetos de la vida cotidiana los que seducen con su indeleble e inexcusable lección de permanencia, con su lenguaje de signos y con su presión del tiempo transcurrido, que al poeta conmocionan y al lector hacen pensar, una y otra vez, en que lo que se nos quiere transmitir es la inexorabilidad del transcurso de nuestras vidas, y eso es común a todos los mortales. Por más que podamos, sin embargo, presumir que tales objetos están íntimamente vinculados a la propia biografía como el poeta quiere: un árbol, un retrato, unas gafas, unos hijos, los ojos de una paloma en el instante de su muerte.

   Juan Ramón Barat ha dado un paso más, y muy firme y decidido, en su impecable trayectoria poética. Merece la pena atender con detenimiento este nuevo libro, que, como otros de los suyos, es un regalo que el lector no puede ni debe perderse.