UNA NOVELA PARA JÓVENES QUE MIRAN MÁS ALLÁ:

LAS INCURSIONES EN LA OTRA VIDA DE DEJA EN PAZ A LOS MUERTOS

Elia Saneleuterio Temporal

Universidad de Valencia

 

   Juan Ramón Barat, escritor prolífico en todos los géneros y para todos los públicos, nos brinda en esta ocasión un rato de maravilloso reencuentro narrativo. Deja en paz a los muertos es el título de la novela cuya lectura quiero recomendar, ahora que llega el tiempo de los fríos y las mantas, de la calma mortecina y las largas tardes con la lamparita tenue del sofá.

   La novela se estructura en veintiséis breves capítulos de atrayentes títulos que trazan una historia que se inicia con un paratexto programático: «Bienvenidos al paraíso». En efecto, la instalación en una familia en una casa rural, cerca de la playa, supondrá el comienzo de toda una aventura iniciática para sus protagonistas; de hecho, aunque la historia tiene lugar durante las vacaciones en la aldea, la historia puede interpretarse como un verdadero viaje: al «Final de trayecto» —es el título del último capítulo— las personas, las cosas, las ideas, ya no estarán en el mismo sitio; algo habrá cambiado. El epílogo con que se cierra la novela saldará algunas cuentas pendientes que habían quedado en el aire y que satisfacen la curiosidad del lector, quien recurre a él como quien —cuando internet era cosa del futuro— devoraba la carta esperada del amigo, buscando datos y noticias que resumieran qué había sido de la pandilla del verano. La puerta, no obstante, no acaba de cerrarse; y su autor no está dispuesto a tirar la llave.

   Toda la historia trascurre en Gélver, un pueblo cuya esencia existe en la realidad, aunque no se llama así. Su nombre real es Villaricos, en la provincia de Almería. Durante la novela se mezclan, pues, espacios y topónimos reales e inventados: por ejemplo, junto al cuartel de la guardia civil, totalmente ficticio, aparecen otros lugares como Águilas, San Juan de Terreros, Garrucha, Vera, etc. Toda una cartografía diseñada entre la realidad y la ficción, construida de manera que consigue realmente envolver al lector en su geografía.

   Desde su localidad de residencia, Lorca, este autor valenciano ha querido compartir con el público lector algunos de los datos que resultaron claves en la gestación de la novela, como por ejemplo el origen autobiográfico de la ambientación: el propio Barat veranea en San Juan de los Terreros, donde él mismo tantas veces se ha sentado en las rocas, mirando al mar e imaginando misterios por resolver. Los nombres de los protagonistas, Daniel y Ángel, también proceden de sus propios gustos personales al coincidir con los de sus hijos, aunque en la novela no son hermanos y, por tanto, hubo que buscar apellidos diferentes para ellos. Y digo «hubo que buscar» porque el escritor, en asamblea con su familia, les dejaba participar en la elección y votar de manera democrática entre las diferentes posibilidades: Daniel Elda , o quizás Daniel Petrer , o mejor aún Daniel Villena …, que son poblaciones con las que se encuentra frecuentemente la familia de Barat en el trayecto hacia la Valencia de sus orígenes.

   Barat, además, se proyecta en el padre de los Villena: amante de Mozart, aficionado a la ópera, promotor de sesiones de cine en familia… y, aunque confiesa que se inspiró en sus hijos para construir a los personajes protagonistas, lo cierto es que también hay mucho de sí mismo, espíritu joven donde los haya, reflexivo y atento observador entre las líneas de la realidad, o incluso más allá de ellas.

   Deja en paz a los muertos se inscribe dentro de la literatura juvenil, por su temática, por la edad de sus personajes principales, por el estilo de la narración, pero sobre todo por el motivo de que haya sido escrita: Barat quería enganchar a su propio hijo al placer de la lectura, y decidió ir entregándole un capítulo de manera regular, que el muchacho devoraba con devoción, pidiendo siempre más. De ahí se explica, también, la corta extensión de los capítulos, que pretenden ganar lectores entre los no lectores.

   Mas el hijo de Barat no se conformó con el último capítulo, y ni siquiera con el epílogo. Tampoco el resto de jóvenes lectores quiere aceptar un final. Asiduos y noveles, en los muchos institutos y colegios donde lo invitan, ya tienen acostumbrado a su autor a coros que insisten en una segunda parte, posibilidad en la que él no había pensado, pero que ahora, encariñado con los personajes y con aquella llave todavía en el bolsillo, no descarta.

   Sin embargo, Deja en paz a los muertos es mucho más que literatura juvenil; «novela para jóvenes», digo, pero también para quienes no lo son tanto, para quienes disfrutan todavía de los entresijos de los adolescentes si la historia está bien construida. El propio Barat, mientras escribía y entretejía el argumento, buscaba sorprenderse a sí mismo, intrigarse a sí mismo. Buscaba un clímax, en una situación determinada, algo con fuerza y misterio… sin saber cómo lo resolvería. Por eso uno de los puntos fuertes de la novela es lo inesperado de soluciones, giros o nuevos problemas.

  Y no solo el argumento es intrigante, dosificando con magisterio la información y las nuevas pistas que van abriendo sorprendentes posibilidades y potenciales desenlaces, sino que además todo ello está narrado con una brillante prosa que llega a satisfacer el gusto de los más exquisitos. PorqueDeja en paz a los muertos brinda al lector numerosos aciertos expresivos, léxico sugerente, sintaxis desdoblada con esmero, y muchas otras huellas que podrían ponernos en la pista de uno de los mejores novelistas del panorama valenciano. Efectivamente, el ávido lector agradecerá al autor que no deje su pluma ni cuelgue su hábito.

   «Deja en paz a los muertos» es parte del mensaje que recibe Daniel Villena, seguido de una amenaza estremecedora: «o muy pronto serás uno de ellos». La trama surca, pues, cuestiones que trascienden la realidad, que no solo preocupan a las personas asiduas a pensar en el más allá —los muertos, la telepatía—, sino que, en este caso, atrapan directamente a aquel que mira simplemente «más allá» —sin el artículo—, el joven que, sin haberlo planeado y debido a su actitud muchas veces reflexiva, busca en su mente la comunicación, cae en la cuenta de los detalles, dedica tiempo a recabar pistas, a atar cabos, a desenterrar ideas peligrosas. Es principio universal, y no solo literario, que quien remueve las mentiras para hallar las verdades siempre acaba siendo ocasión de molestia para alguien. Y ya sabemos cómo actúan algunos contra aquellos que se empeñan en descubrir lo oculto; las fuerzas del mal y la oscuridad contra la amenaza lumínica del héroe.