EL ÁRBOL DEL 98

 

   El tiempo inexorable se aleja de nuestros atavismos. Nos abandona y solícitos apelamos al sueño y la fantasía. Los libros pasan también su calvario hacia el olvido, “pero hay alguien que acoge esta caída/con suavidad inmensa entre sus manos”, escribió Rilke. Lo mismo sucede con Breve discurso sobre la infelicidad , tan lleno de momentos de esplendor poético, de fugaces muestras del mejor quehacer en poesía actual.

   Juan Ramón Barat es un gran poeta y lo está demostrando. Los premios y honores llenan espacios densos en la solapa de sus obras. El momento del gran salto está a punto de llegar. Se hace camino al andar. Será un salto espectacular y benefactor. En este poemario premiado con el nombre pálido y triste de Leonor, la musa amarilla y lánguida del gran Antonio Machado, hay una muestra proteica y cómplice del mejor Barat, del Barat frío por fuera y fuego interior. Él dice de San Juan, de Santa Teresa, yo veo la luminosa pasión de Garcilaso, la chispa abrileña de Gutierre de Cetina y la belleza pesimista del torvo y listísimo Quevedo. Y huelo la contaminación de todos los buenos poetas de nuestra historia literaria.

   El poeta es oráculo y pastor de almas, “que no te arrastre nunca en su corriente/el vendaval absurdo de este mundo”, que traspasa la dimensión física del universo y “nunca volvió para contar/qué había al otro lado del misterioso límite”, que mira la ciudad como un actor que “tendrá que disparar tarde o temprano”, que lucha consigo mismo en una confusa inarmonía. Juan Ramón Barat sabe que después de perseguir la felicidad, la arcadia, la belleza, el amor, en “el silencio de la casa/pudo oírse otra vez, como un sordo rumor,/de huesos masticados por el tiempo,/el ruido de las ratas”.

   Ha leído a Baroja y Unamuno, más pesimistas en sus obras que en sus vidas. Ha aprendido el nihilismo vital de Cernuda o Aleixandre, más optimistas en sus versos. Ha convivido con las dudas de Brines, de Siles, del Marzal.

   Es difícil encasillar a Juan Ramón Barat, porque es un poeta de impulsos. Acaso todos convergen en el laberinto de la vida misma y en la pasión del corazón. Nunca más olvidar, perderíamos una poesía popular, culta, surrealista, neopurista, de la experiencia, existencial, verdadera, suficiente siempre. Una delicattessen .

 

Antonio Ortega Fernández

profesor de Literatura, crítico literario.

(Reseña aparecida en el Suplemento Ababol, de La Verdad, Murcia)

2004

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