PRÓLOGO A CONFESIONES DE UN SAURIO

Ángel Luis Prieto de Paula,

profesor de Literatura

de la Universidad de Alicante,

ensayista y crítico de Babelia, El País.

*****

   Si excluimos una aparición temprana y sin continuación inmediata, los libros de Juan Ramón Barat han visto la luz a partir del año 2000. Tras abrir de par en par las compuertas de la publicación, a la edad en que algunos comienzan a efectuar recuentos recopilatorios, el autor ha editado varios volúmenes en apenas cinco años, seña de la feracidad de su escritura a pesar de su anterior silencio. Pero quien escuche la armonía rítmica de sus versos sabrá que el oficio que demuestra no está asistido sólo por una gracia natural, pues es fruto de muchas horas y de muchos versos previos que se habrán quedado en el cajón, y que acaso lo publicado es sólo la cresta de un iceberg cuya mayor parte está a resguardo de las miradas. Por lo demás, el propio autor ha entendido que su obra necesitaba de un remanso donde pudiera apreciarse con el sosiego adecuado: a esa necesidad obedece la antología El héroe absurdo (2004). Lejos de los héroes titánicos, grandiosos aun cuando derrotados, el “héroe absurdo” de Barat es de otra raza bien distinta que nos resulta, si vale la paradoja, extrañamente familiar, dado que se trata de un sujeto “como todos ustedes” ?título de otro libro suyo?, cuya épica ha sido batida y abatida por el sucederse de los días indistintos y los abalorios de la costumbre.

   Ese héroe deshilachado estaba desde el comienzo abocado a la nada, pues el autor parece haber renunciado a las expectativas finalistas. A medida que atravesaba el páramo de los días ha mantenido una identidad esencial, aunque el tiempo haya trabajado sobre o contra él, macerándolo, amoldándolo, haciéndole ver lo deleznable de su constitución. Así es como ha llegado hasta este nuevo volumen titulado Confesiones de un saurio . El título puede sorprender a quien no haya leído el poema del que se toma, una píldora que condensa la transmigración del sujeto a lo largo de las generaciones. Pues, en efecto, el poeta es la enésima edición de aquel saurio que un día determinó “expatriarse del agua y conquistar / el reino de los cielos / y la soberanía de la tierra”, momento en que inició el proceso de mutaciones y se le desató el instinto brutal de la depredación que ha marcado con un rastro de sangre las enloquecidas sendas de la historia. Después de todo ello, el poeta, ese saurio, atisba un futuro próximo en el que adivina, tras su aspecto actual, al animal aquel irguiéndose “entre los milenarios escombros de la muerte”. Una tormenta de sombras es el cabo y el rabo de una vida encerrada, como la matriushka más pequeña, en el cuerpo de otro cuerpo de otro cuerpo.

   Así que la individualidad del sujeto que se confiesa ante nosotros queda matizada por ese encadenamiento de fatalidades que está en su origen. Él es él , pero también es nosotros , todos los hombres con instancias vitales parecidas y coincidentes en los trazos más gruesos. Lo cual habla a las claras de la precariedad de su existencia propia en cuanto actualización de un destino que nos afecta a todos, pero no atenúa los perfiles más personales, esos sí suyos e intransferibles, del amor, el dolor, la soledad, el miedo. Este saurio evolucionado, o, si se quiere, este héroe absurdo en el que ha dado el animal atroz luego de atravesar eras y glaciaciones, es un pobre ser existencial que, en el ámbito restringido de la última generación humana, se llama Juan Ramón Barat y tiene un pasado minúsculo (al menos si se compara con el ayer geológico que se pierde en la noche del tiempo): el del mundo de su infancia poblado por la pobreza y los padres, la hermana y sus muñecos, la epifanía de lo real en la blancura solar sobre una tapia… Éstos son los formantes de un pequeño paraíso, locus amœnus tras cuyas fronteras batía inmisericorde la lluvia, y a ellos ha rendido homenaje en Hoja de servicios , título de la sección primera del libro. Hecha la presentación, vienen los restantes apartados, donde se recogen medallones de la cotidianidad, fábulas morales con las que fácilmente se producirá la adhesión de los lectores, preguntas trascendentes aunque apenas lo parecen por cuanto están formuladas como al desgaire…

   Esta poesía pasa la mano por el lomo de las cosas, mira hacia atrás y hacia el entorno, refiere los trabajos y los días: la esposa y los hijos, los azacaneos diarios, los muñones de una imaginación cercenada, el sinsentido de aquello que, por obvio, parece que no necesita tener sentido… El resultado es una vida corriente, despoblada de dogmas y acomodada a los recortes. De ella dan cuenta los versos de Barat: versos a la mano del lector, sencillos pero perfectamente tejidos, precisos en el lenguaje, contenidos y muy efectivos en sus imágenes. El discurso narrativo de los poemas no engaña a nadie: entre escorzos y desvíos de la emoción, ésta termina apoderándose de la escena.

   Hay en estas composiciones algunas invitaciones a la luz, pero, aunque el lenguaje huye del tremendismo y Barat se ha descalzado del coturno trágico, abundan mucho más las estampas tristes, y alguna ?excepcionalmente, pero ahí está? pavorosa. Después de todo, es difícil no sentirse alcanzados por el hocico de esa “mala perra que mastica / los huesos de mi alma”, lleva entre sus dientes “algún trozo de mí” y, al irse retirando, va dejando a su paso “un reguero / de excrementos de sombra”.

   ¿Creían ustedes que los poemas de este libro, tan acompasados en sus cauces de heptasílabos y endecasílabos, tan mecidos en el vaivén de los versos sucediéndose, tan dichos en voz baja desde el yo del autor al del lector, tan, en fin, “bonitos” ?no quiero renunciar al adjetivo en que lo bueno se resuelve en hermoso?…, creían ustedes, digo, que los poemas de este libro eran una especie de nanas para dormir infantes? Pues no, no lo son. A veces la belleza tiene, como aquí, un argumento cotidiano; pero sólo la costumbre de convivir con lo cotidiano nos libra de estremecernos ante su rostro más terrible.