UNA POÉTICA DE LA EXISTENCIA

Aproximación a la poesía de Juan Ramón Barat

EMILIA MOROTE PEÑALVER

Revista Electrónica de Estudios Filológicos

Número XVIII, Diciembre 2009

Universidad de Murcia

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   El poeta Juan Ramón Barat (Borbotó, Valencia, 1959), licenciado en Filología Clásica e Hispánica, alterna su labor como docente con numerosas participaciones en cuantas actividades culturales se le solicitan (conferencias, recitales…). Un Humanista, un hombre sencillo, culto, de carácter afable, vitalista y excelente comunicador que desliza sobre su obra una honda preocupación por la vida que le lleva a convertir la lírica en género no sólo de expresión de emociones sino de reflexión en torno a los grandes interrogantes y temas universales, no sin dejarse impregnar por cuantas voces filosóficas y poéticas de diversas corrientes pueden ayudarle en la formación de un estilo propio, aun sin abandonar esa mirada atenta a lo cotidiano y simple que forma parte de la experiencia.

         Autor de obra caudalosa, premiada y atenta a los tres grandes géneros, tanto para el lector adulto como para el infantil-juvenil. Barat se ha prodigado en numerosas antologías con otros autores, entre las que podrían citarse las más recientes: Quijote cabalga entre versos, Madrid, 2005; Espirelia IV. Murcia, 2006; Poetas en blanco y negro contemporáneos. Madrid, 2008; Vida de perros. Logroño, 2008; Antología del Premio Leonor de Poesía. 25 Aniversario (1981-2006). Soria, 2008; y Nuevas voces y viejas escuelas en la poesía española (1970-2005). Granada, 2008. Asimismo, no ha dejado de colocar sus versos y artículos en revistas dentro y fuera de España, como Abalorio, Sol Negro, Papeles de Urs, Agua, Pasos, Ateneo I de Mayo, Baquiana, Presencia o Buxía, arte y pensamiento.

         Centrados sólo en su obra lírica, el poeta atesora ya una larga lista de títulos en su cuenta y de premios y reconocimientos que la avalan; y descubrimos que no pocos no han llamado aún a las puertas de la imprenta. Destaquemos, entre tantos, por la extraordinaria calidad poética de sus obras: Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Torrevieja”, Alicante, 2002, y Premio al mejor libro de poesía en la Región de Murcia, 2002, por el libro Como todos ustedes; Premio Internacional de Poesía “Ateneo Jovellanos de Gijón”, Asturias, 2003, por Piedra Primaria; Premio Internacional de Poesía “Leonor” de Soria, 2003, por Breve discurso sobre la infelicidad; Premio Nacional de Poesía “Francisco Mollá” de Petrer, Alicante, 2005, con el poemario Confesiones de un saurio y el Premio Nacional de Poesía “Blas de Otero”, convocado por el Ayuntamiento de Majadahonda, Madrid, 2006, por Malas compañías.

         La literatura de Barat no pertenece al mundo de la evasión; su lectura nos transforma, nos hacer reflexionar y nos devuelve al mundo enseñándonos a vivir. Lejos del exhibicionismo culturalista de los novísimos, su fascinación por los clásicos grecolatinos o los autores de nuestra edad dorada (sobre todo, Quevedo, con su fina ironía y su preocupación existencial, además de Góngora, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León), sin olvidar el magisterio poético de Bécquer, Neruda, Miguel D’Ors, Benedetti, Ángel González o Jaime Siles, entre otros, le han aportado una experiencia lectora que, junto a las más universales preocupaciones humanas, le llevan a ofrecer una muy particular reinterpretación de los grandes temas de la literatura universal (un notario de todo lo que perdimos para siempre, Jaime Siles, El Mundo, 2005). Quizá por su labor como docente, habituado a moverse con apego por todas las tendencias, no se muestra impermeable a otras corrientes, que encauza de manera inteligente en su línea de lenguaje sencillo, cuidado y reflexivo; poesía elegíaca, aun sin dejar olvidado el tono irónico que mejor refleje esa honda preocupación que caracteriza su pensamiento.

         Barat contempla la literatura no sólo como un espejo (imagen tan del gusto del poeta) donde la sociedad pueda verse y el individuo, reconocerse; sino, sobre todo, como un instrumento útil para la reflexión y hedonista por el placer estético que procura en el uso y dominio de la palabra. No escribe; esculpe con palabras la luz, el silencio, la belleza, el tiempo, la noche y hasta la muerte.

         Es la suya una poética de la existencia donde confluyen el tono irónico; el elegíaco, en el lamento por la pérdida de la vida y la belleza; el de desengaño y angustia, por la vacuidad de una existencia que conduce irremediablemente a la muerte; el tono sereno y escéptico; el vitalista y esperanzado, en la alternativa o resistencia al poder devastador e intransigente del paso del tiempo, lo que le lleva a una invitación al carpe diem, e incluso al carpe noctem; y el tono humilde y biográfico, en un yo poemático que deja constancia de una honda preocupación, de una resistencia a la asunción callada de lo absurdo del destino, y de exaltación de la vida, la belleza y las propias experiencias más gratas y cercanas como soplo de aliento esperanzador.

         La coartada del lobo (2000), que ve la luz cuidadosa y certeramente prologado por P. Felipe S. Granados, será el primer eslabón publicado de esa poética. Poemario que, de manera muy somera, atiende, en sus dos mitades, al amor y la muerte, respectivamente.

         La infelicidad que se deriva, de un lado, de la personal asunción de la intrascendencia de la vida, y de otro, de la ignorancia del amor como fuerza redentora; la soledad; el sinsentido de la muerte, como interpretación final tras la lectura del libro de la vida con capítulos dedicados al amor, la pasión y la belleza; la vacuidad de la existencia, que se identifica, tras la muerte, con la nada; y la falta de lógica en el movimiento incesante de la máquina destructora del tiempo no abandonan sus versos en la  primera parte, “La coartada”, y serán el pretexto para una coartada poderosa: el amor, aunque se ignore (Desventurado aquel/ que tu esplendor ignora), o iguale sus fuerzas con la muerte como las dos únicas certezas firmes en el mar de escepticismo y pesimismo del poeta que dan sentido a una existencia estúpida y absurda (“O la muerte”).

         Entre las muestras de entrega a la amada, de renovado gesto de aliento de su amor (“La coartada”) y la expresión de la certeza de que el amor –en la línea quevedesca de poeta existencial- vencerá más allá de la muerte (aun admitiendo la ilógica del poder destructor del tiempo), el poeta invita a la amada al pleno goce de los sentidos en una bella y personal versión del carpe diem horaciano transformado en carpe noctem, o al pleno goce místico de San Juan de la Cruz, sin olvidar los matices eróticos de Catulo, o simplemente Barat en “Celebración”: déjame hacer contigo/ lo mismo que la lluvia en primavera/ con los naranjos hace”.

         Los tópicos clásicos (carpe diem, beatus ille o locus amoenus) hallan su cauce expresivo en una combinación de heptasílabos y endecasílabos, además del verso roto (como expresión formal de la fuerza destructora de la muerte, la soledad o la tristeza), de los encabalgamientos (que enfatizan términos esenciales en ”Pues” o traducen fuertes emociones en “O la muerte”), la plasticidad de los desplazamientos de versos en el pentagrama de la estructura métrica del poema con valor caligramático (“Ceniza”), y de bellas y selectas metáforas, algunas de carácter surrealista, en “Entre los dos”, “Epitalamio”, “Ceniza” o “Éxodo”.

         “Del lobo”, segunda mitad, parte del elemento simbólico lobo, esta vez, con su carga de agresividad minorada. De esa manera, el lobo o el hombre (homo homini lupus), sin coartada (basada en la fuerza del amor), es reducido al absurdo, víctima de fuerzas oscuras, malignas como la soledad, la tristeza, el pesimismo o la falta de esperanza (Abismo y soledad y noche triste,/ donde mueren las últimas estrellas/ del cielo sin aurora de ti mismo, en “Sin aurora”). Del lobo no queda ya coartada, no queda el amor, sinónimo de esperanza: el sentido de la vida del hombre es saber que se vive para morir, por lo que se sabe condenado a la derrota. Es nuestra desdicha saber que vivimos para morir.

         Ante esta seguridad de vivir derrotado por el tiempo, de estar de prestado en esta vida, el poeta lanza su queja por no encontrar quien explique el porqué de tanto sufrimiento si, finalmente, nos vemos abocados a la muerte, a la nada, y su queja por lo injusto de una vida que arrebata todo cuanto primero te ofrece (“Por qué”).

         Este fuerte sentimiento de queja y derrota se traduce formalmente en la mayor frecuencia del verso roto y la ironía; ambos recursos presentes en el poema “Gramática del tiempo”, donde la sintaxis caótica de la vida no puede ser ordenada por la inútil gramática del tiempo. La existencia del hombre es la biografía de una derrota.

         Como todos ustedes (2002) tiene como principal referente al ser humano que, visto desde cualquier perspectiva (1ª, 2ª ó 3ª personas), soporta la existencia como una pesada carga de dolor, tristeza, opresión, falsedad, desamparo, crueldad e injusticia. En definitiva, un ser cualquiera (yo, tú, él…), anónimo, desconocido, sujeto a la triste realidad del paso inexorable de las horas, de las imposiciones de la sociedad y del destino mortal. Si bien, un ser también alentado por el deseo de vivir, por lo que no faltan en el libro referencias al amor, el placer del silencio, del campo, de la lectura o de los más simples actos cotidianos que alcanzarían el rango de brotes de inmortalidad (“Clase teórica sobre la inmortalidad”).

         La queja, la burla, la expresión de lamento o amargura, la ironía a veces son vías para caminar buscando una explicación, una respuesta, un orden, un sentido, en definitiva. El poeta siente la necesidad de cuestionarse la realidad, su existencia, y dar su propia respuesta, que no es sólo el discurso de un método, sino la expresión de una vocación, vocación por vivir.

         Breve discurso sobre la infelicidad (2003) es una invitación a la reflexión en torno a las más íntimas preocupaciones del poeta (el porqué y para qué de la existencia humana), de las que se libera en el acto de la escritura, campo conceptual siempre presente en sus poemarios.

         Montado sobre estos pilares básicos, su discurso deja espacio para la crítica y la insistencia en la búsqueda del silencio y la verdad, así como para el uso de símbolos (perros, verano) y la ironía como recursos formales de fuerza y eficacia persuasivas.

         Los poemas son los argumentos del discurso cuya tesis es la convicción de la infelicidad como sentimiento inherente al ser humano desde que nace, para la que adopta el recurso de la escritura como una suerte de exorcismo que lo aleje de los demonios que lo angustian.

         En “Declaración de intenciones”, composición que abre el poemario, el poeta declara su propósito de buscar la verdad que da sentido a lo absurdo de la existencia en el silencio, en el camino hacia uno mismo, haciendo una particular recreación del beatus ille de Fray Luis. Encierra una crítica al paso indiferente, falto de reflexión y meditación del hombre por la vida, que se repite en “Sesión continua” y en “Hoja de reclamaciones”, donde martillea al hombre vacío de compromiso con sus propios ideales, falto de humanidad, que no merece la gloria de vivir.

         “SOS”, “Versión definitiva”, “Estimado lector” y “Fe de vida” tratan el tema de la escritura como catarsis del dolor que conlleva la existencia.

         El devenir del ser hacia la nada no impide ni el vitalismo ni el escepticismo.

         Poemas más discursivos, con menos atención a la metáfora. Ya desde el título, el autor predispone al lector a un libro de tono discursivo, de hondura reflexiva y de actitud, a veces, conmovedora, sobre todo si tenemos en cuenta la preocupación esencial que recorre todo el poemario, y para la que su agnosticismo no halla alivio en la certeza que, para otros, emana de la fe religiosa.

          El discurso ha necesitado de un receptor, lo que permite la tensión, a la vez que se vuelve subjetivo cuando aparece el yo. Tono reflexivo, de queja, de lamento y sentencioso a veces (“Instrucciones maternas”) junto a un tono vitalista.

         El ser absurdo, recreado con la imagen del perro extraviado, en un escenario nocturno es una constante en su poesía. Ese ser absurdo, de existencia vacua y sin un compromiso con sus propias convicciones, que se identifica en “Hoja de reclamaciones” (con tono sentencioso y de castigo) quizá con aquel lobo de su primer libro (Siempre fuiste uno más de la manada).

         Entretanto, el yo poético reflexiona, y en “Misión imposible” busca la adhesión del lector y adopta entonces un tono aforístico y de arenga para subrayar sus grandes temas y preocupaciones: la imposibilidad de negociar una tregua con el tiempo y con la muerte, para lo cual ni el amor es un argumento poderoso; la certeza de lo cual sume al poeta en el desamparo, que se acentúa con el dolor que conlleva saber que la vida no se repite y que la muerte no nos devuelve a la vida. Pero vuelve al yo y siente la amenaza de su doble, un impostor (“Interrogación retórica”), y de los símbolos de destrucción (“El verano”).

         Otras veces su discurso se vuelve didáctico (“Clase de astronomía”), pero para incidir en el tema del eterno retorno y, por ende, en la intrascendencia del ser, tema tratado con el amargo sabor de la derrota en “Del sentimiento trágico”.

         Piedra primaria (2004). Poemario dividido en tres partes, cada una de las cuales está compuesta por 12 composiciones en las que, formalmente, destaca la polimetría de sus versos y el enfoque desde sendas personas del verbo.

         Siguiendo una estructura circular, se inicia con el acto simbólico y con reminiscencia cinematográfica de alzar la piedra en mano para, una vez convertido el hombre en dios, iniciar su andadura por la existencia; devenir matizado por el acto reflexivo del poeta, interesado y preocupado por temas universales (la muerte, el tiempo, el sentido de la vida, el amor) desde una actitud existencialista y barroca, si bien enriquecida con el toque personal de un autor preocupado por la exquisitez, el virtuosismo, el dominio preciso y elegante del lenguaje, no reñidos con la sencillez de la expresión y la profundidad del pensamiento, coherente con su más íntima preocupación personal y humana.

         Se cierra esa estructura con el poema que da título a todo el poemario, “Piedra primaria”, donde el poeta, con una actitud serena, y deslizando sus versos sobre los resortes constantes de la interrogación, la enumeración, la metáfora, el símbolo, hace cómplice al lector de su agnosticismo ante los grandes interrogantes que han azuzado la conciencia del hombre.

         El pretexto de las citas y dedicatorias y las ligeras variaciones de textos de otros autores; la polimetría, con la alternancia de versos predominantemente heptasílabos y endecasílabos; la diversidad en los referentes culturales que actúan como un sólido poso en el horizonte lejano del poeta (desde la imagen móvil cinematográfica de “Homo erectus”, la imagen fija de bodegón en “La manzana” o de una cámara en “Instantánea”, la topografía casi mítica de “Templo sin dioses”, hasta la música), caracterizan este poemario junto a la variada lista de referencias literarias (Quevedo, Neruda, César Simón, Buero Vallejo, Shakespeare, Miguel D’Ors, Cavafis, Benedetti, Bécquer, La Biblia, San Juan de la Cruz, los clásicos grecolatinos y Borges).

         Barat parte de la base de que todo es fugaz (el tiempo, la belleza, la vida…), de modo que, ante la indefinición del futuro, al que el hombre se enfrenta sin garantía, queda la libertad para construirse a sí mismo a cada instante.

         Esa piedra primaria (sílex) será el símbolo de la edificación de la existencia, de la estructura o entramado social como base de una evolución, de un progreso. En un poema narrativo como “Homo erectus” la acción –alzarse y levantar el brazo- es el acto que libera al hombre de su angustia, de su inseguridad. Y es el poeta el que, con el dominio que de la existencia le proporcionan sus versos, acabará convirtiendo al lector, finalmente, en cómplice de sus preocupaciones y, al mismo tiempo, de sus esperanzas.

         Frente al acto primitivo básico, en el poema que cierra el poemario siguiendo una estructura circular, es ahora el poeta mismo el que convierte su voz, la palabra, en piedra primaria, y, en un acto libre, alza su voz reflexiva, serena, sin estridencias, para cuestionarse el sentido de la verdad, de la vida misma y de la muerte como redención.

         Y no hay tregua para la angustia y el desasosiego que provocan la conciencia del carácter fugaz, efímero del tiempo, concepto que concreta con la imagen ciénaga infinita, acentuando y materializando en la espesura del barro esa sensación de angustia que domina la existencia del hombre y, por ende, del poeta. Quizá la única verdad sea la certeza de la muerte y de lo efímero de la vida, cuyo simbólico poder inicial queda anulado, desmitificado con la certeza de quien la identifica con un falso templo.

         “La fosa” viene a ser, con un tono ligeramente desafiante, una sentencia firme, un aviso serio, sin sentimentalismo, sin titubeos, sin grietas en el corazón. Confundidas la vida y la muerte en una misma imagen, se muestra la convicción de que, mientras vivimos, nos causa dolor, desasosiego y tristeza el ser conscientes de que todo lo que nos rodea nos recuerda la muerte. Todo es una reproducción facsímil de la muerte./ Una iconografía del dolor.

         Barat deja su impronta personal en metáforas que salpican de modernidad temas clásicos como la muerte, la vida como devenir, el sentido de la misma, su transcendencia.

         “Walking around reverse” supone la primera aparición del término hombre alejado del primitivo homo que encabezaba el libro. La imagen del hombre que camina desamparado, extraviado en la oscuridad y en solitario, angustiado por el paso callado y agobiante del tiempo (bajo el silencio cóncavo del tiempo) se convierte en símbolo crítico de una civilización deshumanizada y alienante, de ahí que se niegue la existencia de la voz, de la palabra como único elemento humanizador y redentor del dolor, al tiempo que con ese destino oscuro se sugiere, quizá, la negación de Dios como guía efectivo. El poeta tendrá que tomar la palabra para redimirnos.

         “Perros”, siguiendo con la temática existencial de sus versos, incide en el tema de lo absurdo de la vida. En un guiño al poema de Dámaso Alonso (“Insomnio”), aun sin preguntar a Dios, el poeta describe la vida con la desagradable imagen simbólica de unos perros absurdos y furibundos que merodean sin rumbo por las calles, a la intemperie, en soledad y un día tras otro. Barat, al contrario que D. Alonso, no pregunta a Dios por el sentido absurdo de un vivir con dolor, desasosiego y con el miedo, la incertidumbre, la inseguridad que causa el no saber a qué asirse para explicarlo.

         De nuevo, no caben ni la queja airada ni la distorsión: entre pregunta y pregunta se desliza, en contraste con la atmósfera oscura, temible e inhóspita del día a día de la existencia, un hálito de esperanza, un asidero en la belleza que se desprende de un locus amoenus de hermosas luminarias, brisa apacible y jardines en silencio. Desde la seguridad que transmite este espacio, el poeta se cuestiona, siempre sereno, el sentido de la vida y de los miedos atávicos del hombre.

         “Extensión cero”, estructurado sobre el recurso de la descripción enumerativa y la imaginería de metáforas surrealistas, presenta las premisas de las que parte su escritura, los argumentos de la tesis “lo absurdo de la vida”: la atmósfera nocturna, silenciosa, pesada, angustiosa; el asalto constante y pertinaz de la duda, el escepticismo vital; la incertidumbre ante lo desconocido, lo no definido (el más allá, la trascendencia); la constatación del doloroso e inevitable paso del tiempo y la ausencia de la palabra, de la voz humana.

         “Panorámica” es un poema de transfondo clásico, de raíz culturalista, que reflexiona sobre la naturaleza del ser humano (Todos ellos parecen insectos diminutos / bajo el palio morado de los astros) y el sentido de su existencia.

         En “Historia abreviada de la humanidad”, con el recurso de la metáfora de la vida como una batalla en la partida de ajedrez, se ofrece una visión pesimista y crítica del progreso de la humanidad basado en el caos y la sinrazón, en la lucha por la supervivencia y el poder a costa de la vida de otro y de la inconsistencia de los valores que se preconizan, con dominadores y dominados, con los sufrimientos que ello comporta.

         “Recóndita armonía”, sin abandonar la actitud crítica y pesimista, y recogiendo el título homónimo del aria de Tosca de Puccini, exalta la belleza como algo efímero y utópico que redime al hombre de esa indigna tarea de ser hombres. La belleza es, para el poeta, un sueño inalcanzable.

         “Instantánea” aúna lo cotidiano con la profundidad del pensamiento. Recordando a Buero Vallejo en El tragaluz, una instantánea, la imagen fija de una cámara se convertirá en el hecho que desencadene el descubrimiento de una verdad incontrovertible: la intrascendencia de la vida humana, acentuada por el paso del tiempo.

         “Templo sin dioses” es una visión crítica e irónica de la incapacidad del hombre para explicar el sentido de la vida, su razón de ser y existir, y que, en una actitud primitiva, reacciona temblando ante lo que no comprende.

         “Apunte”, composición breve en versos heptasílabos, es una nota de esperanza en esta primera parte cargada de pesimismo. Es la expresión del modo como desea vivir: con la inocencia que lo aleje del dolor, de la angustia de no saber el sentido de la existencia ni cuándo ha de llegar la muerte, sin otra preocupación que la de vivir respirando la belleza, por ende, la poesía.

         En la segunda parte el poeta se desdobla en un alter ego en un juego de espejos que hace que el poema se refleje en el lector.

         En “Registro de la propiedad existencial”, sin melancolía, nerviosismo, alteración o angustia, recrea de modo original el tópico horaciano fugit irreparabile tempus. El lenguaje jurídico al servicio del tópico le confiere un tono serenamente sentencioso y convincente en ese diálogo ficticio con el lector. El tiempo decomisa tus bienes, tus memorias, así como la decrepitud es el expolio final de tu vida.

         “El rastro de Yorik”, en un juego de espejos, somete al lector al experimento de ser observado por su propia calavera, poniendo así a descubierto el sinsentido de su vida, mostrándolo como muerto en vida.

         “Hijo mío”, de nuevo, es una recreación de un tópico clásico: carpe diem. Tomando como interlocutor ficticio a su hijo, el poeta le invita a ser feliz, a huir de la oscuridad y dejar que los sentidos disfruten de lo creado para el deleite humano: la flor, el agua, el vino y el amor. Y, como si este poema fuese una continuación del anterior, el padre advierte al hijo de que no se deje engañar por la locura (como Hamlet) que diseña su estrategia en esa oscuridad de la que hay que huir, que son las miserias de la humanidad.

         Ese mismo tópico lo encontramos en “Litograma”, donde, esta vez, un viajero se detiene ante el epitafio de un hombre que, como el mismo lector, alguna vez soñó con la inmortalidad. Y el poeta lo invita a hacer un alto en el camino y darse cuenta de que la vida, cuando la miramos (cielo, nubes, pájaros, caricia del aire), ofrece un breve fulgor de eternidad, como si fuese un milagro.

         En “Todos los destinos se llaman Ítaca”, como Ulises, el poeta conmina al lector a no abandonar su destino, a eludir los cantos de las sirenas perversas que te desvían de tu senda y te conducen a una muerte sin prodigio, y a depositar su esperanza en la luz del amor, la fuerza ciega que te hace persistir/ y eludir cada noche la locura.

         El nihilismo del poeta se deja ver, de nuevo, en “Previsión de futuro”, donde se carga de razón para recordarnos nuestro fatal destino, el sentido trágico de nuestra existencia.

         “Poema del desasosiego” es un intento de desengañar al lector y convencerlo de la indiferencia del mundo hacia el hombre, por tanto, de la soledad de su existencia.

         En “Diagnóstico”, el poeta, mirando a los ojos del lector, diagnostica la serenidad de quien se sabe uno más en este mundo y agradece simplemente estar vivo, ver la luz como una recompensa que, quizá, no sea merecida.

         “El retrovisor” se vale de un objeto cotidiano que se presta al juego de espejos tan del gusto del poeta. En él, un conductor avanza en solitario desde la tarde hasta que, llegada la noche, ésta le devuelve –a través del retrovisor- una nueva imagen, dolorosa. El hombre ve, a través del espejo, su propia dolorosa desaparición. Se trata de una recreación del tópico del paso del tiempo que todo lo devora. El caminante es ahora un conductor que, a través de un simple espejo retrovisor, observa qué deja atrás. La imagen reflejada es la constatación de que el final de la vida es el final de todo, y no queda nada tras la muerte.

         El tema universal de la inexorabilidad de la muerte lo recrea ahora en “Tú”, donde el poeta recuerda al lector que su vida es puro azar y que tiene fecha de caducidad, como un producto de mercado perecedero.

         La tercera parte del libro tiene como eje la primera persona, un yo que puede ser el de cualquier hombre.

         “Disciplina” nos remite desde el título a esa ley que el poeta se impone en su labor creadora, y a algo más: en la línea de M. D’Ors, los dos versos finales buscan la sorpresa y obligan a una nueva lectura del poema. Desde la atalaya de su habitación, el poeta contempla la dureza de la vida, la triste y dolorosa realidad. Ante esto, su tarea es poner orden en estos datos buscando la armonía, la musicalidad, la perfección, que es la poesía. Frente al dolor y la ira del exterior, la calma y el orden en el interior.

         “Exposición de los hechos” es un poema descriptivo basado en el recurso de la enumeración y en la búsqueda de la sorpresa en el último verso. El transcurrir del tiempo, la belleza de la naturaleza en todas sus formas (captada con todos los sentidos), el amor de su esposa, la ternura de sus hijos son su vida. Y su contrapunto, el acecho permanente e inevitable de la muerte.

         Estos dos poemas anteriores, por sí mismos, bien podrían conformar toda una poética: su preocupación por el sentido y, a veces, el sinsentido de los actos humanos, la exposición y sometimiento de la belleza de cuanto nos rodea (aun lo más aparentemente insignificante) al progresivo e inevitable deterioro a que lo somete el lento transcurrir del tiempo, la certera redención del amor de quienes lo rodean y el desafío angustioso y constante (mirándolo a los ojos) de la muerte.

         Principios, pues, de una estética clásica y existencialista, aun con atisbos de modernidad (en los finales sorpresivos), si bien ya era un rasgo de la literatura epigramática clásica, sin dejar de lado las auto-referencias al quehacer poético del yo poemático.

         En “Lo demás”, la luz que se desprende de los ojos de la amada da sentido a su vida y es, al mismo tiempo, el agua que repara su sed, su ansia de encontrar explicaciones a los porqués de la vida.

         Frente a esa luz que se desprende de los ojos de la amada en el poema anterior y que da sentido a su vida, sólo quedan desorden, caos, abismo, intemperie, una vida sin sentido, sometido a los rigores y dolores del paso del tiempo.

         En “Locus amoenus”, descrito con elementos constantes como agua, gorriones, cielo, álamos, aire, fuente y luz, el poeta se confiesa poseído por una luz altísima que le alumbra esa belleza, la luz del creador, del hacedor de versos, con los que puede detener ese tiempo que le angustia.

         “Oda patética”. Dividida su existencia en dos mitades, observa cómo lo que eran sospechas juveniles se han convertido en certidumbres axiomáticas: la vanidad que envenena al hombre, la belleza esquiva, la soledad que acentúa su angustia vital por el paso del tiempo y la muerte que lo acecha.

         Y, de nuevo, la poesía como redención en “Ejercicios de supervivencia”, donde trata de convencerse de que el acto de escribir es una acto de fe y su manera de sobrevivir a las pesadillas (que almacena en su alma), a las preocupaciones e interrogantes que le llevan a cuestionarse hasta su propia identidad como poeta.

         Confesiones de un saurio (2004), dividido en cuatro secciones (Hoja de servicios, Colección particular, Se admiten sugerencias y Latitud cero), nos orienta la lectura con sendas citas de Luis Cernuda, Octavio Paz, Juan Gelman y Antonio Machado como pretexto. Aun así, no deja de mostrar sus preocupaciones personales constantes en su obra, además de pinceladas de su trayectoria vital y poética. Y sin olvidar la labor poética como redentora.

         Desde sus inicios, se presenta el poeta con su hoja de servicios, unos poemas que documentan la trayectoria vital y profesional, marcada por su preocupación existencial por la machacona presencia o recuerdo de u na muerte segura como destino final, et in Arcadia ego, afirma en uno de sus títulos.

         El recuerdo de los momentos felices borrados por el paso del tiempo es recogido en varios poemas: “La cocina”, “El río” y “La morera”, por ejemplo.

         En “La cocina”, el mundo edénico de la infancia es arrastrado por la corriente del agua funeral del tiempo, que todo lo arrastra. Ahora, las únicas verdades del hombre son la soledad y el silencio, que acompañan al poeta para, en sus versos, rescatar del olvido aquel pasado feliz.

         En “La morera”, el poeta, desdoblado en mendigo (símbolo de muerte en la literatura contemporánea de Cernuda o J. R. Jiménez), refleja su obsesión por la muerte, aquí más estética que corpórea. Los recuerdos felices de la niñez, simbolizados en la morera (con un valor iniciático: inicio de la vida y descubrimiento de la felicidad y el placer sensual), se han convertido en un osario de sombras.

         Frente al pasado -la infancia-, la vuelta a la realidad procura dolor. En “Sonambulismo crónico”, cuando en sus sueños deja paso a la realidad, aparecen la tristeza y la lucha por lograr el sueño apacible.

         Frente a la noche y las sombras, que nos llevan al luto y la tristeza, la luz y el color (con predominio del azul) forman parte del microcosmos de la infancia, de su pasado concreto.

          La vida es analizada y reflexionada: es una contienda hombre-tiempo en “Pugilato”; se desea alejada de imposiciones o dogmas de ningún tipo, con pleno goce de la libertad hasta para adentrarse en el peligro en “Música pastoral”; tiene fuerza destructiva en “La vida”, donde se identifica con la imagen de una mala perra que mastica los huesos del alma del poeta; es objeto de ironía en “Bodegón”, donde la esperanza de inmortalidad depositada en la pintura de un lienzo se ve abatida por la carcoma que devora tanto el lienzo como la mano del pintor; es presa de la muerte que, como una amante ciega, está en cualquier parte esperando (“La muerte”) o es una sucesión de bienvenidas y despedidas en “Escena familiar”.

         El origen y el destino del hombre inquietan al poeta. Y en medio, la vida como un oscuro sendero de sombras. El poeta toma el relevo al saurio, antepasado milenario en los orígenes de la vida, desde el momento en que se despertó en aquél su instinto depredador, devastador, nada civilizado. De aquel atroz reptil sólo quedará, finalmente, el rostro inexpresivo de la nada (“Confesiones de un saurio”).

         “Latitud cero” representa el punto intermedio a partir del cual se regresa al punto de partida. Esa vuelta le permite reconocer la fuerza del olvido, para así aceptar que lo importante es el conocimiento, el encuentro con uno mismo.

         Pero también tiene cabida el contrario, cuya existencia se hará necesaria para realzar la belleza de algo (“Antónimos complementarios”).

         Lo sencillo y simple se eleva a categoría. En una versión original del carpe diem, con un locus amoenus cotidiano, “Ciencias naturales” es una invitación al goce de lo sencillo que nos rodea: No hay épica en la muerte. / Y la vida es tan solo/ este frágil y efímero fluir.

         Malas compañías (2006), estructurado en cinco secciones (Amarga miel del sueño, Malas compañías, La hermosa lumbre, Liquidación de existencias y Rosas amarillas), es una toma de contacto con la realidad inmediata, que despierta en el poeta su sentido crítico, irónico y sarcástico, a veces, recurriendo intencionadamente a un léxico poco habitual en la poesía, más propio del  área de la economía o el comercio; y, al mismo tiempo, un bellísimo y emotivo ejercicio lírico que, unas veces, retoma y recrea con ingenio y delicadeza elementos simbólicos de la tradición poética -el mar, el río, la rosa-; otras, incorpora objetos cotidianos que eleva a la categoría de símbolos, como las gafas, los higos o el árbol, y, en otras ocasiones, juega con expresiones lexicalizadas y comunes a las que asocia una reflexión profunda, como “Agua sin gas”, “En son de paz”, “Dirección asistida” o “Recurso de desamparo”.

         Se atreve el poeta a examinar y valorar su propia labor creadora en un ejercicio de autocrítica y no sin ironía, que le llevará, en “Post scriptum”, a la defensa de que no hay nada original en poesía, pues ya todo ha sido dicho ya antes y mejor. Por otra parte, “Axioma” establece un principio tanto vital como estético: la sencillez y la claridad para la expresión de los sentimientos, los recuerdos y los sueños que pueblan nuestro interior, y que atesoran la vida. Pero la autocrítica más severa se plantea en “Moción de censura”, donde se autocalifica como un vil impostor, y en “Pavana para un infante difunto”, donde sus versos resultan inútiles, pues ya no remedian la muerte de un niño sometido a la enseñanza que atiende al sentido común de lo reglado y establecido como únicamente valioso.

         La muerte, el tiempo, el olvido, la sociedad que basa su desarrollo en la usura o en la agresión a otras vidas, e incluso uno mismo quizá sean esas malas compañías que lacran la existencia.

          La amarga lucha del hombre con el tiempo y la muerte (convertida en un acompañante insolente, de malos hábitos –escupe- en “Malas compañías”) encuentra asideros en los sueños y utopías (“Amarga miel del sueño”, “Que está bien escondida”); en el recuerdo de aquello que se hace perdurable (el olor de la madre en “Exclusiva”); en la esperanza de permanencia y lucha frente a lo perecedero de la vida simbolizada en un simple objeto cotidiano (“Las gafas”); en la invitación a vivir ahorrándonos los suplicios innecesarios que ya el cotidiano vivir nos proporciona como individuos de una sociedad (“Deja de darle vueltas”); en la autocrítica de quien reconoce la estupidez de vivir la vida a medias, con miedos (“Agua sin gas”); en el deseo de vivir y disfrutar de la belleza y el amor de los seres queridos (“En son de paz”); o en la exaltación de la propia capacidad vital del hombre (“La hermosa lumbre”, “La niebla”, “Carne”). Y, sobre todo, en la celebración de la vida y la belleza, simbolizadas con la rosa y la luz (Toma la rosa./ Estrújala sin miedo/ contra la noche./ Y no cierres los ojos / cuando su luz estalle.)

         La poesía de Barat no puede transitar por el mundo sin credenciales clásicas, barrocas y existencialistas. Lo cual no es un impedimento para, en ocasiones, abrir la mano al humanismo renacentista o a una poetización de lo cotidiano y del quehacer poético tan del gusto de corrientes actuales. Existencialista y barroco, en los temas; renacentista, en el equilibrio emocional; contemporáneo en el lenguaje, el juego intertextual y el efecto sorpresivo de los últimos versos, Barat ofrece, en su conjunto, una poética de la existencia donde aúna la experiencia lectora, las preocupaciones humanas y el dominio del lenguaje que, más allá de los símbolos y de una mera actividad verbal, convierte en un espectáculo visual, emotivo y vitalista desde lo simple y cotidiano hasta las sombras y elementos redentores como la palabra, la poesía, el amor y la belleza.

                   La tapia

                  Contra la blanca tapia de la casa

                  aquella tarde el sol

                  lamía con su luz las buganvillas.

                  En la radio sonaba

                  una música dulce de verano

                  y flotaba en el aire

                  el olor de la albahaca. […] (Confesiones de un saurio)

         Bibliografía

–         La coartada del lobo, Lorca, Espartaria, 2000.

–         Como todos ustedes, Alicante, Aguaclara, 1ª edición, 2002.

–         Breve discurso sobre la infelicidad, Soria, Excma. Diputación Provincial de Soria, 2003.

–         Piedra primaria, Gijón, Ateneo Jovellanos, 2004.

–         Confesiones de un saurio, Alicante, Agua Clara, 2005.

–         Malas compañías, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1ª edición, 2006.