VIAJE DE IDA

Revista Conmemoración Mercado Viejo

Ayuntamiento Moncada

2009

UNO

     El día en que Valentín Monrosat se apeó en la estación de ferrocarril de Moncada era un lunes de finales de junio. Bajó solo, con una maleta oscura, y tan pronto como puso los pies en el suelo, miró hacia lo alto y vio una docena de palomas blancas que cruzaba el cielo, moteado de pequeñas nubecillas. Le pareció una hermosa bienvenida, no sólo por la blancura de las aves, sino porque desde niño había oído decir que las palomas eran portadoras de la buena suerte.

     Echó una ojeada sin prisa a su alrededor y contempló, al otro lado de los raíles del tren, la pequeña población de Alfara del Patriarca, sobre cuyos tejados se erguían, majestuosas, las enormes chimeneas de las fábricas de ladrillos.

     Entró en Moncada por la calle de las Barreras, cuyo nombre se debía a las antiguas fortificaciones de defensa, dejó atrás el caserón de los condes de Olocau, dobló por San Roque y no tardó en darse de bruces con la plaza de la Constitución que, por ser día de mercado, hervía de alboroto, y tanto la propia plaza como las callejuelas adyacentes albergaban puestos y tenderetes donde las gentes de Moncada y las poblaciones vecinas vendían y compraban todo tipo de mercaderías.

     La mayoría de los puestos despachaban hortalizas, legumbres y frutas de temporada. Dondequiera que fijase la vista, el visitante contemplaba embalajes de mimbre, sacos de yute o capazos de esparto con verduras. Algunos vendedores se dedicaban al comercio de herramientas agrícolas y ofrecían palustres, romanas, cedazos, hoces y legonas. En las esquinas y las aceras se apostaban numerosos campesinos que acudían a la feria con cabras, cerdos, terneras y aves de corral de todas clases. Por último, estaban los puestos donde se exponían los objetos más diversos, desde vajillas de cerámica y tarros de miel hasta telas y utensilios para la costura o la cocina.

     Valentín avanzó entre el gentío, fascinado por el bullicio, los gritos, el intenso colorido y la mezcolanza de olores. Las risas y las discusiones se superponían a la algarabía de las conversaciones de quienes cerraban un trato, regateaban un precio o intercambiaban saludos. Un campesino de Borbotó le ofreció calabazas, una anciana de Rocafort escapularios de la buena suerte y, un poco más allá, junto a las ocas, los gansos y los patos, cuyo cacareo se extendía hasta el cuartel de la guardia civil, al otro extremo de la calle dels Polls, una niña pelirroja y descarada le quiso vender un pañuelo de seda con la imagen de la Virgen de los Desamparados.

     De repente, oyó una voz cantarina a su espalda.

     -Cómpreme algo, buen hombre.

    Valentín se dio la vuelta y se quedó embobado al ver a la mujer que le había dirigido la palabra. Tendría poco más de veinte años. Era espigada, morena, y en su rostro brillaban dos alegres pupilas azules.

     -¿Me dice a mí?

     -Pues claro.

     Turbado por la inocente frescura de la joven, Valentín desvió los ojos hacia la tabla que, a modo de mostrador, ofrecía sandías, melones, albaricoques, ciruelas y unas frutillas de color verdoso y marrón, que parecían aceitunas.

     -¿Qué son?

     -Jínjoles.

     -¿A qué saben?

     La mujer le dio uno y Valentín se lo puso en la boca.

     -Cuidado con el hueso –advirtió ella sin dejar de sonreír.

     -Están buenos. Póngame unos pocos.

    La mujer lo miró a los ojos y acentuó la sonrisa. Resultaba tan angelical y hermosa que Valentín tuvo que tragar saliva cuando ella le entregó un pequeño cucurucho con un puñado de aquellas frutas.

     -¿Qué le debo?

     -Un real.

     Se alejó entre la gente con la maleta en una mano y los jínjoles en la otra. Cuando llegó a la esquina situada en el ángulo contrario de la plaza, trató de localizar a la muchacha, pero el gentío le impedía divisarla. Se sentó en una silla de anea, bajo el toldo de un hombre que vendía horchata. Pidió un vaso y volvió a contemplar el mercado, cuya agitación le recordó por un instante la que él había visto en ciertos lugares remotos. Apuró el refresco y los jínjoles al mismo tiempo.

     -Perdone –preguntó al horchatero-, ¿sabe usted por dónde queda la alquería de Pons?

     El vendedor señaló con el dedo hacia el otro lado de la plaza.

    -Salga por la calle mayor, en dirección a Valencia, y nada más dejar el pueblo, gire a la derecha por la Polsana. A unos pocos minutos la encontrará usted. No tiene pérdida.

    Valentín dio las gracias y pagó. Antes de abandonar el mercado, volvió a mirar hacia el puesto de la graciosa vendedora y esta vez tuvo más suerte. Un pequeño claro entre el gentío le permitió contemplarla a sus anchas durante unos momentos. Era una mujer realmente bella y, si no fuera un dislate, se atrevería a jurar que la había visto alguna vez en otra parte.

    En aquel momento, un hombre mal encarado se acercó a la vendedora y cruzó con ella unas palabras airadas que Valentín, desde la distancia, no pudo escuchar. Algunas personas se habían apartado del puesto, como asustadas, para no intervenir en la discusión entre la mujer y el extraño personaje. Se trataba de un hombre de unos treinta años, alto, fuerte, agitanado. Gesticulaba mucho y, al parecer, estaba echando en cara algo a la mujer. Valentín se volvió hacia el horchatero.

     -Perdone, buen hombre ¿conoce usted a aquel señor que está allá, en el puesto de la muchacha donde compré las frutas?

      El horchatero no necesitó mirar.

      -Es Pepe el Garrofa. Uno de Vinalesa.

      -¿Y sabe usted qué le sucede?

      El hombre sonrió.

     -Creo que eran novios en otro tiempo. Todos los lunes viene por aquí para montarle el numerito a la pobre criatura. ¿Por qué quiere saberlo?

    -No, por nada. Me ha llamado la atención. Me ha parecido que estaban discutiendo.

       -No me extraña que ella lo abandonara. Lo que no sé es cómo se lo va a quitar de encima. El Garrofa es un tipo rencoroso y violento. Un mal bicho.

       Valentín se encogió de hombros y se despidió del horchatero. Echó a andar con su maleta hacia la calle mayor, pasó ante la casa capitular y la iglesia parroquial, dejó a su izquierda el caserón de los marqueses de Albaida con su opulenta torre y el hermoso palacio de los condes de Rótova, cruzó la acequia de Moncada y salió por fin de la población. Era casi mediodía y ante él se extendía, exuberante, frondosa, la huerta de Moncada, poblada de naranjos, moreras, árboles frutales y campos de verduras.

DOS

     La Alquería de Pons la formaban tres casas, pequeñas y arracimadas a la sombra de una enorme palmera. A su alrededor, cuanto se alcanzaba a contemplar no era otra cosa que una interminable sucesión de sembrados de judías, cebollas, tomates, pimientos y acequias que atravesaban la huerta en todas direcciones.

     Valentín observó el aire humilde de las viviendas. Estaban hechas de adobe y tenían el techo cubierto de paja y cañas, con caída a dos bandas. Habían sido encaladas recientemente, tal vez en los primeros días de aquel mismo verano. Ante las puertas se extendía un diminuto patio de tierra y en varios sitios florecían arbustos con rosas y margaritas. Junto al patio, corría una acequia tupida de malvas, a cuya vera crecían un granado y un peral. Al pie de los árboles, haciendo de frontera entre el patio y la acequia, se alzaba un diminuto pretil de piedra donde dos mujeres vestidas de negro remendaban calcetines. Al ver la indumentaria y los ademanes del recién llegado, dejaron la costura y se pusieron en pie, sabedoras de que los forasteros elegantes solían traer malas noticias.

     -Disculpen –saludó Valentín-. ¿Es ésta la alquería de Pons?

     Las dos mujeres se miraron antes de responder.

     -Sí –dijo una de ellas, la que parecía mayor-. ¿Por quién pregunta?

    Valentín no ignoraba que su aspecto resultaba llamativo para aquellas gentes, por lo que esgrimió una sonrisa que pretendía ser amable.

      -Por la familia de Miguel Ferrer. ¿Cuál es su vivienda?

      -¿Es que pasa algo? –preguntó escamada la más joven.

      -Traigo un mensaje.

      -Es ésa –señaló la primera.

      Sin añadir nada más, Valentín levantó el sombrero en ademán de saludo y se dirigió a la casa que le habían indicado. Las mujeres permanecieron de pie, observando sus movimientos y sin molestarse en disimular su curiosidad.

     El recién llegado llamó a la puerta y al instante apareció ante él una mujer entrada en años, con el pelo oscuro entreverado de canas.

       -¿Es usted la madre de Miguel Ferrer?

       -¿Quién es usted?

        Valentín se quitó el sombrero en señal de respeto.

        -Me llamo Valentín Monrosat y soy amigo de su hijo. Vengo de su parte.

        La mujer se puso rígida.

        -¿Le ha pasado algo a Miguel?

     Valentín fue a decir algo, pero observó por el rabillo del ojo que las dos vecinas se habían acercado a menos de tres pasos y estaban pendientes de la conversación.

        -¿Puedo pasar, por favor?

        -Por supuesto, perdone.

       La vivienda era extremadamente humilde. En un rincón, ardía un fuego con una trébede y una olla que expulsaba un vaporcillo gris.

       -Siéntese un momento. Avisaré a mi marido, que está en el corral.

      Valentín apoyó la maleta en el suelo. Mientras esperaba, aprovechó para observar con detenimiento la casita y advirtió que no había nada donde poner los ojos que no denotara una profunda pobreza. Al fondo de la estancia principal, se abría un orificio estrecho y tapado por una cortinilla de tiras de tela que hacía de puerta y comunicaba con el corral. Se oía el cacareo de las gallinas y el mugido de una vaca. Al momento, se abrió la cortinilla y entraron la mujer y el marido, que andaba un poco encorvado. Tenía el rostro quemado por el sol y cubierto de arrugas. Vestía una blusa negra, unos pantalones de paño y unas alpargatas de cáñamo y cubría su cabeza con un pañuelo que se quitó al ver al forastero.

        -Buenos días –saludó el anciano tendiendo la mano.

        Valentín se puso de pie y estrechó la mano que le tendían.

        -Acabo de llegar de Cuba y traigo noticias de su hijo, Miguel.

        -¡Miguel! –exclamó sobresaltado el hombre- ¿Cómo está mi hijo?

      Valentín había preparado la respuesta miles de veces. Desde que embarcó en La Habana, hacía ya casi tres meses, no había día en que no se repitiera las frases que había elegido para decir lo que unos padres nunca quieren oír. Y, ahora, cuando se encontraba por fin ante aquellos pobres desdichados que le suplicaban con los ojos, desvalidos y tristes, una noticia sobre su hijo, no encontraba ni una sola palabra útil a su alcance. Finalmente, extrajo la carta y la medalla de Santa Bárbara y las puso sobre la mesa.

       -Lo siento –dijo mirando hacia el suelo.

       La mujer se derrumbó sobre una silla y comenzó a llorar y a dar gritos. El hombre se sentó y se cogió la cabeza con las manos, como si pretendiese no escuchar el lamento de su esposa. En ese momento llamaron a la puerta.

     -¡Amparo! ¡Luis!

     Eran las voces de las dos vecinas, que habían estado escuchando detrás de la puerta y se habían alarmado al oír los gritos.

     Ni Amparo ni Luis hicieron nada por atender aquella llamada, por lo que fue el propio Valentín el que, sin pedir permiso, se acercó hasta la puerta y franqueó el paso de las dos mujeres.

      -¿Qué ha ocurrido? –preguntó alarmada la más alta de las dos.

      Valentín se sentía aturdido.

      -Lo siento de veras –acertó a decir-. Yo era amigo de Miguel…

      El padre levantó la mirada y contempló a Valentín con detenimiento. Sus ojos revelaban una pena sin horizontes.

      -Siéntese, buen hombre –suplicó.

     Valentín obedeció. Las dos vecinas se habían sentado junto a Amparo y trataban de consolarla como podían.

       -¿Qué le pasó a Miguel? –preguntó con la voz quebrada el padre.

   -Fiebre amarilla –precisó Valentín-. Era una enfermedad que estaba prácticamente erradicada a nuestra llegada a la isla.

      -Elvira –dijo el padre de Miguel a una de las vecinas-. Manda aviso a Anita para que venga del mercado y haz el favor de no espantarla.

TRES

Nadie volvió a hablar durante el tiempo que estuvieron esperando la llegada de la hija. La anciana no dejaba de sollozar entre los brazos de la vecina, que mezclaba padrenuestros con expresiones de ánimo y resignación. El padre se levantó en silencio, dio unos pasos sin rumbo por la casa, salió al patio y se sentó en el pretil de la acequia, a la sombra del peral, sin dejar de fumar y con la mirada clavada obsesivamente en el suelo. Valentín seguía sentado sin saber qué hacer. Contemplaba la mesa vacía, como si contemplara los despojos de una batalla perdida, y deseando que alguien le preguntara algo o que apareciera la hija por la puerta pidiéndole explicaciones.

      No tuvo que esperar mucho. A los pocos minutos, ante su asombro, apareció por la puerta la muchacha de los ojos azules que le había vendido los jínjoles. Venía sofocada y tras ella, a unos pasos, la seguía la vecina, también acalorada. Se notaba que ambas habían venido corriendo y que la tal Elvira no había sabido morderse la lengua.

      -¡Usted! –dijo Ana por todo saludo.

     Valentín se había puesto en pie nada más ver llegar a la muchacha, como impelido por un resorte. La madre acentuó su llanto y la hija se puso de rodillas, abrazándose a ella. Luego, se irguió y, tras secarse los ojos con el dorso de la mano, clavó su mirada azul en el forastero.

     -¿Qué le ha pasado a Miguel?

     Valentín tragó saliva antes de responder. Sentía la boca amarga y seca.

    -Mi nombre es Valentín. Ambos éramos muy amigos. Más que amigos, nos considerábamos hermanos.

     Alcanzó el pliego que él mismo había depositado sobre la mesa y se lo entregó a la muchacha.

        -Tenga. Son sus últimas palabras.

        Ana tomó el sobre que le tendía el visitante, lo abrió, desplegó el papel y leyó en voz alta.

          Queridos padres y hermana:

         El hombre que os lleva esta carta es un hermano para mí. Os ruego que le tratéis como si fuera uno más de la familia. Yo entrego mi alma a Dios con la tristeza de no volver a veros nunca más. No sufráis por mí, porque algún día volveremos a vernos en el cielo. Muero sin haber conseguido mi último sueño: regresar a mi tierra, junto a vosotros, como os prometí al partir en busca de fortuna. Todo lo que he conseguido, os lo hará llegar este hombre bueno llamado Valentín, a quien afortunadamente la providencia puso en mi camino. Ambos hemos trabajado y luchado juntos para salir adelante. Queredle, como me queríais a mí, y confiad en él. Que Dios os guarde. Rezad por mí. Os quiere,

 

                                                                                        Miguel Ferrer

                                                                         Playa del Escorpión, Cuba,

                                                                        14 de marzo de 1919

 

     Después de leer las palabras de Miguel, Ana se dejó caer en una silla y rompió a llorar. Una de las vecinas salió al patio, se metió en su casa y regresó al momento con una olla de tila. Llenó varios vasos sin preguntar a nadie y los repartió entre las mujeres, que bebieron en silencio, mientras sollozaban.

      Valentín abrió la maleta y extrajo un pequeño paquete, que alargó al padre de su amigo.

       -Tome. Es para usted.

     El hombre levantó los ojos, cuajados de lágrimas secas, y preguntó sin palabras, pero Valentín no añadió nada. Se limitó a asentir con una tímida sonrisa. El anciano alargó la mano y tomó el sobre, dudó sobre qué hacer con él y finalmente se lo entregó a su hija.

        -¿Qué es? –preguntó Ana.

        -Sus pertenencias.

      La muchacha abrió el paquete que venía atado con un cordel. Dentro había una bolsa de tafilete y un sobre grande de color marrón. Todas las mujeres habían abandonado el llanto y contemplaban la escena con atención. Ana tomó la talega, que sería del tamaño de una bota de vino, y deshizo el lazo con cautela. Metió la mano y, al punto, sacó asustada un puñado de billetes

      -¡Dios mío! –exclamó.

     Vació la bolsa sobre la mesa. Allí había muchos billetes, de diferentes colores y tamaños. Todos juntos formaban una pequeña fortuna.

      -¿Qué significa esto? –preguntó Ana incrédula.

     Valentín se había convertido, de repente, en el centro de todas las miradas. Los padres, consternados por la noticia de la muerte del hijo, no habían sabido reaccionar, pero las dos vecinas se habían acercado hasta la mesa para contemplar, anonadadas, aquel enorme capital que había surgido de la pequeña bolsa como del sombrero de un prestidigitador.

     -Este dinero les pertenece. Era de Miguel.

      Ana no salía de su asombro.

     -¿Cuánto hay?

     -Veinte mil pesetas.

     -¡Dios mío! –gritó alarmada la vecina llamada Elvira- ¡Es una fortuna!

    -En efecto –afirmó Valentín-. Es una pequeña fortuna. Miguel cumplió uno de sus sueños: triunfar en América. Lamentablemente, nunca cumplirá el segundo.

    -¿Y esto qué es? –volvió a preguntar la hermana, en alusión al sobre marrón.

    -Ábralo. Se lo ruego.

   Ana rasgó el sobre con cuidado y extrajo unos documentos de color crema que llevaban un extraño sello en la parte superior. Leyó con estupor el encabezamiento del primer folio.

   -¡Escritura de propiedad! –gritó alzando los ojos hasta fijarlos en el visitante- ¿No será una broma?

    Valentín sonrió.

    -En absoluto. Su hermano y yo somos copropietarios de una gran hacienda al norte de Cuba, a unos ciento cincuenta kilómetros al este de La Habana, en un pueblecito llamado La Macagua, orientado hacia el Golfo de Méjico. La mitad de todo eso ahora les pertenece a ustedes.

    Las palabras de Valentín causaron en el sencillo corazón de aquellas gentes el mismo efecto que un terremoto.

   -¡Miguel! –gritó de repente la madre, echándose a llorar-. ¡Hijo mío, que ya nunca te veré!

  Ana se abrazó a su madre y las dos mujeres se abandonaron a sus sentimientos. El padre despidió a las vecinas y los hombres se sentaron y permanecieron callados un buen rato, hasta que Valentín sacó la picadura de tabaco y el papel.

­     -¿Usted quiere?

      -Gracias.

CUATRO

    La noticia de la muerte del hijo emigrante y la repentina fortuna de la familia corrieron como la pólvora por las calles de Moncada, los caminos y los pueblos de la comarca. Numerosos amigos visitaron la alquería de Pons aquella tarde y los días siguientes para dar el pésame por el fallecimiento de Miguel en tierras del Caribe y conocer los pormenores del extraordinario suceso.

   Valentín se había instalado en una fonda de la calle Romero, cerca del Mercado, y visitaba la alquería todos los días para atender a los padres del amigo en sus tareas campesinas, orientarlos en su nueva situación y contarles cosas sobre Miguel. Luis y Amparo no tardaron en tomarle cariño porque veían en él la imagen del hijo perdido. Valentín les narró durante aquellos primeros días cómo se habían conocido los dos amigos seis años atrás. Ambos habían coincidido en el barco de la Compañía Transatlántica que hacía el trayecto entre España y las Antillas.

    -Yo nací en Barcelona, donde vivía con mi padre y mi hermano. Mi madre murió al darme a luz. Éramos obreros de una fábrica textil. Y ya sabrán ustedes cómo estaban las cosas en España y sobre todo en Cataluña por aquella época. A mi hermano lo enrolaron a la fuerza en las tropas de reservistas para combatir en África. Pero aquello degeneró en una carnicería y muchos, como mi hermano, no regresaron nunca de Marruecos. No hace falta que les recuerde lo que pasó en el Barranco del Lobo. Mi padre era anarquista y estaba afiliado a Solidaridad Obrera. Lo de mi hermano acabó de encender en él la chispa revolucionaria y al comenzar las huelgas y los disturbios en Barcelona fue de los más implicados. Cuando el ejército consiguió controlar la situación, la represión fue durísima. A los cabecillas los ejecutaron en Montjuic. Mi padre se salvó por los pelos, pero no pudo evitar que lo condenaran a perpetua, como a muchos otros de sus compañeros. Yo tenía diecinueve años y no pensaba más que en abandonar España y emigrar a Cuba o Santo Domingo para hacer dinero. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sabía que antes o después me llamarían para ir a la guerra de Marruecos y si me quedaba en Barcelona la situación no estaba mucho mejor.

    Amparo se levantó en silencio, para no interrumpir la narración, se acercó hasta el fuego y regresó al instante con el perol de arroz con acelgas y caracoles, que sirvió en los platos. Ana acercó el botijo de agua y una botella de vino, que tenía un pedacito de caña, a modo de pitón.

    -Miguel y yo, como les decía, nos conocimos en el barco. Todavía recuerdo lo mal que lo pasamos. No teníamos camarotes. Nos habían alojado a todos en los entrepuentes de las bodegas, hacinados en literas metálicas, unos sobre otros, como el ganado que va al matadero. No teníamos ningún tipo de intimidad. Los piojos y las pulgas pasaban de unos a otros y el hedor de los cuerpos sudorosos y sucios resultaba insoportable. Un día de aquellos, lo recuerdo como si fuera ayer, se nos murió uno de los pasajeros, pero había tanta gente y tanto desorden, que nadie se dio cuenta hasta que el muerto comenzó a oler a podrido. Durante los dos primeros años, Miguel y yo trabajamos en todo lo que se nos presentaba. Recolectamos café y cacao en Camagüey, cortamos caña en los valles de Cienfuegos, buceamos en las playas de Batabanó, buscando perlas, e, incluso, nos dedicamos a desvalijar a los norteamericanos en los garitos de Guantánamo, con los dados, a los que son muy aficionados. Cierto día conocimos a un catalán llamado Rafael, que había combatido como soldado en la guerra del 98 contra los norteamericanos. Casualmente, conocía a mi padre. Se había casado con una mulata mucho más joven que él, por lo que en vez de regresar a España después de la gran derrota, y tal como estaban las cosas aquí, decidió quedarse en Cuba y hacer prosperar una plantación en la zona oeste de la isla con el cultivo de las bananas, contratando españoles desesperados que llegaban por casualidad hasta sus tierras.

     -Como vosotros –dijo Ana.

     -Así es. Como nosotros. Comenzamos a trabajar con Rafael y no tardamos en ganarnos su confianza. A los dos meses ya nos había nombrado capataces. Un buen día, la mulata lo abandonó y Rafael, que no tenía hijos ni ganas de volver a España, se pegó un tiro con la escopeta. En su testamento, nos nombraba a Miguel y a mí propietarios de su hacienda, a partes iguales. Vivimos entonces una buena época. Ganamos mucho dinero, compramos más tierras y aumentamos la producción. Hasta que un buen día, Miguel comenzó a sufrir extraños mareos. Poco después, aparecieron las hemorragias y los vómitos negros, y su piel morena y cuarteada por el sol se le fue volviendo blanda y amarilla. Cuando enterré a Miguel, supe que mis días en Cuba habían acabado.

   Amparo y Anita recogieron los platos de la comida y limpiaron la mesa, mientras los hombres enrollaban sendos cigarros. Al encender la yesca, Valentín descubrió la mirada ardiente de Ana clavada en la suya y se sintió turbado. Le pareció que los ojos de la muchacha brillaban como dos ascuas azules.

CINCO

     Algunas tardes, Valentín se dedicaba a dar largos paseos en solitario. Recorría las huertas pobladas de frutales y campos de hortalizas o se acercaba hasta el Tos Pelat, un cabezo que muchos siglos atrás había sido una acrópolis ibérica, y contemplaba extasiado el inmenso valle valenciano, desde la sierra Calderona hasta la Corberana. Aquellas tierras altas y de secano estaban llenas de algarrobos, olivos y viñedos. En algunos lugares se veían canteras de piedra sillar y hornos de cal donde trabajaban muchos lugareños. El olor del romero y las retamas embalsamaba el aire. En ocasiones, bajaba por los caminos por los que transitaban los carreteros que iban a Murviedro, Bétera o Portaceli o cruzaba las lomas, veteadas de aliagas, buscando el barranco del Carraixet para ver los patos y las garzas y entraba en la población por la parte de las yeserías, la fábrica de azulejos o la de hilados de seda, donde muchísimas mujeres de Moncada elaboraban los mejores tisúes y los más extraordinarios damascos de toda Valencia.

      De vez en cuando, Ana acompañaba a Valentín en sus paseos. Una mañana de domingo visitaron la ermita de Santa Bárbara, donde todos los años, a principios de diciembre, se celebraba la famosa fiesta del Porrat.

      -Te sorprenderías si algún año vieras la romería.

      -¿Por qué?

     -Es una fiesta especial. El año que yo tomé la comunión, por ejemplo, fue inolvidable. Se juntaron en esta explanada más de veinte mil personas.

       -Te lo estás inventando para impresionarme –bromeó Valentín.

      -No haría eso nunca, ya lo sabes –rió ella.

      -¿Y de dónde viene tanta gente?

     -Pues de dónde va a ser, de todas partes. Había banderas, estandartes y coros de poblaciones tan alejadas como Liria o Torrente. Hay quien dice que ese año acudieron unos cien sacerdotes a la feria.

     -Pero si Moncada apenas tendrá unos cinco mil habitantes…

     -Ya te digo que es una romería muy importante.

   Ella aprovechaba cualquier ocasión que le brindaba la casualidad para explicarle cosas que había leído o escuchado sobre Moncada. Gracias a ella, por ejemplo, pudo saber Valentín que el Casino Musical había sido construido sobre un antiguo cementerio de apestados. Y que el mismo cementerio de apestados, precisamente, había sido edificado sobre lo que debería haber sido un santuario a la Virgen de los Desamparados, erigido por obra y gracia de la marquesa de Almunia, cuya mansión blasonada permanecía cerrada desde hacía mucho tiempo.

     -En otra época, Moncada fue residencia de gentes ricas de Valencia –comentaba graciosamente Ana una tarde-. Pero, desde hace tiempo, los nobles prefieren Rocafort, Godella o Bétera para sus ocios.

       -¿Y el mercado?

       -¿Qué le pasa al mercado?

       -Es una edificación espléndida. Y parece bastante nueva.

     -Lo inauguraron hace diez o doce años, ya no me acuerdo. Pero tienes razón. Es una construcción de la que todos los habitantes de Moncada nos sentimos orgullosos.

    Valentín había advertido que la mayoría de la gente de Moncada era analfabeta y apenas sabía deletrear su nombre. Ana, sin embargo, poseía una curiosidad natural fuera de lo común. Había aprendido a leer y escribir por su cuenta, y guardaba en su casa libros de mártires, historia, teatro y una enciclopedia básica con la que había aprendido a distinguir los cartagineses de los romanos y a situar el mar Egeo en el mapa.

    -Mira ese caserón –señaló Valentín-. Es uno de los más llamativos. Sus dueños, desde luego, no creo que trabajen en las canteras.

      -Es el Hort de Blanes –informó ella. Parece ser que uno de sus antepasados, un tal Alejandro, trajo a principios del XVI una reliquia de Santa Bárbara de Roma.

     Se habían sentado a la sombra de un pino, junto a la Real Acequia de Moncada, a la entrada de la ciudad. El palacio de los condes de Rótova se erguía espléndido frente a ellos.

        -Se trataba de un hueso de la mano de la santa –añadió.

     -¡Vaya! –exclamó Valentín-. No me digas más. Imagino que eso fue el principio del arraigo de la devoción por la santa en la ciudad.

      -Exacto. Gracias al hueso, Moncada se libró de una buena tormenta de pedrisco y hielo que arrasó las cosechas de los pueblos vecinos. Por ello se construyó la ermita a la santa. Lo que no entiendo muy bien es por qué se edificó el santuario en esa loma precisamente.

        -No comprendo –apuntó Valentín-. La loma está junto a la ciudad. Y que yo sepa, todos los santuarios están construidos en lugares altos, cerros, montes o lomas, qué más da.

       -No, si no es por eso –replicó ella con gracia-. Lo que no entiendo es que se edificara sobre una antigua ermita que había allí, y que estaba consagrada a San Ponce.

       -¿A qué te refieres?

     -Es muy sencillo –rió Ana alegremente-. Me pregunto qué pensará San Ponce de todo esto. A fin de cuentas, por culpa de Santa Bárbara, él se ha quedado en la calle.

        Valentín no pudo evitar la carcajada.

      Junto a ellos discurría el camino de Valencia, por donde no paraban de pasar carreteros de Benifaraig, Borbotó, Masarrochos o Carpesa, que iban o regresaban con los carros cargados hasta los topes, lanzando juramentos y restallando las correas sobre las ancas de los percherones.

    El sol de la tarde había comenzando a declinar lentamente, como un melocotón de fuego, y teñía el aire de un color amarillo. Se levantaron y, en silencio, sintiéndose extrañamente felices, se encaminaron hacia la alquería.

SEIS

El último sábado de julio, Valentín y Luis se acercaron a Ca Poma, una venta que abría sus puertas a la Plaza de la Cruz de Quintana, el punto donde se disolvía la Calle Mayor en dirección al cementerio. Allí se vendían aceitunas, embutidos, vino a granel y limonadas, y los hombres solían juntarse para hablar de cosechas, cerrar tratos, jugar a la baraja y emborracharse.

   Luis Ferrer y Valentín habían decidido que lo mejor sería cerrar la alquería y embarcar rumbo a Cuba para visitar la tumba de Miguel y hacerse cargo de la hacienda.

  -Una vez conozcáis aquello, podréis elegir lo mejor: quedaros en Cuba o vender vuestra parte de la plantación y regresar a Moncada.

   Pidieron vino. A su alrededor, los parroquianos gritaban y reían. Algunos maldecían o blasfemaban por cuestiones de juego. El humo de los cigarros y los puros caliqueños formaba nubes de neblina y un olor de vino fermentado y peleón impregnaba el aire como una costra de vapor.

     -¡Eh, Luis! –gritó alguien.

     Era el Garrofa.

    Luis no se volvió. Conocía la voz de Pepe el Garrofa y sabía que cada vez que bebía tres vasos de vino terminaba armando una buena bronca.

     Valentín se había puesto en tensión porque reconoció al individuo. Aquel era el tipo que él había visto el primer día que llegó a Moncada, en el mercado. El antiguo novio de Ana. No era necesario ser muy espabilado para darse cuenta de que estaba bebido y buscaba pelea.

     -Creo que será mejor que nos vayamos –apremió Luis.

   Apuraron el vaso de un golpe, pero apenas lo habían dejado sobre el mostrador, el Garrofa se les había plantado encima.

      -¿Es que estás sordo? ¡Te estoy saludando!

    El Garrofa era medio palmo más alto que Valentín. Tenía los hombros cuadrados y parecía fuerte como un toro. Los ojos le brillaban por el exceso de alcohol. El pelo negro, ensortijado, y el color cetrino de su piel delataban su origen gitano.

       -¿No me vas a presentar al novio de tu hija?

       -¿Qué quieres, Pepe? –preguntó Luis, tratando de mantener la calma.

      -¿Qué quiero? –el Garrofa dio un bufido-. Te diré lo que quiero. Quiero que le digas a la zorra de tu hija que si quiere un hombre de verdad me tiene a mí a su disposición, no a este cubano de mierda.

      El silencio que se hizo en el local tras aquellas palabras fue absoluto. Valentín tomó del brazo a Luis, que temblaba como una hoja, y lo apartó a un lado. Luego, con absoluta naturalidad, se encaró con el Garrofa, mirándolo fríamente a los ojos.

         -En primer lugar le diré que no soy cubano, sino español –dijo Valentín con voz firme-. En segundo lugar le diré que debería darse una ducha, porque huele peor que los cerdos. Y en tercer lugar le diré que su comentario sobre la hija de Luis Ferrer, además de errado, es impropio de un caballero, aunque dudo que usted entienda lo que quiero decirle. Exijo, por tanto, que se retracte ahora mismo de sus palabras.

        Los más de treinta parroquianos que abarrotaban el local permanecían en completo silencio, atentos a la escena. Las cartas reposaban sobre el tapete, los vasos encima del mostrador, los cigarros en los ceniceros. Hasta las moscas parecían haber detenido el vuelo para presenciar el inevitable enfrentamiento.

     El Garrofa, que se había quedado durante unos segundos sin reaccionar, comenzó a reír a carcajadas. Lanzó un escupitajo al suelo y trató de coger al forastero por las solapas para levantarlo en el aire, pero apenas le puso los dedos en la chaqueta, ya se había arrepentido de su acción. Valentín, rápido como una centella, se zafó de las manazas del Garrofa con un movimiento sorprendente de su izquierda y, sin apenas transición, le largó un derechazo al estómago que le hizo doblarse y boquear como un besugo fuera del agua. Antes de que se recuperara, Valentín lo agarró del pelo con la izquierda, tiró de él hacia arriba, hasta ponerlo derecho, y volvió a largarle otro derechazo al estómago que hizo que el Garrofa se viniera al suelo junto con un par de sillas, una de las cuales se hizo añicos.

     La gente contemplaba boquiabierta el espectáculo. Nunca se había visto nada igual en Moncada.

     -Cóbrese y quédese con el cambio –dijo Valentín al camarero, poniendo unas monedas sobre el mostrador.

     Pero apenas se dio la vuelta, se encontró con el Garrofa de pie, a cuatro pasos de él, apuntándole con una navaja enorme. La borrachera se le había evaporado de repente y los ojos ahora le brillaban, no ebrios de alcohol sino de odio.

   -Me cago en tus muertos, cubano de los cojones. Juro que te voy a descuartizar como a un puerco y que voy a hacer morcillas con tus tripas.

      Nadie se atrevió a meterse por el medio. La gente conocía al Garrofa y sabía que, con la dignidad humillada, no respetaría a nada ni a nadie.

     Valentín hubiera deseado desaparecer antes de que las cosas se pusieran tan feas, pero no podía escapar porque el Garrofa le tapaba la salida. Echó un vistazo rápido a su alrededor y no halló más que unas botellas de vino sobre el mostrador y algunos vasos dispersos. Sin pensárselo dos veces, cogió una de las botellas por el cuello y dándole un golpe certero sobre el filo de una mesa, rompió el cristal e improvisó un instrumento de varios filos con el que defenderse.

     El Garrofa, herido en su orgullo y convencido de la superioridad manifiesta de su arma, se lanzó igual que un toro sobre el rival, largando rebanadas al aire y tirando mesas y sillas al suelo, pero Valentín lo esquivaba sin aparente esfuerzo, lo que encolerizaba aún más al Garrofa. En uno de los embates, Valentín tropezó con una de las sillas y cayó. El gigante vio llegado el momento de despachar el asunto y se abalanzó como un torero que va a dar la estocada final. Valentín reaccionó con una agilidad extraordinaria, dio un brinco y esquivó el golpe, al mismo tiempo que le clavaba los filos de la botella en el cuello.

SIETE

     Cuando llegaron el alguacil, el sereno, el médico y el sargento de la guardia civil con varios agentes, el Garrofa yacía sin vida sobre un charco de sangre. Tenía los ojos abiertos, como los de un becerro espantado, y el cuello destrozado por los cristales de la botella y lleno de cuajarones negros.

     La noticia corrió por la ciudad con la celeridad de un rayo, de tal manera que, a los pocos minutos, más de media población se había congregado a la puerta del local y en las inmediaciones. Muchos vecinos se habían apostado en la Plaza de la Cruz de Quintana y en el arranque de la Calle Mayor para enterarse de lo sucedido y presenciar el desenlace de los acontecimientos.

    Valentín estaba esperando a los agentes del orden en la puerta. Antes de que preguntaran nada se cuadró ante ellos sin miedo alguno.

   -Fue en defensa propia –argumentó-. Cualquiera de los presentes podrá atestiguarlo.

   Valentín, Luis, el tabernero y algunos testigos voluntarios fueron conducidos por las autoridades hasta la Casa Consistorial, un edificio de nueva construcción con dos plantas, que se levantaba frente a la iglesia parroquial de Santiago Apóstol. En la parte inferior se encontraban la cárcel, el calabozo y un cuarto pequeño para interrogatorios y declaraciones. La escalera que conducía al piso de arriba desembocaba en una antesala que comunicaba con los despachos del alcalde y el alguacil y con el salón para las sesiones municipales.

    A pesar de su aparente docilidad, los guardias civiles habían esposado a Valentín. El sargento interrogó a todos los testigos sin demasiado entusiasmo y mandó tomar nota de sus declaraciones. Cuando le tocó el turno a Valentín eran casi las tres de la madrugada.

    El cuartucho era pequeño, mal ventilado y pobremente iluminado por una bombilla que colgaba sin pantalla en el centro del habitáculo. Un escribiente tomaba nota de lo que allí se decía sobre una basta mesa de nogal.

     -Sabrá usted que se ha metido en un buen lío –comenzó diciendo el sargento.

     -Lo supongo. Pero le habrán dicho que yo no hice otra cosa que defenderme.

      -Sí. Eso ya lo he oído.

      -¿Qué me sucederá?

     -Eso dependerá del juez. Ahora mismo, le tomaré declaración y se quedará aquí, en el calabozo, hasta que se celebre el juicio. Supongo que en una semana habrá acabado todo. Pero en estos casos nunca se sabe.

       Valentín asintió en silencio.

    -Le diré una cosa –añadió el sargento-. Creo que va a tener suerte. En realidad, tendrían que condecorarle.

       -¿Por qué dice eso?

       -¿Conocía al Garrofa?

       -Sólo lo había visto una vez, pero jamás había cruzado una palabra con él.

      -Pues quizás debería saber que se ha enfrentado usted a uno de los tipos más violentos de toda la comarca. Y posiblemente el más temido.

        -Puede ser.

        -Y tanto.

       El sargento era un hombre de mediana edad, un poco obeso, con ojos de lechuza y bigote frondoso, que empezaba a dar muestras de una alopecia galopante.

       -El Garrofa era un habitual de estas dependencias –informó-. No había mes que no estuviera metido en alguna bronca. Algunas mujeres de esta población son viudas gracias a él. Así que ya me dirá.

       Valentín recordó, de pronto, las palabras del horchatero.

       -He oído decir que el Garrofa y Ana fueron novios.

       -¿Ana? ¿La hija de Luis Ferrer?

       Valentín afirmó con un gesto.

     -Puede ser –comentó el guardia civil-. Ya habrá visto que el Garrofa tenía buena planta. Le gustaban las hembras tanto como las pendencias y la muchacha a la que usted se refiere es una de las más hermosas de toda la huerta. Usted disculpe por la franqueza, pero eso lo ve hasta un ciego. No creo que haya muchas mujeres de esta comarca que no hayan sido asediadas por él, y algunas, incluso, casadas, porque el Garrofa no respetaba nada.

     Uno de los guardias entró con una cazuela de café, un azucarero y varios vasos. El sargento y sus hombres bebieron mientras hacían comentarios sobre el asunto del Garrofa y las instrucciones que se estaban llevando a cabo.

     -Lo siento –se lamentó el sargento-. No podemos darle café. Está prohibido por las ordenanzas.

     Valentín empezaba a sentirse cansado. La verdad era que un trago caliente le hubiera venido bien, pero no replicó nada.

    -Creo que debo avisarle de algo importante –señaló de pronto el sargento-. El Garrofa tenía tres hermanos, tan perdularios como él, y no creo que se queden de brazos cruzados, así que, si sale bien del juicio, le recomiendo que desaparezca cuanto antes.

     -Lo tendré en cuenta.

     -Dice usted que ha venido a Moncada procedente de Cuba.

     -Sí.

     -Pues ya sabe.

    El escribiente tomó nota de sus datos personales y, un poco después de las cuatro, Valentín fue conducido al calabozo, un cuarto húmedo, peor ventilado aún que el anterior, sin ningún tipo de iluminación y sin un mal jergón donde echarse a dormir.

      -¿Pueden darme una manta? –preguntó al guardia.

      -Lo siento. No tenemos permiso.

      En ese instante comenzó a llover. Por el diminuto ventanuco, que daba a un patio de la parte de atrás del ayuntamiento, entraban algunas gotas de agua. El cielo estaba oscuro como boca de lobo. De repente, una claridad fantasmagórica cruzó la noche y al instante se oyó el fragor de un trueno. Valentín se encogió sobre sí mismo en un rincón, como un feto, y cerró los ojos. En su cerebro se superponían, unas sobre otras, las imágenes de los últimos acontecimientos. Y sobre todas ellas, resplandeciente de luz, aparecía el rostro de Ana Ferrer, con sus ojos azules y su inocente sonrisa.

      Cuando vino a dormirse, estaba amaneciendo.

OCHO

     El juicio se celebró rápidamente y, gracias a las declaraciones de los testigos, Valentín fue puesto en libertad sin cargos. Los padres de Miguel acordaron que había llegado el momento de hacer las maletas y abandonar Moncada.

    Cerraron la alquería y se despidieron de los familiares y los amigos. La tristeza que sentían en sus corazones por dejar la tierra y las gentes amadas se veía contrastada por la ilusión de comenzar una nueva vida.

    Por fin llegó el día. Era el once de agosto. El navío en el que se embarcaron para hacer la travesía del Atlántico se llamaba Valbanera y era un buque de la Compañía naviera Pinillos, que se dedicaba fundamentalmente al transporte de emigrantes en la ruta hacia las Antillas.

    A primera hora de la mañana, el buque atracó en el puerto de Valencia, procedente de Barcelona. Luis y Amparo sentían algo parecido al vértigo. Lo dejaban todo, pero les consolaba la idea de visitar la tumba de Miguel y conocer la tierra donde su hijo había conseguido hacer fortuna. Ana sufría de insomnio desde que había ocurrido el desgraciado incidente del Garrofa y los más disparatados presentimientos rondaban por su cabeza, como aves oscuras.

      Entre la gran cantidad de viajeros que subían al barco, reconocieron con alegría a otros seis pasajeros de Moncada. Labradores pobres a quienes la desesperación obligaba a emigrar, dejando algunos de ellos mujer e hijos. Las noticias sobre la prosperidad que conseguían algunos como Miguel despertaban el deseo en muchos españoles de atravesar el océano y buscar un porvenir más halagüeño. En España, la terrible represión sobre campesinos y obreros, tras las últimas movilizaciones huelguistas, y la guerra de Marruecos no tenían trazas de acabar nunca. Para colmo, la gripe española y la Gran Guerra Europea habían convertido el continente en un vasto cementerio.

        A media tarde, el Valbanera largó amarras. El contramaestre, situado en el castillo de proa, movió el molinete para virar el ancla de babor y el buque, lanzando grandes chorros de vapor por la chimenea, comenzó a despegarse lentamente del muelle, ante la atenta mirada del capitán, que dirigía la maniobra desde el puente de mando. Era un barco con capacidad para 1.200 pasajeros, de aspecto hermoso y elegante, con la roda recta, la popa de espejo, dos palos con caída suave a la parte de popa y una chimenea negra en candela. Disponía de un magnífico armazón en la parte central del navío y en él se hallaba la cámara de primera clase y el puente de gobierno. Los camarotes de lujo se encontraban en la cubierta de botes, bajo el puente, los de clase preferente se ubicaban en la cubierta de paseo, junto a los comedores, y los de primera clase en la cubierta principal. Luego estaban los camarotes de segunda y tercera clase que se diferenciaban, sobre todo, en el número de pasajeros que albergaban.

      Desde la popa, Ana y Valentín contemplaron Valencia al atardecer, mientras el Valbanera se adentraba más y más en el mar, alejándose de la costa. Una lágrima resbalaba por la mejilla de la muchacha.

     -¿Por qué lloras?

   -No sé –respondió Ana-. Tengo la impresión de que nunca volveré a ver Valencia.

      Valentín le acarició la mano con ternura.

    -No digas eso. Volverás cuando quieras. Y no como una pobre campesina, sino como una reina.

      Ella sonrió.

      -Dios te oiga.

     Cientos de gaviotas volaban sobre el barco, haciendo mil piruetas en el aire. El puerto y la ciudad iban difuminándose en la distancia y pronto Valencia no fue más que un punto diminuto en la lejanía. Poco después, la costa había sido devorada completamente por el horizonte. El mar azul, inmenso, los rodeaba por todas partes, como un desierto de agua.

     El Valbanera puso rumbo sur y al día siguiente atracó en el puerto de Málaga, donde permaneció un día, para cargar más pasajeros y llenar las bodegas de vino, conservas y frutos secos. De Málaga se dirigió a Cádiz y de allí a Canarias, donde permaneció varios días.

      El 21 de agosto, el barco abandonó Santa Cruz de La Palma, último puerto español de la travesía, con una sobrecarga alarmante de pasajeros que provocó altercados en el alojamiento y los servicios del comedor. El hacinamiento hizo que algunos prefieran dormir al raso, sobre la cubierta, tirados sobre mantas o acurrucándose unos sobre otros en los botes salvavidas.

     Los días y las noches en alta mar se sucedían con una lentitud exasperante. Para matar el tiempo, Valentín les contaba mil y una historias de América. Describía minuciosamente la tierra que iban a conocer, explicaba cuáles eran las costumbres y comentaba cómo se llamaban las plantas y los animales. Su conversación, salpicada de anécdotas y lances, resultaba amena y despertaba la imaginación de sus amigos, en especial la de Luis y Amparo, que jamás habían conocido otros lugares que no fueran Moncada y sus alrededores.

       Pronto comenzaron a circular rumores sobre el Valbanera que sembraron la inquietud entre los pasajeros. Al parecer, durante el año anterior, el barco había sido requisado por el Gobierno para traer trigo desde Argentina, pero debido a la grave epidemia de la gripe había tenido que permanecer en cuarentena en dos ocasiones. Hubo quien aseguró que el barco se había convertido, durante un tiempo, en un cementerio a la deriva.

    -No hagáis caso de esos chismes –les arengaba Valentín, tratando de tranquilizarlos-. La gente no sabe qué decir cuando se aburre.

      El primer día de septiembre, el barco arribó a San Juan de Puerto Rico, hizo las operaciones de carga y descarga, y zarpó sin apenas descanso hacia Santiago de Cuba, a donde llegó el día 5 al mediodía.

     Muchos de los pasajeros descendieron dando gritos de júbilo. Habían llegado a su destino sin contratiempos. Los malos presagios y el abatimiento generalizado dieron paso a una alegría desbordante. Ante todos ellos se extendía una vegetación voluptuosa de árboles y matorrales que no habían visto jamás. Por sus copas volaban pájaros de exuberantes plumajes y la luz les pareció tan maravillosa que por un momento creyeron haber desembarcado en otro mundo.

NUEVE

    Valentín, la familia de Miguel y los seis amigos de Moncada bajaron a conocer Santiago. Disponían de veinticuatro horas para conocer la ciudad y los alrededores. Antes del amanecer debían estar de vuelta en el barco para poner rumbo al último destino, La Habana, al norte de la isla.

   Caminaban por las primeras casas, junto al muelle, cuando vieron una bandada de aves por el cielo.

       -¡Mirad, amigos! –gritó efusivamente Valentín-. ¡Son palomas blancas!

       -¿Y qué? –preguntó uno de los labradores.

       -Siempre he oído decir que traen buena suerte.

      -Sobre todo –comentó uno de los labradores apodado Carasa, que era amigo de las bromas-, si están en una cazuela, con tomate y cebolla.

        El comentario provocó las risas de todos.

      -Esto hay que celebrarlo, amigos –propuso Valentín, que también había reído la ocurrencia- y hoy me toca ser su anfitrión. Les invito a una buena cena, aunque temo que no vamos a encontrar palomas en las cocinas de esta ciudad.

     Ana había vuelto a sonreír. Sus ojos brillaban entusiasmados y lo observaban todo con una curiosidad inagotable. Preguntaba por esto, por aquello, señalaba allí, se detenía ante un anciano, reía y lloraba al mismo tiempo, ahíta de felicidad. Estaba deslumbrada por la belleza de aquella tierra de promisión. Amparo y Luis, junto a los demás labradores, charlaban animadamente y hacían comentarios elogiosos sobre lo que veían. Caminaban sin rumbo, como niños extraviados, por las callejuelas estrechas y pintorescas de aquella ciudad de fantasía.

      -¡Cuánto color! –exclamó sorprendida Amparo.

    Y era cierto. Las casas eran rojas, verdes, azules, amarillas. A sus puertas, la gente se sentaba a tocar la guitarra o a contar historias, los niños correteaban descalzos por las calles de tierra, mezclados con las gallinas y los perros.

    Entraron en una cantina que tenía un pequeño jardín. Allí se sentaron, a la sombra de dos hermosos flamboyanes de enormes flores rojas y degustaron el ajiaco criollo, unos plátanos verdes aplastados y fritos llamados chatinos, unos chicharrones de cerdo, el congrí y, por último, pidieron una fuente con guayabas y zapotes.

     Después de la cena bebieron caña y fumaron, sin dejar de reír y hacer planes.

      -Esto parece el paraíso –celebró el que parecía el mayor de los labradores y a quien los demás llamaban Tonet.

      -¿Por qué no nos quedamos en Santiago? –propuso Carasa.

      -Porque tenemos billete para La Habana –respondió un tercero.

      Valentín llenó los vasos, incluidos los de las dos mujeres y levantó el brazo.

      -¡Salud! –gritó.

     Las mujeres dudaron, lo que motivó las bromas de los hombres. El propio Luis le dio un codazo a su esposa.

     -Vamos, mujer. El ron es la bebida de aquí. Habrá que bendecir esta tierra.

      Los demás rieron la ocurrencia.

      -¿Está muy lejos La Habana? –preguntó Tonet.

     -No –respondió Valentín-. Unos ochocientos kilómetros por el interior. Pero las carreteras no son buenas. Es preferible vadear la isla con una embarcación. Si salimos mañana temprano, tal como está previsto, llegaremos a La Habana antes de la media noche.

    -Pues, ¿sabéis qué os digo? -dijo Ana, cuyos ojos soñadores resplandecían como dos zafiros incendiados-. Que la idea de quedarse en Santiago no es tan mala.

      -¿Aquí? –Valentín frunció el ceño.

    -Sí –afirmó ella con rotundidad-. Aunque sólo sea por unos días. Me gusta esta ciudad.

      -Pero tenemos pasajes hasta La Habana –protestó su padre.

    -Ya nos arreglaremos para proseguir por el interior –señaló ella-. O en otra embarcación. ¡Qué más nos da llegar dos días antes o después!

      Amparo miró a su hija con ojos desconcertados.

     -¿A qué viene eso ahora? ¿Es que no tienes ganas de ver la tumba de tu hermano?

     -Claro, madre. De lo que no tengo ganas es de volver a subir a ese barco maldito. Ahora que estamos aquí en tierra os confesaré que he pasado un miedo terrible. No había noche que no me despertara sobresaltada, creyendo que el barco se iba a pique.

       Valentín volvió a llenar los vasos.

       -Pues ya estamos en Cuba. ¡Salud, amigos!

       -¡Salud! –gritaron todos alzando los vasos alegremente.

      Salieron a pasear un rato bajo la noche antes de regresar al barco. El cielo estaba sembrado de estrellas diminutas que brillaban como guisantes de luz y la luna, redonda y blanca, emitía destellos fosforescentes en mitad de lo oscuro. Oyeron sonidos de güiro y guitarra, escucharon risas de niños y voces que cantaban guajiras, olieron fragancias que desconocían y sintieron en sus huesos la lujuria de aquella tierra prodigiosa.

       -A mí también me gusta esta ciudad –dijo de repente Tonet.

      -Y a mí –replicó el más joven de los labradores, el único soltero, que acababa de ver pasar una mulata de caderas poderosas-. Yo propongo que nos quedemos. ¿Qué más nos da una ciudad que otra?

     -En eso tiene razón el pimpollo este –aprobó Carasa, a quien no seducía nada la idea de volver a subir al Valbanera-. ¿Por qué no lo echamos a suertes?

       Los seis labradores se preguntaron con los ojos, pero ninguno manifestó nada. Finalmente, y ante la indecisión de unos y de otros, Tonet sacó una moneda de un céntimo del bolsillo del pantalón.

      -¡A tomar por saco! –exclamó- ¡Si sale cara nos quedamos en Santiago! ¡Si sale escudo nos vamos a La Habana!

      Se quedó contemplándolos a todos, esperando la conformidad, hasta que uno a uno movieron la cabeza en señal de asentimiento. Tonet echó la moneda al aire y la atrapó antes de que llegara al suelo. Abrió la palma y a los ojos de todos apareció la cara de Alfonso XIII, con la leyenda “Por la gracia de Dios”.

       -¡Por la gracia de Dios nos quedamos en Santiago! –bufó Tonet.

     Se miraron todos durante unos segundos sin saber qué decir. Luego, uno tras otro se alzaron de hombros y, como atacados por una fiebre festiva, comenzaron reír abiertamente, a lanzar vivas a la Virgen y a darse abrazos y más abrazos.

DIEZ

      El barco zarpó a primera hora. Luis, Amparo, Ana y Valentín, asomados a la barandilla de estribor, vieron cómo sus amigos de Moncada les decían adiós desde la dársena, alzando sombreros y prometiendo que irían a verlos a La Habana en cuanto pudieran.

      La alegría desatada por haber llegado a Cuba se había propagado como una epidemia entre los pasajeros del Valbanera, lo que motivó que, aun teniendo pasaje hasta la capital, más de 700 personas decidieran quedarse en Santiago.

      -Así iremos más anchos –bromeó Ana, que había decidido finalmente dejarse llevar por el sentido común y volver a subir al Valbanera.

     Nada más bordear el cabo Cruz, corrió la voz de que el tiempo estaba empeorando. Alguien les comentó que las condiciones meteorológicas, si seguían agravándose, podían originar la formación de un ciclón tropical en el Golfo de México.

     -Tonterías –rechazó Valentín para tranquilizar a sus amigos-. Hace un tiempo magnífico. Esta misma noche llegaremos a nuestro destino sin contratiempos.

     Pero el cielo, azul y soleado de la mañana, había cambiado poco a poco de color, hasta ensombrecerse del todo, y el mar había adquirido una tonalidad plomiza, de metal derretido. A media mañana, aparecieron unos nubarrones negros que se cernían sobre ellos como cordilleras de luto y el viento había comenzado a agitar con fuerza la superficie del agua, provocando un oleaje violento que chocaba contra la embarcación en un torbellino de espuma y sal.

     Ana y Amparo, apostadas sobre una de las barandillas de cubierta, no podían disimular su contrariedad. Luis y Valentín fumaban en silencio, sentados sobre uno de los botes de la cubierta y sin dejar de mirar el horizonte.

    La tarde, sin embargo, y contra lo esperado, transcurrió con una calma tensa. Valentín sabía que faltaban pocas horas para arribar a puerto y, tal como estaba el tiempo, no habría dificultades para entrar en la bahía y atracar. Alegre por ello, había recuperado el buen humor y no paraba de contar lances y peripecias que él y Miguel habían vivido en aquellas tierras.

    Ana había recobrado la alegría y se mostraba radiante. Estaba a punto de ponerse el sol sobre el horizonte y el crepúsculo ofrecía un color rojo inverosímil. El cielo, del que habían desaparecido como por ensalmo los negros nubarrones, parecía ahora un lienzo ensangrentado, a cuyos pies se abrían los abismos del mar.

     Valentín y Ana contemplaban la puesta de sol desde la popa. Ella había entrecerrado los ojos, extasiada por la belleza de aquel momento y feliz por la cercanía del punto final de su trayecto.

       -¿En qué piensas? –preguntó Valentín con los ojos fijos en el mar.

      Ella alzó los ojos. La luz anaranjada del ocaso se reflejaba en sus pupilas.

     -Pienso que Dios ha sido generoso poniéndote a ti en nuestro camino.

     Valentín sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

      -A veces creo que el destino es tremendamente caprichoso –balbuceó él.

     -¿Qué quieres decir?

    -No sabes cuánto sufrí la muerte de tu hermano –confesó-. Jamás conocí a otra persona tan honesta y sencilla como él. Pero hay un pensamiento que me atormenta.

     Valentín puso sus ojos negros en los de Ana antes de proseguir.

      -Si Miguel no hubiese muerto, jamás te habría conocido.

      Ana desvió los ojos pudorosamente hacia el mar.

    -Tu hermano no dejaba nunca de hablar de vosotros. De tu padre, de tu madre y de ti. Os adoraba. No puedes imaginar las ganas que tenía de regresar a Moncada, con todo lo que había conseguido. “Por fin vamos a dejar de ser pobres”, decía a menudo –su voz era suave, como la de un susurro-. ¡Dios mío! ¡Qué injusta es la vida!

    Valentín puso una de sus manos sobre los dedos de Ana y guardó silencio durante unos instantes. Luego, le tomó delicadamente la barbilla con la otra mano, obligándola a girar la cabeza y mirarlo a los ojos.

     -Creo que te quiero –confesó él bajando la voz.

    Ella sintió que la felicidad la embargaba. Lentamente, Valentín acercó sus labios a los de ella y, cerrando los ojos, la besó con ternura.

    Los zarandeó un golpe de viento y agua. Alzaron la mirada, sorprendidos, y vieron que el cielo se había llenado de repente de amenazadores cirros negros.

    El buque acababa de dejar atrás el Archipiélago de los Jardines de la Reina y los Cayos de las Doce Leguas y se dirigía a toda máquina hacia los islotes de los Canarreos. Con suerte, llegarían a La Habana en menos de tres horas. Pero el viento, la lluvia y el oleaje habían comenzado a flagelar con violencia el buque, que se movía zarandeado en todas direcciones. En pocos minutos, el aire, negro y denso, se llenó de truenos y relámpagos que amenazaban con despedazar el cielo sin contemplaciones.

     Los pasajeros se habían guarecido en sus camarotes, sobrecogidos por la repentina furia de la tormenta, y desde allí escuchaban el ajetreo de la tripulación, que se afanaba en atender las órdenes y las contraórdenes del capitán y los oficiales del navío, cuyas voces se superponían unas a otras caóticamente.

      De nada sirvieron las luces de socorro, ni las señales que emitieron los radiotelegrafistas, ni el fragor de la sirena pidiendo auxilio, ni las desesperadas maniobras del piloto en medio de aquel torbellino de muerte.

    La noche había cerrado definitivamente, erizada por los gritos de la tripulación, el estrépito de los truenos y el rugir del mar. El Valbanera, atrapado en el agujero negro de la tormenta, sintió que su esqueleto de hierro se quebraba por la mitad y zozobraba. Lanzó un último aullido y, como un animal prehistórico abatido por la fatalidad, se dejó envolver por la mortaja del agua.

Moncada, 20 de septiembre de 2008

 

NOTA: El hundimiento del Valbanera y la historia de los seis pasajeros de Moncada que salvaron la vida, gracias al azar, son hechos históricos.