O LA SIEN SOBRE EL LODO

Reinaldo Jiménez

Marzo, 2000

 

   El lector de este libro advertirá desde el primer instante que se encuentra ante una obra construida con paciencia artesana y aplicación poética. O la sien sobre el lodo es un poemario bien trabado, edificado sobre una sólida estructura que evoluciona desde la consciencia ética y social hacia la indagación estética y personal, desde el desvalimiento sombrío hacia la calma luminosa, desde el dolor y el sufrimiento hacia el amor y la esperanza.

   Reinaldo Jiménez realiza una profunda reflexión sobre la condición humana. Las páginas del libro constituyen el diario desesperado de un hombre sencillo y frágil en mitad de un mundo insolidario. Un hombre que busca la imposible razón de la existencia y el por qué de esa absurda sinrazón llamada muerte. Y en esa búsqueda de la verdad última, el poeta elegirá sabiamente el camino más certero: la del conocimiento de sí mismo.

   El primer poema, “Tratado sobre el hombre”, sirve de pórtico, pero también adelanta algunas de las claves fundamentales del libro: la cita de Ángel González, los mitos del Centauro y Hades o el verso final que da título al poemario. Un mundo injusto y sin amor se convierte en un cementerio, Centauro es el monstruo primitivo dominado por las pasiones salvajes, Hades es el dios del infierno, la muerte misma. El hombre deberá liberarse de estas cadenas: el desamor, la violencia, la destrucción si quiere sobrevivir al naufragio total. Deberá esgrimir la luz, apostar abiertamente por el compromiso moral, regresar de nuevo a la pureza. O la sien sobre el lodo.

   El libro se divide en tres capítulos. “La herrumbre de los días” agrupa una serie de nueve poemas en los que dominan los argumentos sociales. Otro poeta granadino, García Montero, ya nos explica que la poesía es un cuartel de invierno, un lugar propicio para la meditación y la expresión de una sentimentalidad solidaria con el mundo que nos rodea. Nada humano me es ajeno, dirían los clásicos. Reinaldo Jiménez se desnuda ante nosotros desde el primer verso y nos confiesa abiertamente su zozobra y el motivo de su llanto silencioso.

   La casa es el símbolo del universo interior, el refugio espiritual del individuo. En ese espacio del alma dominan el orden y el sosiego. Pero fuera, más allá de las fronteras individuales, el mundo gime como un monstruo herido, el viento de la desdicha ulula y azota las estrellas. El poeta sufre porque nada concluye, ni el hambre de los pobres ni las hermosas teorías de los grandes estrategas, y siente el corazón desgarrado por el vértigo y la desesperación. Tres heridas, tres -el olvido, la muerte y la locura-, avanzan por el mundo devorando jazmines y ruiseñores ante la impasible mirada de los dioses.

   El poema “A Rosa, que vendía claveles en la noche de Granada” nos proporciona algunas de las constantes del libro: lo urbano, la noche, el desvalimiento. La ciudad es un ámbito de cemento y desarraigo, de grandes aglomeraciones y de inmensas soledades. La noche representa la metáfora de la adversidad, ese espacio oscuro en el todo puede ser demolido, el agujero negro donde expira agónica la luz. La niña se llama “Rosa” y vende “claveles”. Una criatura inocente entre flores que se ve expulsada brutalmente del paraíso, arrojada sin piedad al infierno de una existencia nocturna, de semen y de hastío, de violencia existencial, de desamparo y de derrota.

   De nada le servirá al hombre heredar esta tierra sin nadie, este paisaje yermo del mundo que será como un “jirón de sombra sin estrellas”. Tal vez entonces, cuando todo se haya consumado, encontremos el odio de Yavé y sea demasiado tarde para reconstruir el orden primigenio.

   El segundo capítulo supone un giro decisivo en el conglomerado temático del libro. “Amor te escribo” forma otro bloque de nueve composiciones en las que el hilo conductor es el amor. El tono en esta parte del libro está dominado por la tristeza, la expresión crepuscular, la simbología marina y una cierta mitificación de la ausencia. El amor sirve de antídoto contra la crueldad. Pero el poeta sabe que la transición hacia la luz es difícil, una apuesta tal vez imposible porque al final todo será devorado por el implacable tiempo, y la soledad más absoluta instalará su hegemonía.

   El mar, los muelles, las gaviotas, la arena de la playa, el llanto, la tarde, el ocaso o el otoño son algunos de los elementos que conforman el entramado simbólico de la nostalgia y la derrota. El lector se verá envuelto en un ambiente de melancolía permanente, de recuerdos imposibles y de agua. No es casual este continua referencia al agua, como una metáfora de la vida que se aleja o recupera, del tiempo que fluye, de lo que está más allá de lo terrestre y transitorio. Los poemas de este segundo bloque actúan, pues, de engarce entre el primer y el tercer capítulos. Su significación alegórica nos introduce en un estado de tristeza silenciosa. Pero el poeta ya nos avisa, “amor te escribo”. Te escribo porque sé que sólo tú (agua, vida, amor) podrás redimirme del fracaso de haber existido para nada. Con el “Poema a Teresa”, Reinaldo nos anticipa el contenido último del libro: “Libar como la abeja / el néctar de los días, / y esperar que el verano / madure las espigas”.

   “Un relámpago apenas” nos invita a pensar en la luz. Y tampoco es aquí aleatorio el uso simbólico de los vocablos. No obstante –y siendo así las cosas-, el poeta ralentizará taimadamente el ritmo temático y dejará en suspenso la solución final. Dicho con otras palabras, los primeros poemas de esta última parte recogerán todavía algunas de las preocupaciones esenciales del autor. De nuevo se recupera el valor metafórico del invierno o el otoño, de la tarde que declina, de la lluvia interior –“el cauce de mis lágrimas”-, del viento externo que golpea la casa –el mundo terrible/el alma-, los muelles como lugar de soledad y tristeza pero al mismo tiempo de esperanza en el regreso.

   Sin duda alguna, el poema que marca un giro decisivo en el desenlace del libro es “Revelación”. Reinaldo Jiménez ya nos avisa de que algo va a cambiar: “Era sin más mi vida / delante de mis ojos”. En la composición siguiente, el centro poético se desplaza del “yo” al “tú”: “un relámpago apenas de olvido en tu memoria / levantó las cenizas de tu fuego no ardido”. A partir de este momento, el lector tiene ante él las llaves de un destino.

   El libro finaliza con una primavera que amanece. La tarde y el otoño han dado paso a la mañana y la esperanza. La lluvia y las gaviotas se convierten ahora en colmadas espigas o en abejas, el viento gemidor y la tristeza se han transformado en diáfana brisa y alegría. Reinaldo Jiménez nos ha conducido desde la herrumbre del pasado hacia el relámpago del porvenir en una apuesta apasionada por el amor. El esperado viaje a la verdad aguarda con serena algarabía detrás del último poema. “Aquel abril” no es en absoluto una clausura, sino todo lo contrario: una puerta abierta que conduce al otro lado de la luz. “Y crecieron tus manos al encuentro / redondas como el mundo / a recibirme”. No hay pérdida o derrota sino comunión luminosa, porque el desenlace del libro constituye un hermoso punto de partida.

   Junto a la coherencia temática del libro y su cohesión simbólica, debe ponerse de relieve el ejercicio de rigor estilístico, de armonía rítmica y de depuración léxica que nos ofrece Reinaldo Jiménez en este libro primerizo. Lecciones de buen hacer poético que merecen, sin duda, una lectura atenta y reflexiva.