TIERRA DE PAPEL

Libro de poemas de Mariano Valverde

Lorca, 29-1-2000

 

J. R. Barat

 

   Tierra de papel es un volumen ambicioso que socavará a buen seguro los cimientos de la poesía lorquina. Se trata de un libro que asume con agilidad el caos discursivo y surrealista de la lírica más innovadora del siglo veinte, que se caracteriza por el ritmo cabalístico, la politonía estilística y temática, y que se adhiere por otra parte a la ortodoxia literaria de raigambre popular, lúdica y panegírica.

   El poemario es una balada para un nuevo milenio, contrasentido de la luz y la sombra que, como el doble filo de una misma metáfora, suponen un canto beatamente maestoso  con el que el vate afronta la nueva realidad poética: el mestizaje, la exaltación de lo híbrido, lo cósmicamente telúrico, lo materialmente etéreo. De acuerdo con la línea literaria de Franz Kafka, el discurso narrativo-poético de Valverde se inscribe en la corriente de un simbolismo desasosegado, una textualidad que incide en la opresión existencial y la angustia vital del hombre moderno.

   El versolibrismo de Mariano Valverde responde a una estética de ruptura contra la tradición monorrítmica de la poesía anclada en el clasicismo-culturalismo o en la vanguardia experimental. Como un Borges laberíntico, el bardo se adentra en un territorio de múltiples espejos donde la realidad se bifurca o deforma, adquiere perfiles de transgresión o simplemente estalla por los aires. La voluntad de crear, el pulso germinal de la escritura laten de forma tan apremiante que el acto poético se convierte en impulso mesiánico de un nuevo orden lírico, y el universo metafórico recuerda un concierto polifónico de signos variados, elementos heterogéneos, imágenes del absurdo, que confluyen en el encadenamiento de secuencias versales arrítmicas de gran poder de sugerencia, de amplio espectro simbólico, de fuerte carga sensorial.

   Obra proteica, Tierra de papel se nos ofrece, pues, como un conglomerado de sustancias diversas que coinciden en la coordenada de la emoción intelectual. La real maravilla de García Márquez, la taimada frescura de Antonio Tarduchi, la mediterránea espontaneidad de Miguel Hernández, la confusión ontológica de Esquilo, la orquestada precisión de Rubén Darío, el barroquismo críptico de Góngora, el exquisito neoclasisicismo de Carvajal o la mística de la experiencia de García Montero. Todo sirve para aglutinar y procesar un nuevo modo de entender la fenomenología dialéctica de Valverde. Caos ordenado u orden caótico. Exégesis retórica de un universo poético-matemático en crisis. Dadá, Huidobro, Breton, de la Serna, Aleixandre. El mistérico influjo de la luna helénica, Calíope, Euterpe, Polimnia. El beneplácito de las estrellas. El ronroneo sensual de la lluvia. El infinito rostro de la muerte.

   El conflicto poético que nos plantea con munificencia Mariano Valverde nos aboca de nuevo a la vieja problemática del ser social de Henrik Ibsen, el dramaturgo noruego que polemizaba con las sombras del individuo en el seno de la oscuridad global. También nos sitúa ante la encrucijada estético-ética de Soren Kierkegaard, esa estructura bicéfala del edificio metafísico existencial. Compromiso, por tanto, paradójico con el individuo divergente y con la colectividad cuyos valores son puestos en evidencia, fustigados sin piedad por el estilete incisivo del trovador que empuña el verso como nos aconsejara Celaya: para combatir por las injusticias, la hipocresía, la insolidaridad del mundo contemporáneo. Y también contra la angustia singular.

   El lector de Tierra de papel se encontrá, posiblemente, perplejo ante la magnitud de las referencias culturales, la inverosímil poliglosia del argumento poético, la compleja urdimbre temática, la aparente desorganización de la estructura. Recreación y denuncia. Neoplatonismo y apología. Erótica del verbo. Instinto y decurso. Hechos todos ellos que responden a una espesa trama de verbosa elaboración sígnica, la cual incide, por otra parte, en una nueva teoría de la creación poética de la que Mariano Valverde es promotor y defensor a ultranza: la teoría del mestizaje.

   Juan Ramón Jiménez ya nos hablaba de la apodíctica esencialidad de la rosa. Nos situaba ante el abismo del yo poético, desnudo de artificios, dentro del sí totalizador, limpio de adjetivos y follajes gratuitos. Nos advertía de la imposibilidad de definir la poesía. San John Perse, el exiliado y oscuro poeta épico-simbolista, nos introducía en un universo de melancolía y soledad. El rebelde y maldito Rimbaud nos acompañaba al infierno, de la mano de sus imágenes visionarias. El controvertido Asunción Silva nos regalaba con su voluptuosa versatilidad, entre elegíaca y trágica. El oceánico Neruda, desesperado cantor elemental, nos alojaba como huéspedes en esa extraña Residencia en la tierra. Mariano Valverde toma afanosamente el testigo de todos ellos y elabora unas composiciones en las que el valor intrínseco de la sintaxis narrativa, la turbulenta prosodia y el poder connotativo de la palabra desembocan en una inevitable semiótica personal. Es, así, creador de un mundo creso en imágenes aparentemente dispersas, musicalmente disonantes, cromáticamente incoherentes, pero que, sin embargo, responden a un lúcido acto de perpetrar la construcción literaria y conformar un estilo absolutamente personal.

   El verso de Mariano Valverde discurre a galope tendido, sobre el mismo corcel que montara el eximio Alberti, sortea obstáculos, se escora hacia la luz, es un torrente impetuoso que arrastra símiles, aliteraciones, sinestesias, metáforas, antítesis y toda suerte de objetos poéticos en hermoso concubinato y feliz algarada, porque el mundo, esté bien hecho o no, es una extensión luminosa y sombría, un ajedrez en blanco y negro, donde las piezas deben moverse en perfecta sincronización, como en un paraíso panteísta aleixandrino. Ahí el poeta, portador del logos, desvelador del enigma del verbo, debe actuar con certera destreza, para dotar de trascendencia la liturgia cotidiana del pensamiento humano y la profesión mundana del sentir.

   Delicadeza estética, riguroso esfuerzo, nubosidad cernudiana, limpieza de elementos poéticos espurios, hechizo lorquino (y lorquiano), sin sevicia lírica, sin acritud creadora, con la templanza del aplicado artesano, como el asceta solitario que labora minuciosamente en la elucidación del mundo, Mariano Valverde ya nos advierte:

                        “Hoy os digo, sin miedo al escarnio,

                        (… ) que tenemos que morir en cada verso…”

   Habrá que morir con él, en mitad de esta batalla que es la poesía, la literatura, el arte, la vida. Nada se ha escrito jamás de los mediocres ni de los cobardes. Habrá que morir del todo, con la luz en los ojos, con el corazón lleno de sueños y utopías, con las manos abiertas en generosa actitud de entrega, porque no de otro modo habremos sobrevivido a nuestro propio naufragio: existir en un mundo sin dioses.