PÍDEME QUE ME QUEDE PARA SIEMPRE

La extraordinaria poesía de Katy Parra

 

J. R. Barat

 

La avalancha de títulos y autores ha llegado a cobrar tal magnitud en los últimos tiempos que, incluso, quienes amamos la poesía con fervor casi religioso caemos a menudo en la tentación de cultivar la indiferencia. Leemos apresuradamente, o ni siquiera leemos, lo que llega a nuestras manos porque nos abruman las urgencias cotidianas y el gnomon nos mira con la severidad de un dios implacable. A estas alturas, ya hemos descubierto que son más numerosos los ecos que las voces. La mediocridad literaria se ha convertido en la nota dominante y nos causa fatiga la tarea de buscar un tesoro entre la maraña de poetas que merodean alrededor del Parnaso.

   Sin embargo, a veces, se produce el milagro. La irrupción de Katy Parra en el panorama de la lírica no puede haber sido más espectacular. Nacida de la nada, porque su producción anterior es apenas relevante, esta mujer autodidacta y sencilla, que ve pasar la vida en la plácida villa de Totana, ha saltado a la palestra con dos magníficos libros casi simultáneos: Coma idílico y Por si los pájaros, merecedores de los premios Miguel Hernández y Viaje del Parnaso, respectivamente.

   La sorpresa inicial de quien se asoma a estos poemas no tarda en convertirse en estupor, porque la fascinación que ejercen los versos directos, sencillos y hermosos de Parra genera de inmediato la complicidad del lector más exigente.

   Me viene a la mente “la difícil sencillez” de la que hablaba Dámaso Alonso al referirse a Bécquer y que podría aplicarse con el mismo rigor a la poesía que nos ofrece Katy Parra. Una profunda naturalidad, una insolente claridad de pensamiento y una técnica asombrosa (capacidades otorgadas a unos pocos privilegiados) se conjugan para dar como resultado una poesía destinada a perdurar en el tiempo.

COMA IDÍLICO

   Ya desde el mismo título del libro, Katy Parra nos brinda una de sus excelencias: la ironía. Un recorrido somero por la historia literaria nos obligaría a citar a Quevedo, Valle Inclán o Ángel González, entre otros muchos, para ejemplificar el matrimonio de inteligencia y sarcasmo al servicio de la más alta poesía. La conmoción erótica a la que se refiere el sintagma “coma idílico” provoca en nosotros la sonrisa y nos predispone desde el principio por cuanto que, como seres humanos, convulsionados por pasiones, sueños, frustraciones y deseos, nos veremos en mayor o menor medida retratados.

   La primera parte ha sido bautizada de manera harto elocuente: “Posturas imposibles”. La lasciva sugerencia, ataviada con la elegancia de un heptasílabo impecable, vence la voluntad de cualquier lector. Sin embargo, la expectación creada por el título del libro y del primer capítulo provoca una última duda. ¿Serán capaces los poemas de responder a la ilusión generada?

   Nos disponemos, pues, a leer el primer poema y nos encontramos con una curiosa paradoja. La primera composición se titula “Exit” (“Salida”). Katy Parra nos invita a entrar en su “laberinto de pasiones” por la puerta de atrás y, además, lo hace en inglés, parodiando los carteles internacionales. Pero esa sonrisa boba que la escritora ha instalado hasta ahora en nuestra boca, se nos congela en los labios al instante, tan pronto como descubrimos que ese poema sucinto, lapidario, arrollador, ha sido creado para cada uno de nosotros. Y la conclusión final, el verso último, se quedará resonando en nuestros tímpanos, con la rotundidad de un escopetazo siniestro: “La noche te ha elegido y eso es todo. / Sabes que no hay salida de emergencias.”

   Junto a la ironía, otro de los rasgos que más claramente definen la poesía de Parra es la seductora contundencia de las imágenes. El primero y el último verso son, en numerosas composiciones, auténticos golpes de púgil a la mandíbula del lector. Lo que discurre entre ambos extremos (inicio y conclusión), lo que podríamos llamar el “nudo” o “cuerpo” del poema, es un zozobrar inquietante: “Cuando llegas al fondo / añoras o maldices / lo que dejaste atrás (…) / Si pudieras, al menos, morirte sólo un poco / o morir de repente (…) / No me atrevo a llamarte, / pero he puesto tus fotos / frente a mí, en la pared. / No quiero morir sola”.

   La pelea que Katy Parra sostiene contra el desamor, y que es la eterna lucha contra el tiempo y la vida, alterna momentos de desánimo existencial con fogonazos de una mordacidad exquisita. Esos instantes forman el claroscuro espiritual sobre el que la escritora teje un diario lúcido que nos lega auténticas revelaciones líricas: “No sé si vengo o voy hacia tus labios, / tus besos son idénticos / los unos a los otros”.

   Esa atmósfera poética que ha creado Parra, a medio camino entre la broma y la desolación, va calando en el ánimo del lector como una lluvia tonta que acaba por empapar los huesos y el alma. Léanse los poemas titulados “Epanadiplosis afectiva” o “Clasificados”, por ejemplo, para darse cuenta de ello. Este último comienza con unos versos maravillosos: “Cambio gato por liebre / adicto a las caricias cotidianas”.

   La segunda y última parte del libro, titulada “Colorín Colorado”, ofrece un abanico de temática dispersa. Abundan los poemas-homenaje, a los padres, a los hijos, a los recuerdos de la infancia, todos ellos tamizados por la luz amarilla del sentimiento de pérdida. A medida que avanzamos por los renglones torcidos de la memoria, la escritora intensifica el tono confesional. Los fragmentos rescatados de entre los escombros de la existencia pretérita conforman un mosaico, más bien un espejo, en el que cualquiera, no sin sobresalto, podrá verse reflejado. Katy Parra realiza una regresión a sus años tiernos para revelarnos el estigma del que se siente portadora desde siempre, el de los seres que padecen el destino irracional que la niña definía como: “aquella inexplicable soledad”.

   Resulta obligado destacar “Nana de invierno”, dulcísima canción de cuna a los hijos, expresada a la manera tradicional, o la fervorosa “Elegía” al padre muerto, que contiene versos de una belleza incuestionable: “y aquellos gorriones, / ajenos al desastre, / picoteando el pan y la tristeza”. El último poema lleva por título “Buzón de sugerencias” y es, de alguna manera, una invitación al lector para participar en la aventura poética del coma idílico. Es una composición testamentaria, a modo de legado, dedicada a los hijos, a quienes recomienda mesura, humildad y llaneza, como no podía ser de otra forma: “Escuchad a los pájaros/ (…) / Y aprended de los gatos / a vivir dignamente, / sin más ajuar que un mundo / que quepa en vuestras manos”.

   Una última advertencia: lean el libro con un lápiz en la mano y un sacapuntas, porque se van a cansar de subrayar versos inolvidables.

POR SI LOS PÁJAROS

   La aventura poética que se nos narra en este libro responde al impulso lésbico que activa los mecanismos del amor. Nos encontramos ante una versión actualizada de Safo, la décima musa griega que cantó la exaltación de la carne en versos de hondísima espiritualidad. En realidad, se trata de un diario, escrupulosamente lírico, que registra con una exquisitez inquietante la intensidad de una pasión abocada al fracaso desde antes de nacer.

   El libro es, pues, la historia de un naufragio. Sin tablas salvadoras, sin dioses rescatadores. Una historia que se desarrolla desde los lejanos años de la infancia, con las primeras intuiciones eróticas, hasta la consolidación de un destino y la inevitable derrota final. No hay concesiones. Katy Parra ha eliminado los capítulos y ha elaborado un discurso donde la trama poética se estructura como un continuum, una eterna sucesión de pasiones y desdichas.

   Enemiga de las medias tintas y las frases equívocas, la autora nos desafía, ya al inicio del libro, con un poema titulado “Declaración de principios”. Para que no haya dudas, nos confiesa: “Lo supe desde niña. / Odiaba aquellas trenzas / y aquel vestido rosa”. Siguen unos poemas protagonizados por los primeros amores: Marisol, María, Aurora, Maribel, cuyos recuerdos sirven a la escritora para construir un mundo onírico de sueños y seducciones.

   Tras los titubeos adolescentes, la escritora se adentra en contar la relación de amor y desamor que ocupará la parte esencial del libro, donde no escasean las sugerencias eróticas: “El mundo se detuvo / muy cerca de tu pubis”. Esas lecciones iniciales (la incertidumbre, el enamoramiento, el primer beso) conducen hacia la consumación del amor total –no necesariamente lésbico-, cuya soberanía se nos narra con versos sencillos, pero traspasados de un fulgor intemporal: “Pídeme que me quede para siempre”. El poema “Orgasmo”, axis mundi del volumen, es un magnífico exponente de cuanto afirmamos: “Al llegar a la cima / tu corazón se escapa de las manos, / igual que una luciérnaga, / presa de la locura, / condenada a morir intensamente”.

   Las metáforas lúbricas se encadenan de manera sutil, no como parte nuclear de los poemas, sino como dispersos fogonazos de belleza, con lo que el argumento central del libro no pierde solidez intelectual. Los entresijos del amor, sus vaivenes emocionales, la gris rutina, el desamor inevitable, propician una reflexión existencial de alto voltaje. Y es por ello que el lector agradece la sobriedad de las imágenes voluptuosas que resultan concisas pero, al mismo tiempo, portadoras de una plasticidad maravillosa: “Como una oscura perra mi sombra te persigue / por todos los rincones de la casa”.

   El fracaso intuido desde el principio va tomando cuerpo a medida que se avanza en la lectura de los poemas. Y también a medida que uno va desgranando los noventa y nueve nombres de la derrota, comprende que el libro responde a un plan superior. “Los pájaros, huyendo de la lluvia”, oscuramente simbólicos, invitan a pensar en una alegoría de la vida misma. Todo el poemario es, en definitiva, una inmensa alegoría: “El amor, a menudo, / no sabe distinguir / entre la voluntad y el despropósito”.

   Es inútil huir hacia delante. Nombres como Yolanda, Rosana, Sandra se suman a los apuntados anteriormente, en un deseo ya desesperado de encontrar el amor definitivo, salvador: “Me perdí en otros brazos, /mordisqueando un nombre de mujer / que sonaba a cristal cuando se rompe”.

   Seguramente, el amor no podrá redimirnos de la insufrible tarea de vivir para la muerte. Pero, a pesar de ello, es posible que su fulgor, fugaz y hermoso, nos conceda una breve eternidad que acaso justifique la existencia. Lo dijo Valerio Catulo, hace ya muchos años: Vivamus mea Lesbia, atque amemus. Por si los pájaros.

   La poesía de Katy Parra sabe conjugar la forma y el fondo con una solvencia sobresaliente. Sus versos, técnicamente perfectos, se ajustan a un ritmo impecable y luminoso. El léxico emplea un registro coloquial, fresco y preciso, lo que contribuye a crear una complicidad inmediata con el lector. La excelencia de las metáforas y la intemporalidad de los temas abordados ponen la guinda final a una reflexión poética que a nadie dejará indiferente.