LA VOZ DEL LABERINTO

Un libro de Pedro Felipe Sánchez Granados

Enero, 2004

 

J. R. Barat

 

“Las palabras, esos cantos rodados, pulidos en mil y un avatares, rebajadas sus esquinas y aristas por el roce de millones de bocas que las han pronunciado con cordialidad, con ira, con desprecio o con ternura en ocasión de feroces batallas o de dulces pláticas, de requiebros o súplicas, de cansinas conversaciones al hilo lento de las horas, las palabras.”

    De este modo sencillo, tierno y emocionado, daba comienzo el primero y el que hasta hoy era el único libro de Pedro Felipe Sánchez Granados, La esquina del milenio. Sencillez, ternura y emoción, profundo amor, veneración incluso hacia las palabras, las auténticas herramientas para la comunicación y la expresión del pensamiento y el sentir humanos.

    Este pequeño homenaje al verbo supone una verdadera declaración de principios y  constituye, en esencia, el punto de partida de una trayectoria literaria que hoy se ve revalidada con la aparición del segundo libro de nuestro autor, La voz del laberinto, un hermoso volumen que viene a confirmar lo que pronosticara el profesor José Antonio Sáez en el prólogo de aquella muestra inicial: “Estoy convencido de que tras La Esquina del Milenio, el autor nos habrá de sorprender, en un futuro cercano, con nuevas y clarividentes entregas literarias, caracterizadas por la reflexión serena y el decir elegante.”

    No se equivocaba el citado prologuista en sus vaticinios. Tres años después, Pedro Felipe Sánchez Granados saca a la luz una nueva partitura literaria en la que vuelven a ponerse de relieve sus innatas cualidades: la claridad expositiva, el rigor gramatical, la precisión léxica y la elegancia y agilidad en el tratamiento de los temas.

    La voz del laberinto es una obra integrada por veintiséis relatos que conforman una singular miscelánea. Relatos cortos, cuentos breves, artículos diversos, anécdotas, reflexiones. Un conglomerado heterogéneo que, sin embargo, responde a una particular y uniforme concepción de entender la literatura y la vida. Una criatura literaria con veintiséis rostros diferentes y un solo corazón.

    La temática que recorre el libro es variada y universal. El lector más descuidado podrá rastrear sin excesiva dificultad por las páginas del libro las preocupaciones y las reflexiones de un hombre comprometido con el mundo circundante. La codicia, el amor, la crueldad, la ambición desmedida, la inmigración, las desigualdades sociales, la venganza o la muerte. Y numerosos temas secundarios que contribuyen a dar testimonio de la tremenda complejidad del individuo frente al mundo y frente a sí mismo.

    Recorre el libro un acendrado sentido del humor. En efecto, hasta diecisiete relatos de los veintiséis que componen el total responden a dicha clave. Casi el 70 %. Una sagacidad sutil y perspicaz nos sale al paso continuamente, bajo distintas apariencias: la ácida causticidad, la sátira social, la ironía mordaz, la inocente ternura, la profunda piedad, el sarcasmo cruel, la caricatura, la mofa. Variopintas modalidades de acometer los argumentos más dispares que nos hacen sonreír y que dan muestra de una peculiar manera de contemplar la realidad. El humor, se ha dicho más de una vez, es una forma de estar en el mundo; constituye una determinada perspectiva y es signo indiscutible de lucidez e inteligencia.

    En “Hamburguesas eternas” asistimos a una curiosa especulación popular –religiosa y económica- con motivo del sorprendente hallazgo de numerosos cadáveres incorruptos. “La víspera y el día después del suceso” sirve al autor para proponernos un juego intertextual a partir de un relato hipebreve de Augusto Monterroso. “Agua marina” es una broma que mantiene al lector atento y sorprendido por cuanto que el enigma planteado no se resuelve hasta la última palabra del texto.

    Destaca, por otro lado, la presencia casi obsesiva de la muerte. Una presencia que oscila entre la inquietud y la fascinación y que, a primera vista, puede suponer una contradicción con la visión humorística de la vida anteriormente señalada. Sin embargo, el acontecer humano, y nuestro autor lo sabe bien, suele transcurrir como una desaliñada tragicomedia cuyo eterno y único argumento es la fatalidad.

    “Cita en Puente Vaquero” es un ejemplo de maestría descriptiva topográfica y de retrato moral. El elemento cardinal de este relato es la venganza. En el relato “La curva”, la intemperancia irracional del cazador y la necesidad de la muerte conducen al protagonista a sufrir en sus propias carnes el fatal desenlace. El autor se sirve de este breve aunque intenso relato para advertirnos de que la violencia acaba por destruirnos a nosotros mismos.

    Otros muchos asuntos pueblan las líneas del libro. “Los desaires de USA” es un relato sagaz que denuncia el proceder norteamericano en la práctica totalidad de sus intervenciones políticas, sociales y militares. El relato “Elogio de los cines de verano” no es otra cosa que un sencillo y emocionado homenaje a la infancia, a los sueños, a la fantasía y a la inocencia. El pequeño cuento “Los olivos bonsai” nos invita a recapacitar sobre la idea clásica del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, gracias a las reflexiones que el autor realiza sobre la reciente proliferación de olivos en parques, plazas y jardines municipales, terrible metáfora del desarraigo y de la soledad que puede extrapolarse al ser humano. Dice el autor: “Y de igual manera que se han inventado los zoológicos para aherrojar en ellos a los animales e impedir con muros y rejas que escape la vida salvaje que contienen, la nueva moda se congratula con la esclavitud de estos árboles”.

    Hay en el libro una evidencia: el amor a la tierra natal. En efecto, el volumen se convierte en un rendido homenaje a Almería, esta tierra cálida del sur cuyo paisaje sirve de escenario a abundantes relatos. “La ruta del cabo”, estremecedora historia de inmigrantes, fracasos y rencores. “La noche que Jacinto se encontró con el Carbonero”, hermosísima narración que nos habla de las minas, de la silicosis del abuelo, de las lejanas romerías de la infancia y de la inquietante presencia de los maquis en la España de la postguerra. Mojácar, Garrucha, Turre, Cabo de Gata, palmeras, mar, polvo, olores de la niñez. Geografía de la memoria por donde camina el corazón del hombre que trata de reconstruir su propia historia.

    Decía don Miguel de Unamuno que “la lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo”. De acuerdo con dicha tesis, habría que afirmar sin paliativos que la obra de Pedro F. Sánchez Granados revela unas estructuras mentales sobresalientes. Cualquier lector advertirá desde el primer párrafo la calidad literaria del discurso narrativo que sustenta las veintiséis historias del volumen. Calidad que se pone de manifiesto gracias a la sabia utilización de los diferentes recursos con que el escritor afronta la misteriosa aventura del relato. El enorme caudal léxico da muestras de riqueza y precisión terminológicas. La coherencia argumental y la solidez en las estructuras de cohesión narrativa evidencian claridad y organización en los planteamientos discursivos. La disciplina y el rigor se convierten en los instrumentos útiles para diseñar los periodos sintácticos que constituyen el impecable entramado oracional del texto. Por último, el buen gusto, la sencillez, la naturalidad en el tratamiento y la delicadeza se transforman en las valiosas especias con las que Pedro Felipe Sánchez Granados condimenta y sazona este sabroso y delicado manjar literario.

    Todos estos datos señalados dan noticia de un libro singular e importante. Pero hay  más. Cabría destacar el uso de la metaliteratura, la manipulación de la tradición, la exaltación de los recuerdos, las continuas alusiones y referencias culturales, la denuncia de ciertos hábitos de nuestros días como, por ejemplo, la sacralización del plástico, una velada tristeza por la impertinencia del suicidio o una permanente reflexión sobre la historia y el devenir humanos.

    Sería injusto finalizar este somero análisis sin hacer hincapié en el que a nuestro parecer constituye uno de los rasgos más destacados del libro: el exquisito tono lírico que fluye limpiamente por sus renglones. La decidida vocación poética del autor convierte los relatos en admirables composiciones artísticas donde proliferan las más sugerentes metáforas, las más hermosas descripciones, las mayores sutilezas lingüísticas.

    La voz del laberinto es, en definitiva, un retablo de singular belleza y complejidad, un espejo en el que nos veremos reflejados si observamos con atención. Todos los personajes que circulan por sus páginas son, en realidad, el mismo personaje; y todas las historias, la misma historia. Cualquiera de nosotros, cualquier existencia.

    Desde hace cierto tiempo, los seres humanos asistimos, atónitos y confusos, a la vertiginosa transformación del mundo en que vivimos. La vieja espiritualidad está siendo sustituida lenta pero inexorablemente por una nueva conducta social de orden material. Los modernos avances tecnológicos, los numerosos progresos de la ciencia, la general cultura de la prisa y el ruido nos condena a convertirnos a todos en desquiciados prisioneros del más atroz desasosiego.

    Somos hijos de nuestro tiempo, y, como tales, vivimos hoy en día bajo la dictadura de la urgencia, de la caducidad y de la imagen. Anteponemos por ello sin rubor la información apresurada a la paciente reflexión, las efímeras soluciones audiovisuales a la silenciosa instrucción de la lectura. Y la cultura de los libros, lenta, serena, inteligente y crítica, está evolucionando hacia  a otro tipo de cultura visual, rápida, huera y estúpida. Grouxo Marx, con su sagacidad habitual, lo dejó bien claro: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”.

    Un libro que bien podría ser La voz del laberinto. El dédalo de luces y de sombras por el que todos transitamos en busca del destino. Un hermoso regalo que nos ofrece Pedro Felipe Sánchez Granados y que acaso nos ayude a conocernos un poco mejor a nosotros mismos.