LA SOLEDAD ENCENDIDA

DE G. MUELAS Y J. A. OLMEDO

Instituto Max Aub, de Segorbe

27 de noviembre de 2015

J. R. Barat

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Gregorio Muelas nace en Sagunto. Es licenciado en Historia. Destaca por su labor como guionista cinematográfico, ayudante de dirección, crítico y escritor. Tiene en su haber dos poemarios, Aunque me borre el tiempo (Círculo Rojo, 2010) y Un fragmento de eternidad (Germanía, 2014), así como un libro de guiones de cine titulado Cuando la aurora le hable al tiempo (Círculo Rojo, 2011). Sus textos han sido traducidos a varios idiomas, como el japonés, el ruso o el rumano.

José Antonio Olmedo nace en Valencia. Conocido con el pseudónimo de Heberto de Sysmo. Es escritor, crítico literario y cinematográfico, ensayista, cronista, articulista y divulgador científico. Colabora con numerosos medios de comunicación. Ha publicado los poemarios Luces de Antimonio (Ateneo Blasco Ibáñez, 2011) y El Testamento de la Rosa (Ediciones Cardeñoso, 2014). Sus textos han sido traducidos a diversos idiomas, como el inglés, el hindustaní o el italiano.

La soledad encendida es un libro de haikus escrito a medias entre Muelas y Olmedo, Olmedo y Muelas. Título luminoso que encierra la paradoja del existir y que nos hace evocar La soledad sonora de Antonio Gala, inspirada en un verso del irrepetible San Juan de la Cruz. Pero también nos hace evocar La casa encendida de Luis Rosales o La espada encendida de Pablo Neruda. Todos ellos, grandes rastreadores de la verdad y la esencia de las cosas, a las que no es posible acceder sin la presencia de los símbolos literarios: la luz, el vuelo, la hoja o la nube, por ejemplo.

Así pues, La soledad encendida, hija de nuestra tradición clásica, recoge el testigo de poetas excepcionales, un verdadero reto, y propone una simbiosis entre los grandes maestros de nuestra literatura española y los grandes maestros de la lírica y la meditación zen japonesa, como Matsuo Basho, Yosa Buson o Uejima Onitsura, entre otros.

En efecto, La soledad encendida no es sino un homenaje a esa forma sutil y leve de buscar la trascendencia en las cosas más sencillas de la vida cotidiana. Ese modo de contemplación reflexiva que nos proponen los haijines japoneses, escritores de haikus,  monjes budistas la gran mayoría, poetas de la soledad y el recogimiento.

Un libro escrito al alimón por Olmedo y Muelas, Muelas y Olmedo, bajo el mismo impulso creador, bajo el mismo aliento poético, bajo la misma mirada atónita y fascinada ante el mundo circundante que se ofrece sencillo a nuestros ojos y al mismo tiempo pleno de maravillas.

Llegados a este punto, cabría preguntarse qué es el haiku. Esa forma poética japonesa que podría compararse con la soleá o la seguidilla españolas, estrofas breves, ligeras, a las que tanto debe nuestra trayectoria literaria.

El haiku es un poema conciso, de 17 moras o sílabas, dividido en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas. Esta es la estructura clásica, pero admite variantes métricas, y nuestros autores lo saben. Variantes mínimas con las que se consigue un repertorio musical de mayores registros cromáticos.

Desde el punto de vista del contenido, el haiku reproduce con palabras sencillas una emoción mínima (llamada “aware” por los japoneses). Esa emoción no es otra cosa que el asombro espiritual que nos embarga en un momento simple y cotidiano, la intensidad íntima de una mirada a lo que nos rodea. El haiku intenta fotografiar un instante leve de la vida, plasmar con unas sucintas palabras, con una sintaxis elemental, un fulgor de belleza que se nos ofrece por casualidad. Pero es que la vida está llena de estos momentos irrepetibles que conforman nuestro existir en la seducción perpetua.

Y es por eso que los haikus toman como referencia estética la naturaleza. Animales, flores, árboles, lagos, estrellas forman un entramado hermoso, heterogéneo, que nos ayudan a percibir, si estamos atentos, las mil caras de la beldad, las mil modulaciones del silencio que fluye, como una música inmemorial, a nuestro alrededor.

Tradicionalmente, el haiku describe los fenómenos de la naturaleza, el cambio de las estaciones, la vida cotidiana. Dada la pequeñez de la composición, es comprensible la austeridad de los recursos retóricos, la sutiliza de los matices. Pero precisamente es esta economía de estructuras lingüísticas y literarias lo que abre un inimaginable mundo de recursos, muchos de los cuales se asocian con la elipsis, las sinestesias o las paradojas.

¿Cómo podemos acceder a la esencia si no es mediante el desnudamiento?

He ahí la filosofía poética del haiku: desnudamiento. Estas escuetas composiciones pretenden sugerir, evocar, insinuar… De ahí la riqueza sensual y sensorial que desprenden todas estos poemas. Importancia capital tienen los olores, los sonidos, los colores… Un festín para los sentidos.

¿Cómo podían sustraerse a este reto nuestros escritores más afamados? Basta echar un vistazo a nuestra tradición para rastrear haikus en autores de la talla de Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Octavio Paz, Antonio Machado o Luis Cernuda entre otros.

No podía ser de otra manera. El haiku permite por su laconismo y por su necesaria condensación de ideas y recursos, exprimir el alma para acceder a un nivel de conocimiento superior. Cualquier poeta que se precie no podrá resistir la tentación.

Así las cosas, las composiciones de Olmedo y Muelas, de Muelas y Olmedo, no podían sino insertarse en esta línea estética, en este río literario que nos lleva. Nuestros autores impregnan sus delicadas pinceladas poéticas de un tono a veces luminoso, a veces celebratorio, a veces soñador, a veces sereno, pero siempre elegíaco. Porque el haiku, aún no lo hemos dicho, además de cantar a la naturaleza, al amor y a la hermosura, también canta, y sobre todo, a la fugacidad del tiempo que transcurre sin detenerse nunca.

Y de esa perplejidad constante de estar vivos y de contemplar el mundo brotan, como lágrimas, estos 142 haikus, formando un collar de perlas literarias conmovidas y conmovedoras.

Un perro lame

a un niño muy delgado.

Era su dueño.

Entre los protagonistas de estos haikus están los animales. Por sus versos desfilan hormigas, osos, monos, linces, gaviotas, abejas, urracas, mirlos, periquitos, buitres, águilas, panteras, arañas, ranas, sapos, luciérnagas, cucarachas… Pero también son protagonistas las flores y los árboles. Así, vemos desfilar robles, chopos, pinos, eucaliptos, sauces, rosas, noctilucas, coleos, alhelíes, crisantemos…

Y junto al mundo animal y vegetal, la presencia de la lluvia, de la nieve, la bruma, la escarcha, el ciclo de las estaciones, la luna, el sol, las nubes, los momentos del día y de la noche, el paso irreparable del tiempo (noche de estío… sol de abril… dos se septiembre… tarde nublada… viento nocturno..)

Magistral el contrapunto musical que establecen el silencio y las livianas melodías de los actores más inesperados.

            Cruza el paisaje

            la sombra de una nube.

            Se escucha el viento.

Pero también es sobresaliente el empleo de la paradoja o juego de contrarios para resaltar el parpadeo de luces y sombras, el ajedrez de vida y muerte que todos jugamos contra el destino.

            Amanece,

            la hiedra se enrosca

            en el árbol quemado.

Los haikus rebosan figuras retóricas que embellecen plásticamente el conjunto. Observamos aliteraciones (la abeja liba / el polen), (en la oquedad / del castaño caído), epítetos (los enhiestos cipreses), símbolos (en la maceta / rota ha germinado / un crisantemo), imágenes (la lluvia borra / las huellas del rocío / en el cristal), personificaciones (el otoño aventa), hipálages (a la sombra rojiza / de los coleos)…

En definitiva, quien se asome a estas páginas hallará una galería de tenues impresiones poéticas, pensamientos profundos, emociones íntimas. Un mosaico de pequeñas fotografías literarias, llenas de intensidad lírica.

Decía Miguel de Unamuno que un libro que no merece leerse dos veces es un libro que ni siquiera merece ser leído una sola vez. Probablemente no le faltara razón al escritor vasco. La soledad encendida es un libro de tal gracia espiritual, de tal plasticidad estética, que el lector regresará una y otra vez a esos chispazos de luz que desprenden los haikus en su eterna austeridad poética.

Gregorio Muelas y José Antonio Olmedo, dos escritores extraviados en esta sociedad frívola y mezquina que nos rodea, como dos mariposas que se buscan la una a la otra sobre los grafitis de la naturaleza, han atrapado la belleza del mundo en 142 instantáneas líricas. Un nuevo retablo de las maravillas en el que queda retratado para siempre nuestro efímero fulgor sobre la tierra.

Nuestro temblor y nuestra perplejidad constantes.

Lo que ellos llaman con total acierto nuestra “soledad encendida”.