LA POESÍA

 

J. R. Barat

     Todo comienza en Grecia, mediado el siglo VII antes de nuestra era. El mundo mítico llega a su fin y surge una nueva sensibilidad de orden individual y subjetivo. La explicación irracional del universo mediante héroes y dioses cede paso a nuevos argumentos lógicos.

      El hombre se sabe indefenso y limitado frente a oscuras fuerzas que no comprende y esta situación existencial será el origen de toda manifestación poética, que se hará realidad mediante diferentes vías, desde la fatalidad y la rebeldía hasta la resignación y el goce.

       La palabra “poesía” es un término griego que significa “creación”. Y se opone al vocablo “arte”, que aludía a todo aquello que el hombre puede desarrollar mediante un determinado adiestramiento. La poesía, pues, en sentido estricto, tiene vinculaciones divinas. El vate está legitimado para desvelar el significado oculto de las cosas mediante la palabra sagrada.

    Pero, además, el rito poético exige desde el primer momento el acompañamiento musical. Los versos se ajustan a un esquema melódico. Siguen un compás rítmico para ser cantados o declamados. Hay un principio de armonía y orden que es indiscutible. El poeta lo sabe y su prestigio depende de su habilidad para ajustar las palabras al guión musical. Esta particularidad se denominará “métrica”, que significa “medida”. La poesía es, pues, desde el principio, cadencia, ritmo, música, palabra trascendente, expresión armónica de lo inefable.

         Bécquer decía que la poesía es “espíritu sin nombre, / indefinible esencia”. Es decir, jurisdicción del alma. Misterio puro. Tal vez esa vibración interior que todo hombre experimenta cuando se sabe solo frente a la belleza. O frente a sí mismo.

       Pero, seguramente, hay más. Antonio Machado nos trataba de convencer de que la poesía es “palabra en el tiempo”. Palabra que perdura en la conciencia viva de los hombres, que atraviesa la tupida red de la memoria colectiva y permanece.

       Lo que parece claro es que la creación poética es una actividad inherente al ser humano, pues está presente en cualquier cultura y civilización. Tal vez, precisamente, porque es indefinible y misteriosa, y parece poseer los secretos resortes de la magia, la palabra poética tiene talante de oración, de sortilegio o de conjuro. De alguna forma penetra en el territorio de lo inmaterial, de lo sagrado y queda emparentada con la eternidad.

      Bardos, aedos, rapsodas, juglares, trovadores, cantautores. Los poetas suelen caminar extraviados en este mundo frívolo y mezquino donde todo es verdad y todo es mentira, bordean el bullicio y la barbarie, y el norte que persiguen es siempre la luz. Escriben versos para evitar la soledad, para burlar todos los días la locura de vivir en el vacío de la historia y perpetuar el pensamiento y la emoción más allá de su efímera existencia. Seguramente, nada hay más profundo ni más hermoso para el hombre.

J. R. Barat

                   1999