JESÚS CÁNOVAS

Por su libro Estridularia

 

J. R. Barat

 

   Jesús Cánovas nació bajo el signo de Escorpión en tierras de Albacete, pero su infancia transcurrió en Murcia, entre el verdor de las palmeras y los limoneros y el azul del mar. En ese escenario mediterráneo, Jesús sintió ya joven la llamada de la poesía y la filosofía, sus dos grandes pasiones. Y de su corazón profundo, enamorado, pronto brotó el silbo vulnerado de sus versos.

   Con el paso del tiempo, Jesús acrecentó su amor por la naturaleza y ahondó en sus reflexiones acerca del acontecer humano. De sus más íntimas intuiciones, de sus anhelos y obsesiones, de sus encontrados sentimientos ha ido manando un mundo poético de altísimo nivel. Y así, un buen día se encontró cantando “a la desnuda vida creciente de la nada”. El viento lo llevó en su turbulencia hacia lo más recóndito de su alma para escribir su “Kyrie Eleison”, ese llanto silencioso del espíritu que comulga en la plenitud de Dios, la vibración de lo absoluto.

   Jesús ha buscado siempre la luz. Su corazón anduvo por los altos andamios de las flores para encontrar la esencia poética de su voz, la única verdad. De esa región luminosa y nocturna, plenilúnica y bella, regresó con su estridente silencio “estridulario”, ese coro armónico de voces que se integran en una sola y verdadera realidad: el canto primigenio del ser.

   Pero el alma de Jesús es, en verdad, un rayo que no cesa, y de esa vena creadora ha brotado la luz herida con la que saluda a las criaturas del mundo. El amor, la muerte, la soledad, la incertidumbre sobre el destino son algunas de sus inquietudes poéticas y filosóficas. Y el tiempo, cómo no. El tiempo que nos lleva en su corriente y que no admite demora. Jesús Cánovas: compañero del alma.