ESTA SED Y ESTA LLAMA

Julia Rivero

Murcia, 12 de marzo de 2002

 

J. R. Barat

 

   Dentro de la lírica española contemporánea, tan prolija en nombres como en obras, viene resultando difícil abordar desde hace unas décadas determinados temas sin la manifiesta posibilidad de correr graves peligros. Corrientes y tendencias encontradas se disputan incansablemente la hegemonía poética del momento, unos autores anclados en la tradición, otros en la modernidad, algunos extraviados o lúcidos por los senderos de la búsqueda incansable o de la experimentación vanguardista.

   El escritor que afronta, pues, en este laberinto de caminos que se bifurcan la temerosa tarea de configurar una obra literaria en la que el componente del amor se erija en protagonista absoluto sabe que asume el riesgo de caer en determinados tópicos, de abundar en una simbología gastada y de especular con argumentos o ardides metafóricos devaluados, con estructuras léxicas o imágenes repetidas hasta lo indecible por la práctica creadora.

   Es tarea difícil y compleja la de hablar del amor con un cierto sello de originalidad. Y, sin embargo, a menudo, el milagro literario prende antorchas en la noche de la palabra y nos regala con una obra fresca, insólita, substancial y plenamente certera.

   Tal es el caso de Esta sed y esta llama de Julia Rivero, una escritora que se afianza en el horizonte poético nacional con un discurso lírico atrevido y bien labrado. Es el libro que tengo entre las manos esta noche de finales de invierno, mientras contemplo las estrellas a lo lejos y medito en silencio.

   Medito, digo, en estos versos que acabo de leer con entusiasmo, devorando sugerencias y dejándome seducir por el permanente juego de contrastes, por la sincera pasión que rezuman sus páginas, por el buen sabor de unas composiciones concebidas, sin duda, en las entretelas de los sentimientos más veraces.

   El título es un alarde barroco por el planteamiento antitético. La sed y la llama como símbolos de una misma realidad existencial: el amor como entrega absoluta, como fuente que ahoga o prodigio que abrasa, como agua que redime o fuego que purifica. Metáfora doble de un mismo misterio. Dos polos imantados de una misma ofrenda espiritual.

   El poemario insiste en algunas constantes de la anterior obra lírica de la autora: en los versos aflora ese “soplo incesante”, aliento vital que no conoce límites, que traspasa todo horizonte y que se convierte en pasaporte hacia ese “locus amoenus” que diseña nuestra escritora y en el cual los amantes celebran su fugaz eternidad violenta.

   Asoma, cómo no, la “llama de amor viva” de San Juan. Ese fuego místico que “consume y no da pena” porque es llama, fuego y vida que alimenta el espíritu. Y también el cuerpo. Esa “espada encendida” de Neruda que traspasa la oscuridad. Esa “casa encendida” de Rosales que es el ámbito doméstico del corazón. Metáforas de una paz interior que trasciende toda consciencia mortal y que es, como diría Antonio Colinas un “manantial de la luz” del que beber sin fin en el amor.

   Hemos dicho “el cuerpo”. En efecto. Como contrapunto necesario en el paisaje vorazmente repetido. Como espacio mítico (“hipertensión de amor”, “urgencia visceral”, “carismas núdicos”, “magia de glándulas”) donde transcurrirá íntegramente ese acontecer luminoso del alba, aurora, mañana, amanecer, evocaciones cifradas de la luz que llega y renace permanentemente y que es el punto de inflexión constante a lo largo del libro. A lo largo del viaje enamorado. Cuerpo gozoso. “Cuerpo feliz que fluye entre mis manos”, dijo Aleixandre. Cuerpo donde existir y transformarse. Donde amado y amada (otra vez San Juan) son, se sienten ser. Cuerpo, escenario utópico y real al mismo tiempo. Esencia pura. Templo de amor a donde siempre se llega. Donde el destino se comparte en plenitud y sin tristeza.

   La antítesis esplende de manera obsesiva como dispositivo originador de contrastes vivenciales en el seno de una concepción barroca de la existencia: inquietud, zozobra, júbilo, belleza. Las luces y las sombras se combinan en un claroscuro manierista que es el telón de fondo de un juego trepidante: la paradoja del ser.

   Dualidad permanente: sed y llama, luz y sombra, cuerpo-espíritu. Fragor de la noche y templanza del amanecer. Receptáculo abismal donde los cuerpos se entregan al “ejercicio audaz de la caricia”. Porque la entrega es aquí un acto casi religioso. No en vano, la celebración acabará siendo ofrenda eucarística en una íntima “liturgia carnal” que los amantes, cómplices, degustan en recogida soledad amena.

   Tiempo absoluto. Tiempo quevediano. Entre el ayer y el mañana, un hoy sin interrogantes, porque todo es uno en el misterio de esa palpitación que apenas puede deletrearse en la noche o saborearse. Como se saborea un “vaso de estrellas”. Dice la autora: “Hoy como ayer estás aquí / y mañana tal vez no te hayas ido”.

   Osadías léxicas, excitantes neologismos, variedad de registros en el acervo semántico del poemario en una armoniosa simbiosis con los recursos retóricos más tradicionales. Así, la “flébil condición”, el “desbesarse”, el “pírico amante” aportan precisión y exactitud nominativa al goce estético del acto lírico. Pero también oxímoros de resonancias místicas como la “voz callada”, atrevidas metáforas como “el cristal herido”, bellísimas personificaciones (“las pupilas negras de la noche”), yuxtaposiciones inéditas como “la boca siemprevida” o transgresiones semánticas llenas de lirismo arrebatado (“los bolardos del olvido”).

   Y sobre todo este arsenal de buen hacer poético y de sabia destreza creativa, eternamente planeando la bella paradoja que da coherencia sistemática al texto. Esa paradoja que articula cardinalmente el eje temático sobre el que se asienta el argumento último del discurso poético. “Estoy sin ti, amor; / pero tú estás conmigo”.

   Un bello libro, sin duda, cargado de emoción y de sinceridad, que ahonda en los cimientos del espíritu, y que nos hacer vivir intensamente la totalidad hermosa y universal del amor.