EL LUGAR

Marzo, 1999

 

J. R. Barat

 

   A veces regreso, destrozado por la nostalgia, con las manos vacías y el corazón sin pájaros.  Regreso como un náufrago, después de atravesar tempestades infinitas, el mundo de los hombres, paisajes de dolor. A veces regreso, y miro las estrellas.

   La adolescencia me arrojó a un abismo oscuro. Habría de caer en la espiral de la consciencia adulta, huir hacia lo profundo como en un viaje suicida hacia ninguna parte. Y seguía cayendo a medida que me alejaba y te abandonaba para siempre. Cayendo y cayendo en la tiniebla de los años. Perdí la paz y la alegría, y mis ojos comenzaron a llenarse de nubes, noches del invierno, lluvias sucias y frío sin aroma.

   Sin darme cuenta me iba convirtiendo en hombre. Y comencé a añorarte, como se añora el mar o el olor de la madre. Te llamaba en sueños, penetrado por las sombras, rodeado de una soledad asesina. Yo mismo contra el mundo. Te llamaba en silencio, con los ojos tan abiertos que cabía en ellos toda la desolación de mi alma.

   A veces regreso a tu olor de jazmines en búcaros, un día de mucho sol y puertas abiertas de par en par a la plaza donde las moreras se yerguen frondosas hacia el cielo azul. Suenan las campanas en la torre de la iglesia y hay jilgueros y niños con pantalones cortos y zapatos de charol jugando a la pelota y viejos sentados en los bancos hablando de la guerra y el estraperlo. Y el corral huele a vacas y estiércol, y en los ojos de mi madre brilla el sol y es domingo, oro azul, romero de paella, misal de nácar y azucenas, pesebre con pipirigallo. Y tú, con tu alma llena de palomas y tus pentagramas en el viento.

   Te recuerdo con aquella camisa color naranja, el flequillo y las piernas delgadas, con aquella sonrisa dulce y eterna sobre los labios, con tus ojos demasiado brillantes y tu hermosa inocencia no profanada. Te recuerdo detrás de las libélulas, atravesando los surcos de patatas, corriendo por acequias con hinojos y malvas florecidas, fabricador de sueños a la sombra de melocotoneros y refugios de maíz.

   Todo se lo llevó el viento de los días, los hombres que habitaron aquel mundo, tus recuerdos fragmentados como astillas, la pureza de una luz que el tiempo habría de volver oscura. Llueve sobre la memoria un agua agridulce, y en el corazón se remansa tu soledad acumulada durante los largos insomnios. Yel óxido del fracaso.

*****

   He vuelto una vez más. Me esperaba el naranjo con sus múltiples estrellas de azahar, el verde plural de las hierbas, el mismo olor de la tierra que guardo incólume en el alma. Y he vuelto a ver las mismas lagartijas apresuradas huyendo hacia la sombra, el aire limpio con golondrinas y nubes, la vieja higuera, el mismo sol.

   Se diría que el tiempo no existe en este paisaje de la infancia y que el mundo de los hombres pertenece a otro ámbito distinto y cruel. Aquí, a la sombra de esta paz, serenamente contemplo la vida. Beso la tierra con una pasión telúrica y aspiro la fragancia salvaje de la huerta. Miro el azul intenso, poseído por un vértigo primario, y siento la totalidad abrasándome por dentro, como una tormenta de música, como una luz líquida. Cierro los ojos, abatido por la felicidad. Y lloro.

   Se diría que el tiempo no existe. Huyo hacia atrás, extraviado en un laberinto de recuerdos, sensaciones y olores. Veo a mi padre a lo lejos, segando avena con la hoz, el carro con la yegua, hombres con azadas y sombreros de paja hablando de cosechas y de ganado, veo a mi hermana jugando con muñecas de trapos viejos, a mi abuela rezando rosarios detrás de la puerta con cristales un día de invierno con lluvia. Veo a mi madre, a la vuelta del colegio, un día de mayo, esperándome con los brazos abiertos como ramos de luz.

   Sé que no hay distancia imposible para los sueños y el regreso a la niñez, que es una patria a la que siempre se regresa, el sagrado paraíso donde residen los dioses. Y sé que regreso para escapar de mi propio naufragio y no volverme loco, porque me resulta insoportable la mezquina existencia de los hombres, y su terrible mediocridad.

   Y desde tu inocencia miro las estrellas.