EL GUANTE VERDE

Una novela de Mila Aumente

J. R. Barat

     Fue Miguel de Cervantes quien nos aleccionó sobre la labor espiritual de la literatura. El inventor del Quijote, hombre sabio como pocos, dijo aquello de “La pluma es la lengua del alma”. Seguramente, y aunque no lo sepa, nuestra autora, Mila Aumente, es una disciplinada alumna suya. Porque Mila empuña la pluma de tal manera que en ese acto de creación literaria se deja algo más que la vida: se deja los sueños.

     “Mi infancia fue del color que yo elegí: nunca le puse tonalidad. Optaba, simplemente, por el color que sentía ese corazón alegre, despierto y soñador, que latía en mis adentros”. Son palabras de María, la protagonista El guante verde.

     Por lo que respecta a Mila Aumente, si fuera un color sería probablemente el color blanco. Con todo lo que ello significa.

     De ella podemos decir que nació en Madrid hace unos años y que desde su más tierna infancia sintió atracción por la literatura y por la música. Escribe desde siempre, porque para Mila Aumente, escribir es una necesidad, como respirar, como amar o como sonreír. Sin embargo, y a pesar de esta inclinación natural por la palabra escrita, será en la madurez cuando M. A. empiece a ver publicados sus primeros textos en diversas revistas y antologías, tales como Tirano Banderas, Atmósferas o La Asociación Literaria Calíope, entre otras. Con todo, su verdadera puesta de largo literaria no se producirá hasta la primavera del año 2011, momento en que verá la luz su primera novela, El funeral de un cobarde, una obra que cosechó el aplauso entusiasta de lectores y críticos.

    La dedicatoria con la que se abre la novela El guante verde, después del acertado y breve prólogo de María Paloma Aznar, es reveladora: “A mis dos amores: el real y el platónico”. Reveladora porque, de alguna manera, estas palabras adelantan cuál va a ser el quid de la cuestión, el leit-motiv que late en las 248 páginas de la trama en todo momento, la dualidad que azota al corazón de todo ser humano: la realidad y el deseo, la verdad y la fantasía, lo que es y lo que podría haber sido. El Amor con mayúsculas. Porque el Amor es, fue y será siempre el tema esencial en la literatura de Mila Aumente. Su protagonista nos dice: “vivir sin amor produce ansiedad y el mayor de los vacíos”. San Agustín lo había dicho de otra manera: “La medida del amor es amar sin medida”.

     Tras la dedicatoria, que es, en esencia, una declaración de intenciones, las palabras de Cortázar, Benedetti y Sartre nos dan la bienvenida y nos invitan a abrir la primera página de la historia de una mujer llamada simplemente María.

      Tan pronto como empezamos a leer, nos encontramos de bruces un ser sensible y romántico, María; una mujer que fue una adolescente de sueños contradictorios, alegre y soñadora, que siempre esperó la llegada de un “príncipe azul”, como en los cuentos de hadas que leía de niña, que soñó con la aparición de un hombre con el que fundar un hogar, una vida de amor y con el que compartir los sueños y las ilusiones; una vida en la que ella sería esposa y madre, serenamente feliz… Pero, por otro lado, esa misma muchacha alegre y soñadora, deseaba convertirse al mismo tiempo en una mujer independiente, atrevida, libre, viajera, cosmopolita, culta…Y aquellos anhelos místicos, aquellas esperanzas juveniles, irían conformando un alma en la que se alternaban, a partes iguales, luces de autonomía y sombras de tradición. Aventura y riesgo, junto a silencio y sosiego.

        El guante verde se divide en dos partes. La primera de ellas ocupa la casi totalidad de la novela. La segunda parte es, en realidad, un epílogo.

         El grueso narrativo está, a su vez, dividido en dos tiempos: el tiempo de la realidad y el tiempo de la memoria. Digámoslo de otra manera: el eje sobre el que se vertebra la estructura temporal del relato es una fecha concreta: el uno de enero de 2000. Es el día en que María, nuestra protagonista, cumple 40 años. Poco a poco, página a página, van transcurriendo las horas, que marcan los diversos capítulos: 1 de enero: 11:30 horas. 1 de enero: 14:30 h. 1 de enero: 20 h. etc. Pero mientras las horas van pasando y María nos narra lo que sucede en ese día tan señalado (nervios, invitados, bebidas, música, risas, felicitaciones…), hace pequeños paréntesis para viajar a través de los recuerdos hasta otras épocas de su vida. Es decir, el narrador intercala excursos al pasado, con lo que el relato avanza y retrocede continuamente, y el lector-espectador asiste a un doble plano, a la contemplación de dos líneas temporales paralelas.

        Mientras María celebra su aniversario, ocurren varios hechos que marcarán un antes y un después definitivos en su vida. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer dijo en cierta ocasión que los primeros cuarenta años en la vida de una persona forman el texto; y los otros cuarenta, el comentario. Pues algo así, le sucederá a nuestra heroína. El día que cumple los cuarenta años, y merced a una serie de acontecimientos inesperados, ocurre algo inesperado. Algo definitivo. A partir de ese momento, la vida de María ya nunca será la misma. Pero para que tal cosa suceda, el lector deberá haber conocido, mediante esos continuos viajes al pasado, quiénes fueron los personajes que condicionaron su vida, los que han llevado a María a ser quién es y sentir lo que siente.

     Nuestra protagonista es psicóloga. En su consulta intenta ayudar a personajes variopintos, todos hombres, cuyas vidas tienen algo en común: el fracaso. En un acto de bondad, María los ha invitado a su aniversario. Y los pacientes acuden a la celebración por gratitud, por cariño, por sentirse en deuda con ella. Allí están también los familiares, los padres, los hermanos, las cuñadas, los amigos… Y hasta dos policías que acuden a la fiesta por motivos que no conoceremos hasta el mismísimo final de la obra y que también representarán un papel protagonista. Mila Aumente nos escamotea sabiamente el por qué de la presencia de esos dos agentes de la ley en su fiesta. Con pericia narrativa, va demorando el momento en el que se desvelará el desenlace, completamente inesperado: “Un tiempo limitado de gozos sin sombras con puntos suspensivos como final.”

          En efecto, ahí están los pacientes de María, como peces fuera del agua, hablando entre ellos, discutiendo, lanzándose a la cara sus miserias, golpeándonos con sus respectivas derrotas. Marcelino está intentando superar su ludopatía: “Yo llevo cuatro días sin ir al bingo”. Otro, irritado consigo mismo, replica: “Soy una mierda; él ha podido controlar su vicio, porque tiene cojones; no como yo, que no he conseguido dejar de beber alcohol ni un solo día”. Celso es barrendero municipal. Está solo y deprimido, porque se pasa la vida “barriendo la mierda que tiran otros al suelo”. Rodrigo no puede evitar una agresividad terrible contra todo el mundo; en especial contra las mujeres. En un momento de furia incontenible exclama: “Mi mujer me dejó, porque todas las mujeres son unas putas”. Álvaro es homosexual, está casado y tiene tres hijas, a pesar de que jamás ha hecho el amor con su mujer. Anselmo está angustiado porque la relación con su esposa es insoportable: “Pretende dirigir cada minuto de mi vida. Para vivir con una mujer así es mejor morirse”. Los ojos de Javier brillan de un modo desalentador. Han sido más de veinte las mujeres que lo han abandonado, desde su adolescencia hasta los 33 años que tiene. Es un hombre sencillo, tierno, romántico. Rodrigo, con su habitual brusquedad le dice: “Tú sigue escribiéndoles poemitas de amor, que te las van a dar bien dadas. A las tías hay que atarlas corto: que tengan muy claro quién tiene las riendas de la casa. Para algo nos vestimos por los pies.” Un poco más allá, está Mauricio, que sufre un trastorno obsesivo-compulsivo; es un acosador nato y no admite ser rechazado por ninguna mujer. Está casado y tiene dos hijos. Trabajaba como profesor de literatura y se dedicaba a perseguir a las alumnas. Está hundido en la más absoluta miseria. Felipe llevaba casado 40 años con su esposa, cuando un buen día, de repente, descubrió que no era feliz con ella… Consumía sus horas nocturnas bajando de Internet la música que escuchaba en su juventud, llenando los ceniceros de cigarrillos, viendo alguna de sus series favoritas y películas pornográficas que le servían como estimulación de su sexualidad congelada… Teodoro tiene veintiocho años y lleva desde los veinte siendo consumidor de heroína. De Ezequiel se nos dice que perdió su casa y arruinó a su familia por la adicción al póker. Ahora vive literalmente en la calle. Se mantiene de la caridad de los amigos y conocidos; acude todos los días a los comedores sociales.

       La derrota existencial de la mayoría de estos desdichados obedece, muchas veces, a la derrota anterior sufrida por padres, madres, hermanos… Por ejemplo, el caso de Teodoro. Es una persona entrañable, pero proviene de una familia desestructurada: es hijo de un padre alcohólico y amargado, y de una madre sufridora y víctima de malos tratos físicos. Su único hermano, tres años mayor que él, murió a consecuencia de una sobredosis de heroína inyectada en vena.

     Junto a todos estos personajes, encontramos a otros dos que juegan un papel fundamental en la obra: Demetrio y Roberto. Demetrio, casado y con hijos, se ha pasado la vida enamorado de una mujer que no es su esposa. Se trata de la primera novia que tuvo, y que lo abandonó el día antes de la boda para irse con otro. Jamás ha podido olvidarla. Su vida se ha convertido en un infierno. Y precisamente es Demetrio el personaje con el que abre la novela: “El día 23 de diciembre de 1999, a las ocho de la mañana, Demetrio se ahorcó en el cobertizo de la casa de su abuela con una vieja soga que encontró en un rincón del habitáculo”. La muerte violenta de Demetrio inicia el paréntesis de la reflexión en la vida de María. A partir de ese momento, la protagonista nos cuenta su vida. Será Roberto quien cierre ese paréntesis, al final de la obra. Igualmente con su muerte. Una muerte también inesperada y violenta. Roberto fallece en la calle, en pleno invierno, de noche, sólo, abandonado por todos, con un extraño ramo de flores en la mano. Y María tendrá que ir a reconocer su cuerpo al depósito de cadáveres, la misma noche de su fiesta de cumpleaños. Entre la muerte de Demetrio y la de Roberto apenas transcurre una semana: de la noche del 23 de diciembre a la noche del uno de enero, de Nochebuena a Nochevieja. Dos muertes: una vida.

     María es el hilo conductor, el hilo que va cosiendo los avatares de la trama. En medio de tanto personaje frustrado, de tanta vida derrotada, María nos va contando su existencia. Así, intercalando pequeños recuerdos, breves flash-back, conocemos su vida. Tirso fue el novio de la adolescencia, el empollón del colegio, con quien soñó perder la virginidad en aquella excursión juvenil al lago, la tienda de campaña, la noche bajo la luna… Todo conspiraba para que ella conociera las mieles del sexo con aquel chico atractivo, que sólo mostraba interés por los minerales y los insectos. Primera aventura amorosa, acabada en fracaso. Luego llegaron uno tras otro Roberto, Toni, Jaime, Mario, … Cada uno dejando en el cuerpo y en el alma de María las cicatrices que dejan las relaciones humanas mal cerradas. Porque, como dice la autora, “todo ser humano, durante su paso por la vida, almacena recuerdos propios y ajenos, y ese archivo de sensaciones influye en el desarrollo de su personalidad”.

     María indaga en el alma de todos sus pacientes, en el alma de todos sus amantes, en el alma de sus amigas y de sus familiares. Está convencida de que “el mundo interior de las personas no tiene límites. Cada individuo posee varias personalidades y las pone en práctica según la situación creada”.

     Resulta evidente la pasión por la música de nuestra autora. La novela ofrece un repertorio amplísimo sobre cantantes, grupos musicales, baladas, canciones de los años 70 y 80. Una verdadera enciclopedia sobre la música de una época muy concreta: la de los años de la transición política en España. Así, oímos hablar de The Moody Blues y sus Noches de blanco satén. De los Rolling Stones, de Los Secretos, Los Buenos, de Tom Jones, de los Beatles, de Rita Pavone y su canción Cuore, de Carlos Gardel y su espléndido Tomo y obligo… También se nos revelan las aficiones literarias de la autora, que no duda en citar aquí y allá autores, libros, novelas: Emile Zola, Máximo Gorki, Hermann Hesse y su novela Demian… Y entre música y literatura, entre terapias de grupo y confesiones personales, y amores y tristezas, María reflexiona y medita sobre la vida y cuanto la rodea, de tal manera que la obra es también un breviario de aforismos, máximas y sentencias filosóficas: “Nadie puede alcanzar la felicidad, ni siquiera acercarse a ella, si seguimos un camino trazado por otros”. O esta otra: “no se puede amar a quien no se admira”.

     Cualquier momento es bueno para la reflexión, la música, la soledad. “La noche acontecía tan triste como escuchar una canción de Leonard Cohen tras los cristales de una ventana en un atardecer de aguacero silencioso”.

                   Si María se dedica a bucear en el alma de los hombres que pasan por su vida, no es menos cierto que en la novela se produce un amplio registro de personalidades femeninas dignas de estudio psicológico.

                   Blanca, la mujer de Roberto, es una mujer despótica, nada romántica, de carácter completamente opuesto a su marido, a quien acaba amargando.

     Silvia, a pesar de los años, sigue siendo una jovencita alocada. Es tan grosera y vulgar que confunde a los hombres con hortalizas. Haciendo referencia a uno de ellos exclama: “Entre todos los pepinos que he probado, éste es el de mejor calidad”.

      Alicia es observadora, pensativa, sumida siempre en su propio mundo. Le gusta escribir poesía y relatos basados en historias de amor que atribuye a su vida personal, ya sea la real o la imaginaria. Como vemos, es un “alter ego” de la propia autora.

        Susana muestra siempre un semblante melancólico. Ha tenido poca suerte en la vida. Ya desde el colegio estaba abocada al fracaso.

        Sobre su progenitora, María exclama: “Mi madre mostraba un gesto de resignación, nostalgia y soledad. Como casi todas las mujeres de su generación, estaba envejeciendo al lado de un hombre que más que su marido parecía su amo y señor. Un hombre al que había ofrecido su juventud y su vida sin pedir nada a cambio.”

        La cuñada, Sara, es charlatana y poco inteligente. Clasista y estúpida.

       María escucha a unos y a otras, conversa con unas y con otros. Toma nota. Medita. Saca sus conclusiones, siempre teñidas de un tono filosófico. Sus reflexiones nos llevan a cuestionarnos todo lo que conforma el existir humano. “La juventud, cuando no existen cargos emocionales de por medio, se vive con un empuje desenfrenado. Un día cualquiera te das cuenta de que has adquirido compromisos y te sientes secuestrado como un pájaro en su jaula”. Y de todas esas reflexiones sobre la vida, el tema sobre el que vuelve con insistencia la protagonista es el amor. Porque como dijera Platón: “Donde reina el amor, sobran las leyes”. Tal vez sea cierto. María nos advierte: “Con frecuencia confundimos el verbo amar con el verbo querer”. Pero la novela es mucho más que una reflexión sobre el amor. Sobre el paso del tiempo, por ejemplo, hay pensamientos profundos a lo largo de la novela: “la ignorancia es un estado positivo de la vida y la juventud, la única etapa en la que se disfruta en plenitud. No me gusta la madurez. Sólo sirve para ser consciente de la crueldad del mundo”.

      De la mano de María realizamos un viaje hacia el corazón de ser humano. “Es difícil encontrar la armonía entre la realidad y el deseo. La realidad es todo aquello con lo que convivimos, ya sea ficticio o real. Nada es más verídico que las sensaciones que manifiesta el cerebro ante el estímulo de nuestras fantasías. En cuanto al deseo, poderosa inclinación de la voluntad, es un hecho inevitable. Cuando alguien siente algún deseo irrefrenable, ningún sueño transitando por la imaginación puede pararlo”.

     Sería bueno que nos sirviéramos un whisky con hielo, bajáramos la luz de la lámpara y nos sentáramos en el sillón del salón, dispuestos a escuchar tranquilamente I´ve been living you too long, de Otis Redding. O acaso, Cuando un hombre ama a una mujer, de Percy Sledge. Baladas escritas, interpretadas y cantadas para celebrar el amor. Tal vez tras el primer trago o el primer compás musical, comience a llover tras la ventana. Tal vez entonces abramos el libro de El guante verde, por una página cualquiera, y leamos aquello de: “Todos nacemos con el destino escrito y de nada sirven las divagaciones y el querer escondernos de la realidad que nos acecha”. Quizás sea el momento de tomar un segundo trago. La música ha finalizado. Reina el silencio. Volvemos a abrir por otra página cualquiera: “Todo ser humano posee una fuerza en su interior capaz de levantar las raíces más profundas. Sí. Todo ser humano, en algún momento de este a veces complicado caminar, debe aparcar sus miedos, detenerlos contra muros de peso, enfrentarse a sus propios fantasmas, hablar con ellos y, si es preciso, retarlos”.

     Alguien dijo una vez que un libro que no merecía la pena leerse dos veces, no merecía la pena ser leído una sola vez. Seguramente estaba en lo cierto. El guante verde es, sin ninguna duda, uno de esos libros que leeremos más de una vez a lo largo de nuestra vida. Un libro lleno de personajes complejos y de reflexiones inteligentes.

      Un libro indispensable.

                   11 de abril de 2014

                   Juan Ramón Barat