MORISCOS, EL LINAJE PERDIDO

Una novela de Montse Cano Guitarte

J. R. Barat

   Si Jaime Gil de Biedma hubiera leído Moriscos, el linaje perdido habría dicho de muy buena gana: “¿Y qué decir de nuestra madre España, /este país de todos los demonios / en donde el mal gobierno, la pobreza / no son, sin más, pobreza y mal gobierno, / sino un estado místico del hombre, / la absolución final de nuestra historia?”.

   Biedma habría dicho eso y acaso algo más, porque la tragedia de los moriscos españoles principios del siglo XVII sólo es comparable a la tragedia de aquellos pueblos, civilizaciones o grupos humanos que, víctimas del dogmatismo y la intolerancia, han terminado por desaparecer en cualquier encrucijada del espacio y del tiempo.

   Hablar de los moriscos es hablar de un pueblo que habitaba España desde principios del siglo VIII de nuestra era. Ochocientos años. Algo más de 50 generaciones.

   Corría el mes de septiembre del año 1609 cuando nuestro rey Felipe III mandó publicar el primer decreto de expulsión. Un decreto que afectaría a unas 350.000 almas. De manera escalonada, los moriscos fueron obligados a abandonar la península. Primero, los de Valencia; luego, los de Andalucía, Extremadura, las dos Castillas, Aragón, Cataluña; por último, en 1613, los de Murcia. Más de cuatro años con edictos reales, memoriales de los obispos, condenas de los inquisidores, advertencias de los letrados, amenazas de unos y torturas de otros. Cuatro largos años de extorsión despiadada en el nombre de Dios Todopoderoso.

         “centenares de moriscos muertos por los caminos… las tropas del rey eran incapaces de contener la rapiña de algunas partidas de cristianos viejos que salían a los campos con sus armas y se daban a la caza de cuantos moriscos encontraban sin protección, como si se tratase de bestias salvajes”.

         “A Martí le estremecían los relatos de lo ocurrido en Onda y la Sierra de Espadán, de los hombres esclavizados o condenados a galeras, de las mujeres violadas antes de ser asesinadas y los niños degollados”.

   La novela que hoy nos presenta Montse Cano no es una obra de ciencia ficción, por desgracia. En el nombre de Dios Todopoderoso, los sacerdotes obligaban a las madres y a los padres que partían a dejar a sus hijos en España. Las señoras cristianas se acercaban a las familias moriscas que tenían niños pequeños y rogaban a los padres que les entregasen a sus hijitos para educarlos en la fe verdadera y permitirles alcanzar así la salvación.

         “Ya está bien de lamentos –gritó el comisario-. Que se cumpla la ley según lo establecido: que todos los moriscos adultos de la familia salgan inmediatamente con los demás. Los cinco niños pequeños serán entregados a quien fray Jeroni decida en las condiciones que manda el decreto. ¡Vamos, en marcha!”.

   Desde la primera página, el relato sobrecoge por la tensión narrativa. Montse Cano se nos muestra como una analizadora del alma humana y hace gala de una prosa bellísima para describir sin ambages escenas que conmueven por su patetismo al lector más exigente. La novela abunda en párrafos de una exquisitez literaria incontestable:

         “El dolor de todos ellos se convirtió en una sustancia palpable y viscosa que impregnó la tierra, apagó el aroma de las madreselvas colgada de una tapia, empañó los claveles encarnados que crecían en un rincón, embadurnó las fachadas de las casas y se pegó a la piel de los asistentes a la escena. Martí se sintió sucio, no por permitir aquello, puesto que nada podía hacer para evitarlo, sino por el simple hecho de presenciarlo. Le pareció ver la injusticia y la maldad, dos regueros verdes que partían de los pies de fray Jeroni, filtrándose a través del suelo y depositándose en las fuentes y las acequias para que las gentes y las plantas se contaminaran de ellas”.

   En el reino de Valencia, donde si sitúa nuestra novela, la expulsión morisca supuso una pérdida del 33 % de la población. Un tercio. Una catástrofe que trajo consecuencias humanas y económicas tan terribles que el país tardaría muchas décadas en recuperarse. Si es que alguna vez lo hizo.

   Montserrat Cano emplea un estilo rico en matices de ambientación y en descripciones de época. Valga como ejemplo de esta afirmación, la riqueza del léxico empleado: “alfatimí, zala, niah, fayr, maghrib, alarbe, alfoz…”. Asimismo, recrea el mundo agrario con una precisión matemática. Nos explica en qué época se hace el membrillo, cuándo es el tiempo de plantar el algodón, en qué mes se cosechan estas frutas o aquellas verduras. Por los renglones de la novela desfilan tartanas, falúas, setos de arrayán, gallinas en salsa de azafrán y almendra, zorzales, alcaraveas… Como una escritora naturalista, consigue reflejar un mundo en el que cohabitaban en paz y armonía los cristianos y los musulmanes que se habían bautizado una vez concluida la Reconquista. Muchos de ellos continuaban con sus costumbres y sus tradiciones. Ello se reflejaba en los vestidos, en la gastronomía, en las relaciones sociales… Es cierto que algunos seguían profesando en secreto la fe de Mahoma, pero a nadie importaba demasiado porque la vida discurría sencilla y placentera. Cristianos viejos y cristianos nuevos convivían sin problemas, se mezclaban, se casaban entre sí, compartían hijos, esperanzas y frustraciones, fiestas y fracasos. Rezaban en común. Celebraban la vida codo con codo, como hermanos de sangre.

   ¿Por qué, pues, estalló aquella espiral de violencia? ¿Por qué, de pronto, afloraron como fieras salvajes el acecho, la maledicencia y la delación? ¿Por qué brotó, como una flor maldita, la crueldad? ¿Cuáles fueron las causas de semejante atrocidad histórica?

   Los historiadores han intentado explicarlo.

 Primer argumento: tras un siglo de conversión forzada, los moriscos continuaban formando un grupo social más o menos “al margen” y muchos seguían practicando sus ritos islámicos, aunque de un modo que podríamos decir testimonial.

   Segundo argumento: tras la rebelión de las Alpujarras de Granada, cuarenta años atrás, se había generado un clima de desconfianza hacia ellos. Sobre todo, por las continuas incursiones de piratas berberiscos, muchas de las cuales era propiciadas y celebradas por la propia población morisca. Los gobernantes españoles hablaban del “problema morisco” y no tardaron en considerarlos una “quinta columna” y unos potenciales aliados de nuestros más encarnizados enemigos de la época: el imperio turco otomano y los franceses.

  Tercer argumento: la recesión económica de 1604, ocasionada por una disminución alarmante de los recursos procedentes de América, lo cual acentuó el ansia de rapiña.

   Cuarto argumento: la radicalización del pensamiento de muchos gobernantes religiosos después de la imposibilidad de acabar con el protestantismo en los Países Bajos.

   Quinto argumento: tras la expulsión de los judíos españoles, un importante sector de la nobleza y de la Iglesia deseaba una real homogeneización del país, lo que serviría para ratificar la cristianización de los reinos de España. El viejo sueño de los Austrias: una sola lengua, una sola raza, una sola religión.

   A pesar de todo, había muchísima gente poderosa absolutamente contraria al edicto de expulsión. Ciertos estamentos eclesiásticos abogaban por la serenidad y la tolerancia como mejores armas para la cristianización. No se podía cambiar la historia de un día para otro, decían quienes defendían esta postura. Pero también había razones económicas. Los nobles, cuyas tierras trabajaban los moriscos en régimen de semiesclavitud, veían con horror la posible expulsión, lo cual acarrearía el abandono de los campos y la ruina.

   Unos pocos años antes, en 1599, el rey, don Felipe III, había escrito una carta al arzobispo de Valencia, San Juan de Ribera -un acérrimo partidario de la expulsión-. En ella, nuestro monarca proponía evangelizar a los moriscos mediante la predicación y la paciencia. Además, esta carta real se acompañaba de un edicto de gracia, promulgado por el Inquisidor General.

   Pero esta evangelización fue llevada a cabo con excesivo rigor inquisitorial, ya que los predicadores enviados por el patriarca Ribera se dedicaron a atacar, amenazar, castigar y aterrorizar a los moriscos, haciéndoles la vida literalmente imposible. Uno de los más encarnizados verdugos fue un fraile siniestro llamado Jaime Bleda.

   Ambos, San Juan de Ribera y Jaime Bleda, enviaron innumerables pliegos al rey y al Tribunal del Santo Oficio en términos apocalípticos. “He de ver en mis días la pérdida de España”, se lamentaba amargamente Ribera. “Esos herejes pertinaces y traidores a la Corona Real”, alegaba Bleda.

   La animadversión atizada casi siempre desde el púlpito por curas, obispos, abades y frailes fanáticos iba prendiendo poco a poco. Fray Jeroni –un ferviente sicario de Ribera y Bleda- predicaba el odio en sus sermones inflamados:

         “¡Mirad, vosotros, buenos hijos de la Santa Madre Iglesia y fieles servidores de su Majestad, mirad a los herejes que os rodean y preguntaos por qué son más ricos que vosotros! No es porque su Majestad y vuestro Arzobispo os aprecien menos que a ellos, todo lo contrario, pues los impuestos con que castigan su impiedad son mayores que los que a vosotros se os aplican con justicia cristiana y por el bien de estos estados. No es tampoco porque Dios los proteja, pues ese Mahoma al que rezan es un ídolo falso arrojado a los infiernos por Nuestro Señor Jesucristo. No. No son esas las razones de su injusta prosperidad. Son más ricos porque el diablo inspira sus acciones y porque vosotros, sus vecinos, que todos los días veis y sabéis cuáles son sus intenciones, no hacéis nada para evitarlo. Son ricos porque mienten y engañan en todo, pues tal es su despreciable naturaleza. Dicen que cuidan la tierra mejor que vosotros y comparan los abundantes frutos que obtienen de sus pobres huertas con los muy escasos que sacáis de las que os pertenecen. ¿Creéis acaso que sin sortilegios y venenos tal cosa sería posible? Excusan su riqueza afirmando que son sobrios y frugales, pero sólo los mueve la avaricia y viven miserablemente escondiendo su dinero para emplearlo en destruir el reino. Se multiplican sin freno porque no practican ninguna clase de celibato, y hasta esos que hacen las veces de sacerdotes secretos de su secta tienen mujeres e hijos. No sirven en los ejércitos que defienden nuestra santa religión en las tierras de herejes. Y vosotros, que os decís honrados católicos, permitís que esto suceda a vuestro alrededor y no hacéis nada por evitarlo”.

                  

   El 30 de enero de 1608 el Consejo de Estado tomó la decisión de acabar de una vez con el problema morisco, aprobando el decreto de expulsión. Tal vez, lo que decantó la balanza a favor de esta postura fue el cambio de opinión del duque de Lerma, valido principal del rey, que arrastró a los demás miembros del Consejo. Las razones de este cambio parecen estribar en el hecho de que el propio duque de Lerma, así como los señores de los moriscos, recibirían, como compensación por la pérdida de la mano de obra, los bienes muebles e inmuebles de los mismos vasallos obligados a abandonar España.

   Montserrat Cano dispone, pues, de un espléndido material para confeccionar un retablo histórico extraordinario. Arzobispos, inquisidores, reyes, señores, campesinos, piratas, cristianos viejos y nuevos, sacerdotes, secretarios, espías, guerreros, soldados, marineros, mercaderes, salteadores de caminos, revolucionarios. Hombres y mujeres de muy diversa condición que forman el mosaico de una España azotada por el fanatismo, la intransigencia y la barbarie más atroces.

   Al igual que Unamuno, Montserrat Cano aboga por la intrahistoria. Es decir, la historia en minúscula, cotidiana, pequeña, insignificante, de unos seres humanos de los cuales, lamentablemente, ya no queda rastro ni memoria.

   La historia que nos cuenta Montse Cano arranca en una pequeña población situada entre Gandía, Alcoy y Onteniente, algo alejada del mar. Una población regada por el río Serpis, rica en árboles frutales, en frondosas huertas, en montes abruptos y valles de hermosura inigualables. Con sabia pericia, la escritora nos escamotea el nombre de este lugar imaginario situado en la sierra de Benicadell. ¿Beniarrés, Gaianes, Benimarfull? No importa. Pudo ser cualquier población de lo que hoy conocemos como Comunidad Valenciana. Y por extensión, cualquier población española, porque el problema morisco fue un problema que afectó a toda la península. Un lugar, pues, pequeño, habitado por personajes sencillos y humildes, que nacen, crecen, se multiplican y mueren, sin que la Historia (con mayúsculas) sepa de su existencia. Pero esos seres anónimos, diminutos, intrascendentes, de la mano de Montserrat Cano, de repente adquieren dimensión de protagonistas, de héroes, de personajes simbólicos que pueden asumir o no su destino. Dimensión de personajes zarandeados por el azar, cuya tragedia es, de alguna manera, por lo obscena e inicua, la tragedia de la humanidad. Nuestra propia tragedia.

   Ya en las primeras líneas, Montserrat Cano esboza la que será la primera de las innumerables desgracias que salpican las casi cuatrocientas páginas: Martí Jover y Sebastià Parecent son amigos desde siempre. Han nacido en el mismo pueblo, han correteado por las mismas calles y plazas, han compartido sueños y juegos. Son uña y carne. Pero uno es morisco y el otro, cristiano. La historia los sorprende cuando están a punto de abandonar la infancia. Y pronto van a darse cuenta de que sus destinos están condenados a separarse. Corren malos tiempos para la amistad.

   Pero, lógicamente, la novela que traza Montserrat Cano, va más allá. El joven y valeroso Martí conocerá el amor, un descubrimiento que le hará tomar conciencia por primera vez de su fragilidad y de la fragilidad del mundo que lo rodea. Conocerá también las diferentes maneras de enfrentarse a la intolerancia y al horror. Sus hermanos y sus conocidos tomarán decisiones diferentes cuando se vean desbordados por los acontecimientos: desde la sumisión y la aceptación de la fatalidad, hasta la rebeldía y la conspiración, pasando por el odio y el dolor, la huida o el suicidio.

   Personajes inolvidables comienzan a desfilar por las páginas: los hermanos Jover, apasionados y soñadores, Alfonso López, espía y conspirador, la hermosa Joanna, la inteligente Mercé, el terrible fray Jeroni, el fiel Bernat Ros o el ansiado Guerrero Verde…

   Mientras cada uno de estos personajes intenta adaptarse a las circunstancias, salvarse o perecer, las estaciones se siguen sucediendo, con su cadena de muertes, bodas, nacimientos, rencillas familiares, pactos, miedos, esperanzas y desilusiones. Poco a poco, el mundo de Martí Jover comienza a desmoronarse sin que él pueda hacer nada por impedirlo. Sin que pueda alcanzar a comprender el origen de ni las causas de tanta desgracia.

  La novela está estructurada en ocho capítulos, sin numerar, que presentan títulos muy sugerentes: “El minuto anterior al comienzo de la lluvia”. “Los vigilantes”. “Designios del cielo”. “Pasos hacia la nada”. “Decretos de la tierra”. “Sin tiempo”. “Los nombres del mundo”. “El guerrero verde”. Cada uno de estos capítulos, a su vez, se divide en secuencias que van tituladas, a modo de diario, con una fecha, indicada en cristiano y en árabe: 23 de septiembre de 1609-23 de Jumâda Ath-Thânî de 1018.

   La historia se inicia en julio de 1602 (Muharram de 1011 según el calendario morisco), y termina aproximadamente hacia 1620. Dieciocho años vitales de nuestra historia. Martí Jover, el protagonista, tiene once o doce años al comenzar la trama. Es un niño inocente y confiado que juega en la huerta, salta las acequias, corretea por los campos de verduras. Cuando termina la novela, Martí Jover se ha convertido en un hombre de 30 años, casado y con varios hijos. Y pocos hombres habrán vivido tanto en tan pocos años.

   Concluyamos diciendo que para contar una buena historia como Moriscos, el linaje perdido no sólo hacen falta unos buenos motivos, un buen tema o una buena documentación. Hace falta, sobre todo, una buena pluma. Una pluma capaz de caracterizar perfectamente a los personajes y extraer de ellos toda su dimensión humana. Una pluma capaz de esbozar unas descripciones que despertarían la envidia de escritores como Clarín o Pérez Galdós. Una pluma capaz de ahondar en los pensamientos, en las reflexiones, en el alma de los hombres y mujeres cuyas vidas se nos narran. Una pluma, en definitiva, capaz de elaborar un texto literario de una calidad sobresaliente. Como botón de muestra, recordemos el final del primer capítulo:

         “(Martí) Permaneció muchas horas quieto, tan dolorido que no podía pensar en nada concreto. Esto debe de ser la desgracia, se dijo en cierto momento, recordando conversaciones de los mayores, y esto el sufrimiento. Y tuvo la certeza de que aquel dolor ya no lo abandonaría nunca. La tarde había avanzado mucho cuando notó el olor a tormenta. A su espalda, por encima de los montes, encaramándose unas sobre otras, se aproximaban unas nubes plomizas, llenas como gigantescas botas de vino. Se levantó un poco de viento. Los restos de paja atraparon el leve aroma de humedad y ozono que venía del oeste. Todo cuanto lo rodeaba pareció ponerse en movimiento y murmurar. Susurraban los álamos en la vega del Serpis y los hierbajos secos al borde del camino. Volaron las agujas de los pinos en la falda del monte, se erizaron los cardos y la tierra seca se arremolinó levantando fumarolas. Y de pronto, cuando todo parecía caminar cantando, se hizo un silencio absoluto, la mudez más completa que Martí había notado jamás. El mundo entero se inmovilizó. Las nubes negras, que habían corrido hasta situarse sobre su cabeza, se detuvieron allí. Un rayo de sol se paró sobre los tejados de la aldea y los transformó en piedras rojas. El verde de los naranjos se convirtió en púrpura. Durante un minuto, un larguísimo minuto, el universo contuvo el aliento. Martí también. Luego se escuchó un trueno, hondo, lento, prolongado. Y comenzó la lluvia.”

                   Casa del Libro, Valencia

                   2013

R. Barat