LA VIDA APARTE, de Pascual Casañ

Presentación en la Librería Ramón Llull

Valencia, 24 mayo 2018

 

El libro de poemas La vida aparte, de Pascual Casañ, publicado por Ediciones El Desvelo, ha sido galardonado con el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego 2017, que auspicia y patrocina el Gobierno de Cantabria.

De Pascual Casañ habrá que decir que es un autor valenciano, profesor de Filosofía en la Universidad de Castellón, inspector de Educación de la Generalidad Valenciana y miembro de la Junta de Gobierno del Centro Valencia-Mediterráneo Unesco. No es de extrañar, pues, que un hombre de tal intensidad cultural e intelectual haya publicado una veintena de libros, la mayoría de ellos de raigambre filosófica. Como poeta, su trayectoria es muy reciente. Con anterioridad al libro que hoy presentamos, Casañ había hecho ingreso en la república de las letras líricas con el poemario Entre líneas, volumen con el que obtuvo el XVI Premio de Poesía Aurelio Guirao de Cieza, Murcia, y que fue editado en la colección de La Sierpe y el Laúd, en el año 2012. Su actividad poética se ve reconocida con la participación en diversas publicaciones corales y en algunas revistas. Casañ también ha coordinado las antologías Miradas para compartir la luz y Ártemis Poesía.

La vida aparte es un libro articulado en torno a dos mitades simétricas: “La distancia justa”, capítulo de atmósfera metafísica, y “Volver sobre tus pasos”, un sencillo homenaje a la nostalgia. Cada una de estas partes consta de quince poemas.

Lo primero que advertimos al penetrar en el universo lírico de Casañ es que nos hallamos ante una poesía de corte meditativo en la que se entremezclan la sutilidad del pensamiento y la agitación del alma. Máximas, sentencias y aforismos, en la línea de lo que podríamos llamar buceo epistemológico de autoconocimiento, se suceden, al hilo de la vida, mientras el tiempo transcurre, silencioso y fugaz, y la emoción de la plenitud vital oscila entre la exaltación existencial y el sentimiento de pérdida irrefrenable. Entre la aceptación extática y el canto elegíaco. “El mundo es una fragua oscura / donde se queman rostros e iniciales, cuerpos y aniversarios, / aquellos puentes que tendimos para cruzar la niebla”.

No se trata de una poesía narrativa. Ni siquiera descriptiva. Digamos más bien que la esencia de estas composiciones estriba en el silencio, en la elipsis como método de conocimiento, en la lítote como recurso retórico. Enumeraciones, paralelismos, estructuras esquemáticas e impresionistas, apenas una sutil insinuación velada, algunos símbolos (la noche o el invierno, por ejemplo) para armonizar una homilía poética de aceptación ante lo irremediable del acontecer humano. “¿Para qué toda esa culpa, piensas, si el mundo / solo es un sitio en el que detenerse a morir?”.

Casañ ahonda en la intimidad de sus certezas y sus miedos. Su viaje hacia el corazón de la noche interior lo hace a oscuras, ligero de equipaje, casi desnudo. Viaje emocionado a lomos de la memoria. Los recuerdos queman, pero también son un bálsamo. Y nadie queda al margen. Amores adolescentes (Scherzo de juventud), pueblos de la infancia (Dos Aguas), casa paterna, escuela parroquial, padres, amigos, objetos sacrosantos que conforman el conglomerado espiritual de una vida son recuperados, añorados, acariciados y llorados. Y es que el libro, al menos en la segunda parte, es un sentido planto por el tiempo ido. Por lo que nunca volverá. Una elegía “a ese mar del dolor que duele en las ausencias /, como suele doler un cuerpo mutilado”.

En efecto, el poemario se sustenta en anécdotas personales, en reflexiones cotidianas, en detalles biográficos. En una introspección permanente, sensual y desolada. El silencio es el compañero de viaje. Y la noche, el escenario privilegiado. Pascual Casañ se detiene en medio de un pasillo, ante un cuadro, junto a un mueble. Otea el entorno vital, como un animal que ha entrevisto un peligro, escucha sus propios latidos, aspira el olor del tiempo que se ha posado sobre una hoja, en el quicio de una puerta, en ese claroscuro que se apelmaza junto a la ventana.

Cabe destacar que la poesía de Casañ, con ser rabiosamente moderna, echa sus raíces en la tradición clásica. Recordamos al Quevedo del desgarrón existencial. Aquel que nos gritaba “soy un fue y un será y un es cansado”. Casañ nos lo dice de otro modo: “Lo que has sido, lo que eres en este mismo instante, y aquello que tal vez un día seas”.

Y para traducir esa zozobra íntima al lenguaje de los signos humanos, Casañ se sirve de los recursos que le proporciona la mejor poesía. Abundan las paradojas (“su claridad se dice sin decirse”), las antítesis, los símbolos, las sinestesias (“observa este silencio”), los zeugmas, anáforas o epanadiplosis, como una lluvia de felices hallazgos expresivos. Y todo sujeto a una cadencia rítmica impecable en la que se encadenan, como en una melodía infinita, los eneasílabos verlenianos junto a los endecasílabos y los heptasílabos del mejor Juan Ramón Jiménez.

Con todo ello, nuestro poeta intenta definir lo indefinible, narrar lo inefable, hacernos partícipes de esa experiencia casi religiosa que es palpar el tiempo en su pasar, aferrarse al hilo candente de un recuerdo, penetrar en el santuario apacible de la aceptación existencial, porque a pesar de todo, “la vida suena, ciega y feliz, como un haz de energía que hostiga sus extremos”.

En definitiva, se trata de un hermoso libro, construido con paciencia artesanal, a golpe de emociones, con cincel preciso. Poesía filosófica o filosofía poética en la que hallaremos momentos de plenitud lírica y de exquisitez literaria. Que nos hará meditar sobre el devenir del hombre en un mundo ajeno a él. Y que nos dará algunas de las claves de lo que es el vivir cotidiano.

Tal como el propio Casañ nos dice en uno de sus poemas: “Vivir es vadear la línea que nos une al olvido”.