La Cofradía de la Luna Roja

3 EL PALACIO DE BLANCANIEVES Desde luego, no era el palacio de Blancanieves. Se trataba de una casa bastante normalita, de piedra, tejas a dos caídas, ventanas, balcón y un gran huerto rodeado por una tapia de unos dos metros. La vivienda tenía tres cuartos, un salón comedor pequeño, la cocina y un baño ya en el patio. Una escalera estrecha, también de piedra, conducía a la parte superior. -¿Qué os parece? –preguntó mi padre, loco de alegría. -Un horror –respondí yo por lo bajo. Menos mal que mi padre no me oyó. O hizo como que no me había oído. El artesonado estaba formado por vigas de madera. Los operarios habían rehecho las paredes, cambiado las tuberías, arreglado las puertas y adecentado las losas del suelo. Era evidente que habían realizado un buen trabajo y habían conseguido instalar en el ambiente un cierto grado de confort. Los muebles, oscuros y antiguos, habían sido restaurados. Los pintores habían rematado la faena con los estucados, los zócalos y los decorados interiores. -¡Lo que hace falta ahora es un toque femenino! –exclamó mi padre, abrazando por el talle a mi madre. Mamá se dejó besuquear fríamente. -¡No seas zalamero! Él le dio un beso fugaz en los labios. -¡Vamos al huerto! Detrás del salón comedor y la cocina estaba la puerta acristalada por la que se accedía al patio. Este era mucho más grande que la casa. Unos pocos metros junto a la vivienda estaban enlosados, pero la mayor parte era de tierra. A la derecha, en primer término, había un pozo cegado con una enorme losa. Tres tiestos con geranios descansaban sobre él. Al fondo del huerto había una higuera y un almendro. En un rincón, a la izquierda, y junto a la tapia, crecía un granado salvaje. En realidad, el huerto era un terreno lleno de malas hierbas, piedras y flores silvestres. -¡Esto es una maravilla! –gritó mi padre, entusiasmado. Mi hermano estaba junto a mí, silencioso, mirándolo todo a través de sus gafas, sin mover los labios ni hacer un gesto, como si todo aquello no fuera con él. A Santi le cuesta transmitir sus emociones. A veces me pregunto si mi hermano no será un poco autista. O superdotado. Dicen que algunos superdotados son un poco autistas. O al revés, no me 7

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