La Cofradía de la Luna Roja
lengua. Fueron las tres horas más largas de mi vida. El pueblo apareció al fin, cuando yo me encontraba al borde de mi resistencia física. -¡Azanca! –gritó mi padre. Y señaló con la mano, como si fuéramos tontos. El pueblo estaba enclavado en la ladera de una montaña. Desde lejos, la primera impresión que me llevé fue desoladora. Se trataba de un conglomerado de casas del color de la tierra, destartaladas y viejas, una iglesia en la parte más alta del poblado con una torre, que debía de ser el campanario. Las casas se apiñaban sin orden ni concierto, como si hubieran caído rodando desde la cumbre de la montaña. Alrededor solo había pinos y más pinos, formando un bosque interminable que bajaba desde arriba y amenazaba con engullir la aldea. La carretera serpenteaba por la parte baja, como lamiendo las tapias y los portalones, y se alejaba en la distancia hasta perderse detrás de las curvas de la serranía. Me pregunté si no sería un pueblo fantasma. Uno de esos pueblos con las paredes de las casas medio derruidas, llenas de lagartijas, las malas hierbas creciendo por todas partes, los tejados vencidos por la lluvia y el viento. Pero no. Me equivoqué. Poco antes de llegar a las primeras casas, advertí que había vida en Azanca. Vi a un hombre paseando con un perro junto a la carretera. Luego descubrí a una mujer asomada a un balcón, tendiendo ropa. Casi al mismo tiempo, sorprendí a tres o cuatro niños corriendo detrás de una pelota en una calle. Llegamos a la plaza, el centro de Azanca, pero mi padre no se detuvo. El sol pegaba fuerte, pegajoso, insoportable. Algunos lugareños se ponían la mano sobre la frente, a modo de visera, cuando nos veían pasar. Debían de estar preguntándose quiénes éramos y qué íbamos a hacer allí, porque era evidente que pensábamos quedarnos mucho tiempo. Nuestro coche, cargado de maletas, equipajes y bultos, nos delataba. El pueblo era un laberinto de callejuelas mal trazadas y sin aceras. Por el cielo, limpio y sin nubes, volaban pájaros muy lejanos. Lo hacían en círculos, dando vueltas. Mi padre dijo que a lo mejor eran águilas o buitres. Mi madre soltó una carcajada. -¡No te rías! –repuso él, poniéndose muy serio-. Aquí hay jabalíes, zorros y cigüeñas. ¿Cómo no va a haber águilas y buitres? ¡Estamos en el corazón de la España salvaje! Mi madre dejó de reír. La pasión de mi padre, en vez de animarla, parecía desinflarla. -¿Y quieres que me sienta feliz en la selva? –preguntó ella con acidez. -¡Hija, qué fría eres! ¡Cualquiera que te oiga pensará que te he traído al fin del mundo! Mi madre estalló. 5
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