La Cofradía de la Luna Roja
2 AZANCA Terminó el curso. Santi y yo aprobamos todas las asignaturas. Yo soy una buena alumna. Suelo sacar sietes y ochos, algún nueve, y de vez en cuando, incluso, me ponen un diez. Bueno, también es cierto que en Educación Física no paso del cinco. Pero es que el Suarsenéguer lo máximo que pone es un seis. Sacar con él un notable es misión imposible. Mi hermano Santi, el asqueroso, no baja nunca del diez. ¡En todas las asignaturas! Es un cerebrito. Callado como un muerto, pero más listo que una comadreja. Mientras finalizaban las clases, en mi casa había revuelo. Mi padre estaba entusiasmado con la propiedad que habíamos heredado de mi bisabuelo Diego, a quien yo no recordaba haber visto nunca. Papá había organizado todo lo referente a su reconstrucción. Había hablado con albañiles, electricistas, fontaneros, pintores… Incluso se había desplazado hasta el pueblo, Azanca, en varias ocasiones para ultimarlo todo. Se le notaba exultante. No paraba de decir que íbamos a encontrar la paz, a descubrir un mundo nuevo, a respirar aire puro y no sé cuántas chorradas más, que a mi madre la hacían suspirar. Desde el primer momento me di cuenta de que a ella no la entusiasmaba la idea de tener una casa en un pueblo de mierda. Azanca no pasa de los cuatrocientos habitantes. A lo mejor, en verano llega a quinientos, como mucho. Bueno, eso era lo que se decía en internet. La última semana de junio, con el Ford Focus repleto de maletas, cajas, bolsas, mochilas, bultos, con la baca a tope, mi hermano y yo apretados contra las ventanillas, sin poder movernos, emprendimos el trayecto desde Madrid hasta Azanca. Mi padre tenía tantas ganas de llegar que no paró ni a estirar las piernas a mitad de camino. Recuerdo que hasta Cuenca la autovía era bastante buena y tanto Santi como yo pudimos sobrevivir. Pero a partir de Cuenca la carretera se convirtió en un infierno. Curvas, baches, socavones, barrancos, montes, desfiladeros, más curvas, más baches, más socavones, más barrancos, más montes, más desfiladeros, la sensación angustiosa de que no íbamos a llegar nunca a ninguna parte, de que nos habíamos perdido en una región que no aparecía ni en los mapas, la cara contra el cristal, las costillas machacadas por una caja que contenía sartenes y cacerolas. Mi padre comentaba lo azul que estaba el cielo, lo bonitas que eran las montañas, la hermosura de los pinos y la paz que se extendía a nuestro alrededor, mientras mi madre, Santi y yo íbamos sumidos en un silencio demoledor, como si los tres nos hubiéramos quedado sin 4
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