La Cofradía de la Luna Roja
-¡Perdóname, padre! ¡Yo no pude hacer nada por ella! ¡Estaba asustado! -¿Y a qué se refería? -¡Y yo qué sé! Cuando le comenté que yo no era su padre y que no sabía de lo que me estaba hablando me dijo que la culpa la había tenido el pozo. -Los viejos dicen cosas sin sentido. -Ya. Luego la enfermera le dio un calmante y se durmió delante de mí, como si estuviera solo. Me quedé un rato con él, viendo cómo dormía, hasta que la propia enfermera me anunció que la hora de visita había terminado. En el testamento nos deja la casa de Azanca. Somos los únicos herederos. Mamá se levantó. Fue a la galería y regresó con la escoba, el recogedor y el cubo de la basura. Se puso a barrer los trozos de porcelana en silencio. La lluvia sonaba en los cristales de las ventanas como una musiquilla de cristal. Papá se volvió hacia nosotros, que mirábamos la escena sin entender muy bien de qué estaban hablando. -¡Chicos! ¿Os apetece un veraneo en la sierra? Santi y yo nos miramos. A ninguno de los dos nos gusta mucho el campo. Santi es alérgico a los bichos y a mí me fríen los mosquitos. En una sierra habría millones de insectos. Sin necesidad de palabras, mi hermano y yo nos pusimos de acuerdo. -¿Es inevitable? –pregunté yo, arrugando la nariz. -¿Inevitable? –mi padre lanzó una carcajada exagerada-. ¡Es maravilloso! ¡Vamos a restaurar la casa de mis antepasados y seremos la envidia de todo el mundo viviendo felices en la montaña durante los meses de verano! 3
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